El trilema del PSOE
«El partido debe elegir qué camino seguir: cierre de filas, repudio explícito de ZP o preservar su legado y dejar de defender la conducta presente, que es indefendible»

Imagen creada con inteligencia artificial.
Hace unos pocos meses releí las dos conferencias que Max Weber dio en Múnich entre 1917 y 1919, La ciencia como vocación (Wissenschaft als Beruf) y La política como vocación (Politik als Beruf), básicas para entender la distinción que ordena mi oficio: el político debe decidir bajo la ética de la responsabilidad, mientras que el analista debe trabajar bajo la radical disciplina de la objetividad.
Lo que viene a continuación me temo que va a decepcionar a las dos hinchadas que llevan 72 horas zumbándose en columnas, tertulias, medios y redes sobre el caso ZP ya que esto que van a leer no es ni un dictamen sobre la culpabilidad o inocencia del expresidente, ni una valoración sobre la consistencia del auto del juez Calama, ni sobre Plus Ultra, ni sobre las peligrosas amistades caraqueñas del político leonés.
De todo eso ya están opinando con distinta suerte y desigual acierto los penalistas, los periodistas y los voluntariosos tertulianos multitask de ambos lados del río Pecos que ahora han devenido en jurisconsultos, pero yo me voy a ceñir a lo que sé hacer: tratar de leer el tablero político con honestidad y describir las opciones disponibles para el principal damnificado de esta bomba nuclear, que no es el expresidente Zapatero, sino el Partido Socialista Obrero Español en su conjunto. Lo de «en su conjunto» es importante.
Y es que una cosa es la verdad procesal, que se dirimirá en la Audiencia Nacional, y otra bien distinta el problema estratégico y electoral que el caso plantea a todo el PSOE (lo de «todo» es importante) desde la mañana del 19 de mayo. Lo primero lo decidirá un tribunal, sobre lo segundo ya están comenzando a tomar posición los ciudadanos, como veremos en los próximos sondeos.
El termómetro lo puso el lunes 24 SocioMétrica: el 48,2% de los votantes del PSOE pide ya elecciones generales inmediatas, 14 puntos más que en enero. Eso, dicho sin ambages, es una hemorragia que, en un tripartidismo asimétrico de geometría fija como en el que se ha convertido el escenario político de nuestro país, constituye lo más parecido a una rotura de aorta demoscópica.
«El partido que protege al imputado termina pagando su condena»
Descarten la hipótesis del «no pasa nada, ya escampará», nunca funciona. Sobre la mesa hay tres opciones, un trilema sin una solución mágica, a saber:
La primera, la que practica Ferraz desde el martes, es el cierre de filas total: defensa en sede parlamentaria, presunción de inocencia esgrimida como coartada política, calendario judicial como tabla de náufrago. El problema reside en que, en la praxis, cada defensa pública ata un poco más al defensor a la suerte del defendido. Felipe González lo aprendió con Filesa y con los GAL; Mariano Rajoy con Bárcenas, hasta que llegó la moción de censura a modo de factura diferida. La regla histórica no admite excepción conocida: el partido que protege al imputado termina pagando su condena.
La segunda opción, en el otro extremo, sería el repudio explícito. Soltar a Zapatero, desautorizarle, sacrificarle. La aritmética emocional no acompaña: el expresidente conserva un capital simbólico que ningún otro imputado del ecosistema socialista tiene, retirada de Irak, matrimonio igualitario, fin de ETA, y constituye la penúltima pieza movilizable de mitología progresista que le queda al partido. Repudio explícito significa desmovilización añadida sin compensación electoral.
Queda la tercera opción: retirada serena con preservación del legado. Defender el legado histórico, que es intocable y dejar de defender la conducta presente, que es indefendible. Silencio presidencial sobre el expediente e invisibilización orgánica sin expulsión, que toda expulsión es un titular y respuesta procedimental a cada pregunta, sin coartada exculpatoria.
«El repudio explícito acota la contaminación reputacional pero acelera la desmovilización de la base»
En términos de coste-beneficio, las tres opciones tienen perfiles distintos. El cierre de filas optimiza la cohesión interna pero acumula riesgo contingente en cada hito procesal del calendario judicial. El repudio explícito acota la contaminación reputacional pero acelera la desmovilización de la base. La retirada serena minimiza ambos vectores a cambio de una complicadísima disciplina táctica sostenida durante todo el tiempo que dure el huracán.
Cada estrategia tiene un público al que se dirige y un electorado al que sacrifica. La elección depende menos del fondo del expediente que de la estimación interna sobre qué fracción del electorado socialista resulta todavía recuperable y cuál ya está perdida.
La historia comparada sugiere que los partidos en circunstancias análogas suelen optar por la primera vía, no tanto por convicción como por inercia organizativa: se va acumulando, se aplaza, se trata de vivir con ello, produciéndose la paradoja de que tiende a vivirse como ausencia de alternativa cuando en realidad hay tres disponibles.
«El Partido Socialista francés cayó del 28% al 6,4% tras 2017 por defender lo indefendible»
Y la historia electoral europea reciente enseña una doble lección que conviene recordar. La primera: el PASOK griego pasó del 43,9% al 4,7% en seis años después de 2009 por insistir en defender lo indefendible; el Partido Socialista francés cayó del 28% al 6,4% tras 2017 por idéntica razón. Ninguno de los dos se ha recuperado.
La segunda menos contada porque la victoria nunca vende lo que vende la catástrofe: hay vida después de la hemorragia siempre que se acierte con el diagnóstico y se practique la cirugía a tiempo: Angela Merkel rompió con Helmut Kohl en su célebre carta publicada por el Frankfurter Allgemeine Zeitung del 22 de diciembre de 1999 en plena crisis por el caso de corrupción del caso Spendenaffäre, y lo hizo escogiendo exactamente el tercer camino que aquí planteo. La CDU volvió al poder seis años después y lo retuvo durante 16.
El PSOE debe elegir qué camino quiere seguir.