Ya no queda solo Vox
«Si la gobernanza funciona y el PP sube en las encuestas en detrimento de Vox, no me cabe duda de que los de Abascal volverán a romper los gobiernos autonómicos»

Ilustración generada mediante IA.
El acuerdo en Extremadura es bueno para la gobernabilidad y el PP, y es acorde con el resultado en las urnas. Ahora bien, puede resultar un traspié para Vox. El punto fuerte del partido de Abascal era presentarse como una opción antisistema que aseguraba que los populares eran tan nocivos como los socialistas. En esta deriva, pactar con el PP no era igual que hacerlo con el PSOE, sino peor porque era caer en la trampa del bipartidismo que apuntala un modelo tóxico. Por tanto, no era tanto considerar los temas pactados con los partidos del sistema como el hecho de sentarse a negociar. Este relato funcionaba porque el resto de partidos, salvo el PP, declaraban el «cordón sanitario» a Vox.
Ese repudio era muy rentable para todos. No en vano, Vox ha sacado mucho rédito electoral de dicho «cordón» que le hacen las izquierdas y los nacionalistas. Ese enfrentamiento daba sentido a una narrativa polarizante trufada de eslóganes, como el de «Solo queda Vox», que es el típico lema antisistema. La frase aludía a que el resto de partidos, instituciones y normas estaban al servicio de intereses «antipatriotas» que buscaban la «globalización».
Esa posición hacía de Vox un partido atractivo para los desencantados del sistema. Se había convertido en un partido testimonial y antisistema. No estaba para gobernar, salvo por una mayoría absoluta que jamás obtendría, sino para denunciar, señalar traiciones, corrupciones y consensos ocultos. Era un partido de protesta aferrado a un relato de superioridad moral, que decía a los demás españoles que eran tontos o estafadores, o que estaban engañados. Esto exigía rechazar las responsabilidades del gobierno. Por eso abandonaron en julio de 2024 los ejecutivos de Castilla y León, Valencia, Aragón y Murcia, y al mismo tiempo forzaron la crisis en Extremadura y Baleares. Se fueron porque no quisieron asumir el deterioro que produce gobernar, y pensaron que sacarían más votos desde la protesta que mediante la responsabilidad.
Aquella ruptura supuso dar una vuelta de tuerca a la dictadura interna en Vox y purgar a parte de sus dirigentes. Este giro argumental, con la consiguiente aparición de cadáveres políticos, no fue castigado en las urnas. El motivo es que el electorado de Vox no quería pactos con los partidos del sistema, sino que priorizaba la crítica radical.
El pacto en Extremadura con Guardiola, a la que Vox ha insultado profunda y continuamente, tiene la misma lectura. El partido de Abascal es una empresa para captar votos, con el objetivo de obtener fondos públicos y repartir así cargos y sueldos. De ahí que en ese acuerdo con los populares, los de Vox hayan estado más atentos a sus metas partidistas que a la gobernanza. Por esto se han empeñado en quedarse con las competencias que tienen un nivel estratégico electoral para su organización, no porque sean especialistas en esos temas. Me refiero al mundo rural, donde no quieren hacer economía realista, sino política contra el Pacto Verde, la Agenda 2030 y el acuerdo UE-Mercosur; es decir, van a usar esa consejería en interés de la estrategia global de Abascal y su grupo, no de los extremeños. A esto suma la lucha contra la «islamización» y la inmigración ilegal, que son ahora mismo sus dos reclamos electorales.
«Vox debe abandonar el fácil disfraz de partido testimonial y ser uno más del sistema, como un partido adulto»
En suma, Vox retiene sus claves para atraer a sus votantes: combatir el «globalismo», impedir el «reemplazo» y predicar «patriotismo». No obstante, esa participación en el gobierno supone abandonar la pureza del partido protesta para abrazar la responsabilidad conjunta del gobierno con un partido que desprecian: el PP. Para los populares será fácil defender que el pacto es programático y que nunca hicieron «cordón sanitario». Sin embargo, para los de Abascal, subidos al carro de la virtud, supondrá un giro argumental complicado. Ya no podrán dedicar tanto tiempo y esfuerzo a insultar al PP, ni criticar el sistema constitucional del que participan institucionalmente, y han de hacerse responsables de sus políticas si fallan. Esto significa que deben abandonar el fácil disfraz de partido testimonial y ser uno más del sistema, como un partido adulto.
El acuerdo, además, es una demostración de fuerza. El PP se lleva la mayor parte, mientras Vox asume lo que le corresponde. Una vez más se demuestra que hablar en nombre del pueblo español, pero que los españoles voten mayoritariamente a otros, pasa factura alguna vez. Los populares no van a tener que cambiar nada, pero los voxeros deberán convencer a los suyos de que el PP cumple sus compromisos, que no pueden denunciar el sistema formando parte de él, que se ha traicionado el discurso de la campaña electoral y que nunca serán el partido mayoritario de la derecha.
No acaba ahí. Vox no quiere ser Podemos o Sumar, partidos que pactaron con el PSOE y acabaron fagocitados. Ni siquiera ser como Ciudadanos, que quiso hacer un sorpasso al PP y ahora es solo un tema de historiadores. En el mundo de Vox se instalará la duda, como ya pasó antes de la huida de julio de 2024, de si el PP acabará absorbiendo a sus votantes adoptando parte de su agenda y mostrando utilidad en el gobierno. La posición es sumamente difícil porque obliga a Vox a aparentar responsabilidad cuando en realidad tienen una puerta de escape si las encuestas van mal.
Si el Gobierno de coalición funciona, los populares podrán decir que se pueden mejorar las cosas sin usar un discurso incendiario y antisistema. Si esto pasa, la gobernanza funciona y el PP sube en las encuestas en detrimento de Vox, no me cabe duda de que el equipo de Abascal volverá a romper los Gobiernos autonómicos. Prefieren no perder sus cargos antes que aceptar una mejora efectiva de los ciudadanos.
El acuerdo en Extremadura es importante para Vox. Al entrar en un gobierno con el PP, el partido de Abascal renuncia a la comodidad moral de la impugnación permanente y acepta el coste de la responsabilidad política. Esto le obliga a abandonar su papel de partido testimonial y antisistema, para convertirse en un actor más. Ahora tendrá que rendir cuentas, dar la cara, explicar sus decisiones, asumir los errores y convivir con los límites de la realidad. En ese tránsito perderá la «pureza», y ya no podrá decir nunca más aquello de «Solo queda Vox».