Los políticos entretenidos
«Sánchez pretende convertirse en el líder europeo del entretenimiento progresista y feminista de la izquierda latinoamericana»

Imagen creada con inteligencia artificial.
En el pantanal en que la política española, la europea y, definitivamente, la mundial protagonizan serias amenazas para las vidas de los ciudadanos, coincido firmemente con las declaraciones del primer ministro o presidente del Gobierno de España, Pedro Sánchez, en el sentido de que es necesario defender el derecho internacional. No obstante, me pregunto por qué ese gran entusiasmo jurídico no es igualmente defendido por los representantes y candidatos del socialismo a la violeta cuando del derecho nacional se habla y ellos se mofan de la independencia de la justicia, a la que tienden a criminalizar. Hasta el punto de que el ministro Óscar López acusó públicamente de prevaricador al juez Peinado. Si un ministro del Gobierno entiende que un magistrado está prevaricando, su obligación es denunciarlo a la autoridad, porque se trataría de un delito.
Hay que decir, por eso, que, al margen de sus giras turísticas por el Extremo Oriente, el propio Sánchez ha reaccionado por vez primera con dignidad tras la imputación formal a su esposa de cuatro delitos, y ha pronosticado públicamente que la justicia hará justicia. Estoy convencido de que así se hará en todos los casos: también en el de su hermano, hábil para algunas cosas pero torpe para encontrar el camino de su despacho, y quién sabe si el de su dormitorio; o el de sus dos secretarios de organización, uno de ellos todopoderoso exministro; para no hablar de su exfiscal general, teórico defensor de una legalidad que él mismo vulneró según sentencia firme del Tribunal Supremo, recurrida ahora por la Abogacía y la Fiscalía del Estado, y por el propio condenado, ante un tribunal de garantías constitucionales aparentemente dispuesto a convertirse en una cuarta cámara de apelación, en detrimento de la independencia política de la justicia.
Por lo demás, con alguna excepción como la del señor Aldama, la gran mayoría de los delincuentes del mundo suelen declararse inocentes, y en su derecho están. En los casos relacionados con el poder, se convierten además en actores experimentados que, pese a la indignación que sus presuntos crímenes generan, representan también improvisados entremeses, trágicos y esperpénticos, para que algún divertimento compense el justificado enojo del público espectador. En mis años jóvenes le escuché a Norman Mailer que la obligación más importante de los políticos es entretener al público. Y a decir verdad, en mi dilatada vida profesional he disfrutado y sufrido a la vez con las teatrales evoluciones de mandatarios que ocultan a veces crímenes abominables o incompetencias culposas. A pesar de ser siniestros, resultan también divertidos.
El señor Sánchez es un caso formidable, al que parece querer imitar ahora su antecesor Zapatero. Primero fue expulsado del comité federal del PSOE acusado de intentar manipular las urnas. A consecuencia de lo cual, decidido a ocupar el poder a cualquier precio, se propuso vencer en las primarias del partido. A tal fin reunió unos pocos fieles y recorrió España durante semanas y meses en visita a las agrupaciones del partido y en compañía de tres indudables caballeros: Ábalos, Koldo y Cerdán, cuyas solas maneras y comportamiento son ejemplo de excelencia intelectual, al margen de cuál sea el resultado legal de su enjuiciamiento.
Ábalos y Cerdán acabarían siendo los más relevantes secretarios de organización del PSOE durante el sanchismo. Una de sus importantes misiones, aparte de la de entretener a los ciudadanos con secretos de alcoba, era la elaboración de las listas electorales del partido, en las que, como es lógico y del todo encomiable, premiaban a los buenos y castigaban a los malos. Aunque en lo de entretener, pese al acierto de las comedias de enredo sexual demostrado por Ábalos, el vencedor absoluto es Koldo, cuyo exuberante nombre es señal de su indudable triunfo en los escenarios. Garante de la seguridad de un local de alterne, al que los groseros e indocumentados tildan de puticlub. Su profesión le liga de algún modo a los ambientes de la familia política de Sánchez. Por lo tanto, no es de extrañar que acabara conviviendo con el partido más progresista y feminista de la historia de España, como el propio presidente proclama.
Sin duda, a la hora de entretener, principal misión de los políticos (Mailer dixit), Koldo era todo un campeón, además de confidente de la Guardia Civil, según dicen, y un experto en la industria pesada de los ferrocarriles. Todo ello justifica su nombramiento de consejero de administración de una filial de Renfe, sociedad pública convertida en la agencia de colocaciones más eficaz del mundo y en la que sus presidentes y directivos parecen creerse solo responsables ante Dios y ante la Historia, como cualquier caudillo. Koldo, como todos los buenos actores, se hizo muy popular entre la militancia del Partido Socialista Obrero Español. Tanto que el ministro de Sanidad se lo encontró, según dijo, en un pasillo de su ministerio un día cualquiera de la pandemia y le recibió de inmediato en su despacho, aunque por breves momentos. Luego le dirigió, si mi memoria no falla, al de su jefe de gabinete; no sabemos si para hablar de las mascarillas en plena pandemia. Y, por cierto, hasta la filología nos entretiene aquí. ¿De qué se queja ahora la gente, de que las tales máscaras fueran efectivamente más caras, como pretendían y lograron los eficientes compradores de las mismas?
Pero lo más entretenido de esta historia es que el cuarto integrante de la banda —la musical se entiende, pues seguimos en la descripción de un verdadero jolgorio— o, según ha contado él mismo, no se enteró de nada de todo lo que hacían sus compadres. Es algo que resulta increíble para cualquier razonamiento. ¿Cómo un personaje tan capaz y avezado, que es capaz de gobernar después de perder estruendosamente las elecciones y de persistir al frente de los destinos de la patria a base de enmendar y hasta de traicionar sus propias palabras, sus promesas y sus objetivos más dignos, no se diera cuenta de la calidad moral e interpretativa de sus compañeros de viaje? Una de dos: o nos miente o, si es sincero, entonces pensaríamos que es un verdadero idiota. Aunque idiota del todo no parece: haciendo honor a su obligación como político, nos entretiene bien y nos aburrimos poco, aunque prefiere encargarse del género de terror.
Por lo mismo, es comprensible que desde hace unas semanas le haya dado por entretenerse también él, en Baqueira, en Doñana y hasta en China. Pretende convertirse en el líder europeo del entretenimiento progresista y feminista de la izquierda latinoamericana. Y asesorado por su consultor Zapatero, no hace más que viajar a Pekín en cuanto puede. Estoy seguro de que trata de mejorar nuestra balanza comercial, el intercambio de conocimiento científico y las inversiones del exterior. Pero algún otro consultor que no sea tan caro le debería informar de las corrientes intelectuales, económicas y políticas de aquel país.
Podría empezar por leer a Jiang Shigong, laureado profesor de las Universidades de Pekín y Minzu e influyente intérprete del pensamiento de Xi Jinping, que ilustra las diferencias con la tradición intelectual y política de Occidente. En palabras de Jiang, el imperio global es el destino del mundo, «obligado a sustituir al actual, el imperio mundial 1.0, moldeado por la civilización cristiana occidental», frente a cuya instauración se oponen relevantes problemas que él considera casi insolubles: «La desigualdad cada vez mayor generada por la economía liberal; el fracaso del Estado, el declive político y la ineficacia de la gobernanza como consecuencia del liberalismo político; y la decadencia y el nihilismo, creados por el liberalismo cultural».
No estoy seguro de que Begoña Gómez pueda explicar a los alumnos de su cátedra el significado de esta reflexión. Y comprendo que Sánchez prefiera dedicarse a buscar votos con gente como Koldo, Ábalos o Cerdán. Para entretener, que es a lo que él y tantos otros como él se dedican, valen mucho más que los filósofos. Sus consultores ya se han dedicado por lo mismo a intentar cancelarlos.