Diario cinéfilo de París
«Solo en Nueva York y París puede uno elegir a diario entre filmotecas, museos e instituciones con programa fílmico propio y una considerable variedad de cines»

Ilustración de Alejandra Svriz
Hasta donde llega mi experiencia, dos son las ciudades de este mundo donde el cinéfilo encuentra no ya un lugar donde refugiarse, sino un auténtico paraíso del que gozar durante los días que se prolongue su estancia: Nueva York y París. Porque habiendo otras donde la oferta es a todas luces notable, como Londres o Ámsterdam o Lisboa, solo en Nueva York y París puede uno elegir a diario entre filmotecas, museos e instituciones con programa fílmico propio y una considerable variedad de cines en los que además de las películas de autor del momento se exhiben clásicos de todas las épocas y nacionalidades.
Tal vez Nueva York se sitúe ahora mismo por encima de París: no solo compiten entre sí entidades tan solventes como el MOMA, el Lincoln Center, la Brooklyn Academy of Music o el Museum of Modern Image, sino que la mayoría de sus salas de cine —del Paris Theater al Metrograph— ofrecen buenas pantallas e inmejorables condiciones de proyección. Y aunque de otras como el legendario Film Forum no se puede decir lo mismo, en París pasa justamente lo contrario: los maravillosos cines del Barrio Latino, que proyectan sin descanso del mediodía a la medianoche, suelen tener salas y pantallas de tamaño reducido… un problema recurrente, por cierto, de los cines madrileños de autor. Pero fue en París donde pasé mis últimas vacaciones y de mi experiencia como espectador quisiera dar cuenta aquí.
Ni que decir tiene que París es —junto con Nueva York o Londres— una de las ciudades que en mayor número de ocasiones y de las formas más diversas ha aparecido en pantalla: como escenario e incluso protagonista de filmes de toda índole. Ha sido objeto del excursionismo hollywoodense, ya se rodase on location o se recrease la ciudad en los estudios californianos, sobre todo en dramas con tendencia a lo grotesco —El fantasma de la Ópera o El jorobado de Notre Dame— y musicales y comedias más o menos cínicas: de Un americano en París a Una cara con ángel, de Ninotchka a Ariane. Pero es la poderosa industria francesa la que ha retratado la ciudad de todas las maneras imaginables: desde que Musidora recorriese sus tejados disfrazada de Irma Vep en los Vampiros de Louis Feuillade allá por 1915, la cámara no ha dejado de seguir a miles de personajes que tan pronto se asomaban a la Torre Eiffel como se adentraban en callejones desconocidos del viejo Marais o paseaban por ese mercado de Les Halles que fue reubicado a finales de los años sesenta.
Y aunque París es siempre inconfundible, la historia del cine nos ofrece versiones muy diferentes de la ciudad: el realismo poético de los años treinta se solaza en los barrios de las clases populares, el polar de posguerra explora las redes criminales que empiezan en los talleres a pie de calle y acaban en los pisos burgueses del bulevar Haussmann, los cineastas de la nueva ola reinventan la ciudad sacando la cámara a la calle. Pero tampoco estos jóvenes realizadores ofrecerán una visión uniforme de París, máxime cuando la propia capital francesa renunciará a quedarse quieta durante los años de Pompidou y Mitterrand. Godard la transformará en una ciudad futurista en Alphaville, Chabrol se adentrará en los salones de la burguesía enriquecida durante los Treinta Gloriosos, Rivette mostrará como nadie sus recovecos en Le pont du Nord o Alto, bajo y frágil.
Por su parte, Jacques Tati se empeña en denunciar su modernización y llega a gastar una fortuna en construir la ciudad racionalista en la que se desarrolla su originalísima Playtime. Y por más que Tati se ría en ella de los turistas que invaden la ciudad sin saber distinguir un monumento de su réplica, cabe suponer que en el París de los sesenta y los setenta podían visitarse todavía los museos con relativa comodidad: los jóvenes que atraviesan corriendo el Louvre en la célebre secuencia de Banda aparte no podrían hoy avanzar más de un metro en el interior de ninguna pinacoteca parisina, tales son las multitudes que se agolpan en su interior.
«Ningún refugio cinéfilo es más ilustre que la Cinemateca Francesa, situada hoy en el barrio de Bercy»
París y el cine: un tema inagotable. Para quien desee leer al respecto, señalaré Paris in the Cinema: Beyond the Flâneur, editado por Alastair Philips y Ginette Vincendeau, que el British Film Institute dio a la luz en colaboración con la editorial Palgrave en 2018. Nada mejor para el visitante, sin embargo, que echarse a la calle: dado que el vagabundeo del flâneur —escriben Philips y Vincendeau— ya remite a la cámara en movimiento, nos encontraremos aquí y allá con el recuerdo de una secuencia o la imagen de un actor, identificándola en ocasiones y dejando en otras que la memoria trabaje por su cuenta hasta devolvérnosla —proustianamente— cuando menos lo esperábamos.
Porque bien es sabido que pasear por la ville lumière constituye un placer incomparable, siempre y cuando uno no esté muriéndose de hambre a la manera del desafortunado protagonista de la maravillosa —acaso desatendida— El signo de Leo de Eric Rohmer; y lo sigue siendo hoy, cuando la ciudad se encuentra en un magnífico estado de forma y las hordas turísticas de las que todos formamos parte son fácilmente soslayables a poco que uno evite los lugares emblemáticos o acuda a ellos a primera hora de la mañana. Para lo que no hay solución alguna es para el clima parisino; aunque tuve la suerte de que no me lloviera, creo que solo vi el sol durante unas pocas horas. Ya lo había avisado el difunto Bryce Echenique en su Martín Romaña: «Como sucede a menudo en París, llegó la primavera pero el invierno continuó como si nada». ¡Y que lo diga! Pero no hay mal que por bien no venga: el cine también es, a su manera, un «refugio climático».
Huelga decir que ningún refugio cinéfilo es más ilustre que la Cinemateca Francesa, situada hoy en el barrio de Bercy; ocupa un moderno edificio de Frank Gehry no demasiado lejos de la imponente Biblioteca Françoise Mitterrand, cuya sala de proyecciones gestiona la benemérita cadena MK2. Fundada en 1936 por Henri Langlois y Georges Franju, la cinémathèque conoce muchas sedes hasta que se instala en Bercy en el año 2005; como es sabido, los críticos de Cahiers asistían a sus proyecciones y se movilizaron cuando uno de los Gobiernos de Pompidou quiso cerrarla en febrero de 1968: Malraux llegó a destituir a Langlois. Ahora no solo aloja un decente Museo del Cine, sino que cuenta con varias salas —una de ellas imponente— en las que se proyectan sin descanso retrospectivas ejemplares: el año pasado dedicaron una al gran Raoul Walsh y bien quisiera uno haber estado allí para verla.
Por desgracia, la Cinemateca es el único cine importante de París que baja el ritmo en Semana Santa, razón por la cual solo tuve ocasión de acudir a ella durante los primeros días del viaje. Allí vi nada menos que Spione, la formidable película muda —restaurada hace años por la Fundación Murnau— en la que Fritz Lang retrató sin un Mabuse de por medio la paranoia de la Europa de entreguerras: la plasticidad de sus imágenes y la precisión de su montaje siguen asombrándonos casi un siglo después de su realización. Habría unas 200 personas en el auditorio Henri Langlois en la tarde del domingo y era divertido comprobar la heterogeneidad del público: de los habituales excéntricos de la primera fila al joven trajeado y el turista japonés.
«Francia es —junto con Estados Unidos y el Reino Unido— una de las grandes potencias de la edición cinematográfica»
Me sorprendió encontrar abierta un domingo la magnífica tienda de la institución, donde puede comprobarse que Francia es —junto con Estados Unidos y el Reino Unido— una de las grandes potencias de la edición cinematográfica. No cabe hacer comparaciones con nuestro país: la cantidad de películas propias y ajenas allí editadas —raramente con subtítulos que vayan más allá del francés— pone a cada uno en su sitio. Y para qué hablar de los libros: los franceses no solo traducen, sino que escriben con fruición sobre el cine y sus hacedores. Yo apenas me traje de allí una edición completa de los cortometrajes de la Nouvelle Vague y una edición restaurada de Elena y los hombres de Jean Renoir.
Días más tarde, en Le McGuffin, pequeña tienda del Barrio Latino, di con una copia remasterizada de La paura de Rossellini editada por el BFI; en una tienda de cachivaches de los pasajes, finalmente, encontré el Richard Jewell de Clint Eastwood a precio de saldo. Quien domine plenamente el francés tiene acceso a una videoteca inagotable y no es raro constatar que hacen con nuestro cine lo que nosotros mismos no hacemos: en uno de los establecimientos de Gilbert, gran tienda de música y libros y cine, topé con una caja que contenía las diez mejores películas de Carlos Saura en Blu-Ray.
Quiso igualmente la casualidad que, estando en la Cinemateca, me fijase en una película reciente editada ya en Francia en Blu-Ray: Un poeta, del colombiano Simón Mesa. ¡Aún no había sido estrenada en España y los franceses ya podían verla en su casa! Su éxito en el Festival de Cannes de 2025 ayuda sin duda a explicarlo, ya que la película obtuvo el Premio Especial del Jurado en la prestigiosa sección Un certain regard; la comparación, sin embargo, ofende una vez más. Yo mismo tuve la oportunidad de verla durante mi estancia: otro espléndido cine de la ciudad, el L’Arlequin de Saint-Germain-des-Prés, programó una sesión especial de la cinta en el marco de la celebración de un festival llamado Printemps des Poètes a la que asistieron el protagonista del film, Ubeimar Ríos, así como la actriz francesa —la que vimos en El último verano— Léa Drucker, quien leyó la traducción francesa de unos poemas colombianos: recuerdo un verso que hablaba de las «explosiones de nada» que se producen en el parque donde el poeta pasa la tarde.
Ahora que el público español ha tenido ya la oportunidad de ver este magnífico film, lograda tragicomedia sobre un idealista de Medellín que juega en serio al malditismo, diré que Un poeta recuerda por momentos al Pnin de Nabokov: la sátira deja paso a la compasión y el personaje del que uno empieza riéndose termina por exhibir una admirable integridad frente a los hipócritas que aprovechan las modas ideológicas —es memorable el arrebato de la joven poetisa que se echa al suelo como una poseída para calificar al protagonista de violador sin prueba alguna de ello— para perseguir sus intereses personales. Buscará uno en vano una película tan arriesgada en la industria española de ahora mismo, tan supeditada —hay algunas excepciones— a la agenda política dominante.
«En los cines que frecuenté encontré no solo mucha gente joven, sino que los espectadores se comportaron de manera impecable»
A los espectadores franceses con los que compartí sesión, dicho sea de paso, les gustó bastante. Y hay que subrayar que en todos los cines que frecuenté en la capital francesa encontré no solo mucha gente joven, hasta el punto de que los menores de 40 años eran mayoría en casi todas las sesiones, sino que todos los espectadores sin excepción se comportaron de manera impecable: nadie hablaba, nadie consultaba el teléfono, nadie estrujaba bolsas de plástico. El contraste con las salas españolas, en este punto, es doloroso; me apresuro a añadir que en nuestros cines la conducta de los mayores suele ser peor que la de los jóvenes. Y hablo de cines donde se proyecta cine de autor, que es donde uno esperaría encontrar el debido respeto por la experiencia fílmica del prójimo. Se ve que pedir silencio a nuestros espectadores es como pedir peras al olmo: nada sorprendente si uno tiene en cuenta cómo se comportan nuestros diputados.
Son bien conocidos los cuatro o cinco cines que dedican el día entero a proyectar filmes de otro tiempo —sobre todo Hollywood clásico, años setenta, maestros japoneses, nuevas restauraciones— en salas de formato reducido en el Barrio Latino y sus inmediaciones: de un lado, la pareja que forman Écoles Cinéma Club y Christine 21; de otro, el núcleo formado por Le Champo, la Filmothèque du Quartier latin y el Reflet Médicis. Hay otros, como el Saint-André des Arts o Studio Galande, a los que no fui esta vez. Y aunque la programación no siempre es igual de estimulante —sobre todo cuando se tiene una edad y se ha visto ya casi de todo—, no hay mejor manera de acabar un día de largos paseos que descansando ante la pantalla grande. Nada hay de malo en volver a ver El padrino o To Live and Die in L.A., sobre todo en compañía de jóvenes que quizá no las conozcan; tampoco en rendirse a la tentación de entrar a una matinée para disfrutar por enésima vez de la inmortal Ser o no ser, acaso la mejor comedia jamás filmada.
Tampoco faltaron, sin embargo, las curiosidades. El cine-club de la Facultad de Filosofía de la Sorbona organizó en la Filmothèque du Quartier latin una proyección de Wanda, la brillante película de Barbara Loden estrenada en 1970 que en los últimos años ha ido ganando un merecido prestigio crítico, a pesar de que su lectura feminista —factor importante en su reivindicación— no es ni mucho menos la única posible. Me sorprendió que, cuando la estudiante encargada de orquestar la sesión preguntó en la sala —llena hasta la bandera— quién había visto ya la película, apenas tres o cuatro espectadores levantamos la mano.
Hay que suponer que la mayoría de ellos se fueron convencidos de haber visto un filme magnífico, protagonizado por una Loden que lo dirige echando mano de ese tono semidocumental tan propio del cine norteamericano independiente de la época —uno piensa en Cassavetes, en Monte Hellman, en algún Scorsese inicial— y que tan bien se adapta a la historia que en ella se quiere contar, una suerte de road movie criminal que transcurre en el patio trasero de unos Estados Unidos donde la precariedad material convive con la pobreza espiritual.
«La guinda de mi peripecia cinéfila tuvo lugar cuando me di de bruces con la ‘Librairie du Cinéma du Panthéon’»
Más sorprendente si cabe fue encontrarse con la publicidad que anunciaba el «estreno nacional» en Christine 21 de la edición restaurada de El río y la muerte, presentada «un western macabro de Luis Buñuel». Filmada en México en 1954 con guion de su colaborador habitual Luis Alcoriza, solo habíamos podido verla en versiones deficientes y de ahí que se haya hablado poco de ella; solo cabe dar una calurosa bienvenida a su restauración, reclamando de paso que todo el cine mexicano de Buñuel disfrute de un trato parecido y se ponga a disposición de una u otra forma de los espectadores españoles.
Aunque la sala estaba semivacía, el alto número de sesiones previstas sugería que el film puede encontrar su público pese a la rareza que supondrá para un espectador joven del siglo XXI la historia de venganzas familiares que vertebran la narración. Porque Buñuel se muestra aquí en buena forma, presentando con su sagacidad habitual el conflicto entre la modernidad cívica representada por la ciudad y la prevalencia de los códigos privados paraestatales que dominan la vida del pueblo; el joven que logró escapar en su juventud es ahora un médico que empieza el film atrapado en el interior de una voluminosa máquina que ha de curarle la enfermedad pulmonar que padece… una metáfora de la sujeción tecnológica del hombre moderno y sugerencia perversa de que Gerardo Anguiano apenas puede respirar el aire de la urbe donde se ha labrado un brillante futuro profesional.
Buñuel firma con economía de medios y talento compositivo, aunque la película carece de las imágenes memorables que distinguen a su cine; irónicamente, Anguiano solo logrará que reine la amistad —poniendo fin a la vieja querella entre los Anguiano y los Menchaca— cuando demuestra su hombría en el enfrentamiento a cara descubierta con su enemigo. Tiene razón Miguel Marías cuando, en su libro reciente sobre el cineasta aragonés, destaca la originalidad de su estructura dramática: a un prólogo de carácter didáctico sigue un largo flashback desde el hospital y solo cuando este termina a mitad de película nos reintegramos en el presente diegético de la mano del médico que viaja al pueblo en busca de su destino.
La guinda de mi peripecia cinéfila tuvo lugar cuando, paseando por el Barrio Latino, me di de bruces con una librería especializada de la que curiosamente no tenía noticia: la Librairie du Cinéma du Panthéon queda cerca del monumento del mismo nombre y contiene verdaderos tesoros para el aficionado. Situada junto al Cinéma du Pantheon, dedicado a los estrenos de autor, el establecimiento contiene por igual libros en distintas lenguas y viejos números de Cahiers o Positif, además de viejos pósters de películas y algunos DVD.
«Compensa la pobre calidad de su café con una selección primorosa de libros y estanterías llenas de viejos ejemplares de ‘Cahiers’»
Sobre todo, hay libros ya descatalogados o solamente disponibles en librerías de segunda mano, como las entrevistas de Charles Higham con cuatro directores de fotografía del Hollywood clásico que me traje a casa; o el catálogo de la exposición dedicada a Godard en São Paulo hace 11 años que tampoco dejé escapar. No se trata de la única librería donde pueden encontrarse libros de cine en lengua inglesa: en la estupenda San Francisco Book Store di con la compilación de entrevistas a Jean Renoir publicadas por la Universidad de Mississippi en 2005. Pero el simpatiquísimo dueño de la librería del Panteón, que desde luego nada se parecía al parisino displicente que solemos prefigurar, tuvo a bien señalarme que en la planta superior del cine anejo —propiedad del productor Pascal Caucheteux, cabeza de Why Not Productions, que ha trabajado entre otros con Arnaud Desplechin— hay un bar-cafetería digno de ser visitado.
Tenía razón: amplio y primorosamente decorado, según parece con la colaboración de la mismísima Catherine Deneuve, compensa la pobre calidad de su café con una selección primorosa de libros de mesa y estanterías llenas de viejos ejemplares de Cahiers. Yo cogí uno al azar y me solacé en la lectura del maravilloso comentario que Serge Daney escribió tras el estreno de Relámpago sobre el agua, la película de Wim Wenders sobre la enfermedad y muerte de Nicholas Ray: chapeau.
De regreso, vuelta a la realidad: películas que no llegan a provincias y quien desee retrospectivas que las haga en su casa. ¡Siempre nos quedará París!