Democracia y dictadura: la peligrosa coexistencia
«Vivimos en un mundo desorganizado en el que conviven peligrosamente potencias democráticas y potencias dictatoriales, con medios y fines radicalmente dispares»

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He sostenido repetidamente en estas páginas que la dicotomía derecha-izquierda (o viceversa) está obsoleta y desfasada desde hace ya mucho tiempo, hace casi un siglo, pero sobre todo desde que la Unión Soviética y todo el comunismo europeo (y, en realidad, el mundial) se vino abajo aparatosa y decisivamente en los comienzos de la última década del siglo pasado.
En los albores de nuestro siglo nacieron, tras el fin del comunismo, grandes esperanzas, personificadas por el politólogo norteamericano Francis Fukuyama, que anunció, en un arrebato de ingenuo optimismo, el triunfo de la democracia liberal en el mundo. Por desgracia, la realidad no era tan hermosa: la irracionalidad subsistió en muchas áreas y regiones; la democracia sobrevivió en otras zonas, pero en muchos países que habían sido comunistas la dictadura y el autoritarismo camparon a sus anchas.
Hoy resulta evidente que el comunismo fue una aberración relativamente superficial. La realidad tenaz que subyacía bajo el espejismo comunista era la dictadura pura y dura, no la del proletariado (que era poco más que una frase, sugestiva pero engañosa), sino la de un grupo relativamente pequeño de desalmados dispuestos a lo que fuera con tal de hacerse con el poder, omnímodo y sin plazo ni control.
La ideología marxista, en gran parte falsa, pero no exenta de una cierta coherencia y atractivo intelectual, fue en gran parte abandonada con la caída del comunismo y sustituida por ideologías y creencias más simples y aceptables para la mayoría amorfa, tales como el nacionalismo y la religión, para justificar los regímenes dictatoriales.
Y así, en definitiva, la dicotomía derecha-izquierda que predominó en el siglo XIX hasta la Primera Guerra Mundial, para convertirse en la contraposición comunismo-capitalismo del período de la Guerra Fría (1945-1991), fue sustituida en nuestro siglo por la divisoria dictadura-democracia, que es la única alternativa política importante en el presente.
«Sólo la pereza mental de políticos y periodistas explica la pervivencia del tándem izquierda-derecha en la política actual»
Los términos «izquierda» y «derecha», insisto, han perdido el sentido desde que triunfó la socialdemocracia. Desde entonces, izquierda y derecha son solo matices de política doméstica, sin significado real en política internacional. Por ejemplo, Dinamarca y Cuba son países gobernados por la izquierda, en términos convencionales. ¿Qué tienen en común políticamente ambos países? Absolutamente nada. Las radicales diferencias entre uno y otro, en cambio, están claramente reflejadas por la dicotomía democracia-dictadura. Otro ejemplo llamativo es el de la Rusia actual. Algunos consideran el Gobierno de Putin como continuador del comunismo, por lo tanto, de izquierdas. Sin embargo, la ideología de Putin es nacionalista y religiosa (ortodoxa), por lo tanto, de derechas. Pero lo que indefectiblemente caracteriza al Gobierno ruso es ser una dictadura personal y autoritaria. La obsoleta dicotomía izquierda-derecha no nos sirve para caracterizarlo. Sólo la pereza mental de políticos, periodistas y muchos estudiosos explica la pervivencia del tándem izquierda-derecha en el discurso político actual que, insisto, ofusca más que instruye.
Aunque el terreno político internacional esté hoy casi totalmente desestructurado (contrastando con la estructura de bloques -democrático, comunista y Tercer Mundo- que predominó durante la Guerra Fría), sí pueden percibirse dos o tres bloques, aunque muy poco conjuntados: democracias de un lado, dictaduras de otro, y un grupo intermedio de semidemocracias y semidictaduras.
Pero hay otra posibilidad de clasificación internacional: la que divide el mundo entre poseedores de bombas atómicas o nucleares y no poseedores de estas armas. Los poseedores de tales armas son una minoría privilegiada, porque el potencial destructivo de estas bombas es tan grande, que su posesión proporciona un escudo de casi total inexpugnabilidad al afortunado poseedor. Nadie se atreve a apretar las clavijas demasiado a un país armado atómicamente por temor a que haga uso de tales dispositivos y desencadene una guerra de tal magnitud que podría incluso poner en jaque la existencia humana sobre el planeta Tierra.
Un problema adicional gravísimo es que las potencias atómicas se dan tanto entre las democracias como entre las dictaduras, lo cual aumenta la posibilidad de una guerra atómica. Un leve paliativo a esta situación alarmante es que, de momento al menos, las potencias nucleares están mostrando una cierta cautela en los enfrentamientos entre ellas, de modo que, desde los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki por Estados Unidos en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial, los arsenales atómicos, aunque alarmantemente crecientes y dispersos, han permanecido inactivos, reducidos al simple papel disuasorio. Sin embargo, en un mundo tan desigual e inestable como es el nuestro, la tentación de poseer el arma nuclear es muy fuerte, ya que garantiza, incluso a las naciones más pequeñas y débiles, un grado de inmunidad incomparable.
«La dictadura romana era, en su origen, una solución de emergencia y, por tanto, provisional»
Incluso para demócratas «de toda la vida», como quien esto escribe, la democracia dista mucho de ser un modelo de gobierno perfecto (ya nos lo advirtió Churchill hace aproximadamente un siglo), aunque sí menos malo que las alternativas. Su principal problema, sin embargo, es ser muy lento en tomar buenas decisiones. El electorado es relativamente fácil de engañar y se deja frecuentemente deslumbrar por personalidades y programas llamativos pero hueros o incluso criminales; aunque a la larga tiende a enmendar los errores, estos a veces son irremediables. El caso clásico es la elección de Hitler en la Alemania de 1932-33.
Las dictaduras, en cambio, tienen la misma ventaja que las organizaciones militares. Las decisiones se toman rápidamente por el dictador y las órdenes se transmiten de arriba abajo para ser inmediatamente obedecidas. No en vano fue la dictadura una invención romana para hacer frente la República a situaciones de urgencia. La dictadura romana, sin embargo, era, en su origen, una solución de emergencia y, por tanto, provisional. Pasada la emergencia, se volvía a la normalidad republicana.
Este me parece ser el único tipo de dictadura admisible, la que actúa como remedio provisional in extremis. No obstante, en la edad contemporánea, ciertas dictaduras, casi todas militares, han desempeñado un papel especial de epílogo de un proceso revolucionario, imponiendo un cierto orden después de un período de caos o guerra y facilitando la vuelta a la normalidad postrevolucionaria. Estos serían los casos de Cromwell en Inglaterra, Bonaparte en Francia, Mussolini en Italia (aunque este, al unirse a Hitler, metió a Italia en la guerra mundial y en una suerte de guerra civil), Salazar en Portugal y Franco en España.
Pero el problema de las dictaduras actuales es que no aspiran a ser regímenes de transición, sino a convertirse en sistemas estables en que una camarilla en el poder se perpetúa por un sistema de cooptación, como los regímenes comunistas, o en que el poder recae en dinastías dictatoriales, como la de los Kim en Corea del Norte, o la de los Castro en Cuba. Otro tipo de dictadura es la teocrática, frecuente en los países musulmanes. Otras dictaduras importantes, como la de Putin en Rusia o Erdogan en Turquía, son hasta ahora unipersonales, pero es difícil conjeturar acerca de su evolución futura.
«Xi Jinping ha convertido la tradicional dictadura comunista en una dictadura personal de duración indefinida»
Lo mismo ocurre con la de Xi Jinping en China; este ha convertido la tradicional dictadura comunista, renovable por cooptación, en una dictadura personal de duración indefinida. Ahora bien, lo que tienen de común todas las dictaduras contemporáneas es que, una vez asentado el dictador en el poder, su duración en él está casi totalmente garantizada, porque los Estados modernos poseen medios económicos y técnicos que hacen virtualmente imposible que el pueblo desarmado pueda derribarlos sin ayuda externa.
La consecuencia de todo esto es que, por el momento, democracia y dictadura van a coexistir en la palestra internacional, codo con codo, en una convivencia tensa, incómoda y muy peligrosa, como estamos viendo hoy mismo. Sistemas tan antitéticos no pueden evitar rozarse y chocar; así lo demuestra el estallido de las dos guerras hoy en curso, la de Ucrania y la de Irán, amén de otras larvadas, como la de Pakistán y la India, o la de Camboya y Tailandia. En las dos guerras calientes de hoy, la de Ucrania y la de Irán, el arma atómica tiene un papel primordial. Una de las razones por las que el agresor ruso ha sido tratado con indignantes miramientos por los países occidentales es que posee un enorme arsenal nuclear (parte del cual proviene de Ucrania, cuyas fronteras Rusia prometió falsamente respetar, con la garantía, no menos falsa, de los Estados Unidos, el Reino Unido y varios países más). En cuanto a Irán, la razón más acuciante del ataque de Israel y Estados Unidos es evitar que este país culmine su programa de producción de armas atómicas.
En definitiva, vivimos en un mundo desorganizado en el que conviven peligrosamente potencias democráticas y potencias dictatoriales, con medios y fines radicalmente dispares, y con armas atómicas en poder de los más poderosos Estados de uno y otro bando. Comparada con esta situación, la Guerra Fría entre dictaduras comunistas y democracias capitalistas era un remanso de paz. ¿Qué podemos hacer para reducir el terrible peligro de la situación internacional actual? ¿Podemos confiar en las Naciones Unidas? En un próximo artículo trataré de dar respuesta a estas preguntas.