Uclés, que derrotó a Reverte, es derrotado por Octavio Paz
«Que los enemigos también tienen voz humana y la importancia moral de la autocrítica son dos lecciones de Octavio Paz que hoy escasean aún más que en 1987»

Ilustración de Alejandra Svriz
David Uclés, un escritor que hubo hace unos meses y del que ya nadie se acuerda (su tarea de saturación llegó a buen puerto), rehusó participar en las jornadas 1936: La guerra que todos perdimos, organizadas para febrero en Sevilla por Arturo Pérez-Reverte, por dos razones: el lema y no querer juntarse con algunos del «otro bando». Su renuncia provocó la suspensión de las jornadas. Me hizo gracia que Goliat Reverte fuese derrotado por otro David y lo festejé. Pero fui dejando pasar las semanas sin ocuparme del asunto fundamental: el hecho de que para Uclés la Guerra Civil siga viva.
Ricardo Cayuela escribió aquellos días un artículo extraordinario sobre las lecciones que, acerca de nuestra guerra, nos puede dar Paz. Otro reciente del también mexicano Enrique Krauze sobre Paz y España me anima a volver ahora a aquello. Porque en el Congreso de Intelectuales de Valencia de 1987, presidido por Paz, se produjo un amago en la línea de lo de Uclés, que no pasó a mayores, pero que resultó significativo. El Uclés de entonces fue Manuel Vázquez Montalbán.
Yo me había apasionado por Octavio Paz (sus ensayos y sus poemas) justo en la primavera de 1987, por lo que estuve muy pendiente de aquel congreso celebrado en junio, en conmemoración del de Escritores Anfifascistas de 50 años antes. Releo el discurso de inauguración, recogido por Danubio Torres Fierro en Octavio Paz en España, 1937 (FCE, 2007). Dice Paz, por ejemplo: «No buscamos una respuesta total, definitiva: buscamos luces, vislumbres, indicios, sugerencias. Queremos comprender y para comprender se requieren intrepidez y claridad de espíritu. Además y esencialmente: piedad e ironía. Son las formas gemelas y supremas de la comprensión. La sonrisa no aprueba ni condena: simpatiza, participa; la piedad no es lástima ni conmiseración: es fraternidad». No quisiera aplastar a nuestro David con Goliat Paz, pero obsérvese cómo nada de ese párrafo hay en Uclés.
Sigue Paz: «La pregunta a que nos enfrentamos puede formularse de varias maneras. Una de ellas es la siguiente: ¿conmemoramos una victoria o una derrota? En otros términos: ¿quién ganó la guerra?». A continuación va un breve repaso histórico, que desemboca aquí: «¿Ganaron Franco y sus partidarios Aunque triunfaron en los campos de batalla, conquistaron el poder y rigieron a España durante muchos años, su victoria se ha transformado en derrota. La España de hoy no se reconoce en la que intentaron edificar Franco y sus partidarios; incluso puede decirse que es su negación».
«Lo decisivo de Paz, como escriben Cayuela y Bartra, era su noción de ‘los otros’»
Como tampoco ganó el Frente Popular («no solo perdió la guerra sino que muchas de sus ideas, concepciones y proyectos tienen hoy poca vigencia histórica»), concluye Paz: «Entonces, ¿nadie ganó? La respuesta es sorprendente: los verdaderos vencedores fueron otros. En 1937, dos instituciones parecían heridas de muerte, aniquiladas primero por la violencia ideológica de unos y otros, después por la fuerza bruta: las dos resucitaron y son hoy el fundamento de la vida política y social de los pueblos de España. Me refiero a la democracia y a la monarquía constitucional».
Reconozco que hay una cierta prestidigitación en estas palabras, en aras del brillo retórico. Siempre me hizo gracia lo que dijo Jaime Gil de Biedma sobre Octavio Paz: «Es tan brillante que a veces su brillantez va por delante de sus ideas y le juega malas pasadas». Pero hay que ser malintencionado (y obtuso) para no apreciar con nitidez lo que significan en este caso. Ocurre lo mismo con lo de «la guerra que todos perdimos». Pues bueno, esto fue lo que respondió Vázquez Montalbán: «Durante 36 años he estado pensando que la guerra la ganó Franco» (lo corroboro en la crónica de Roger Bartra en Letras Libres). Aunque la frase no dejaba de tener humor, era un humor quejica. Ese tipo de humor alentador de las discordias insalvables.
Lo decisivo de Paz, como escriben Cayuela y Bartra, era su noción de «los otros». Esos enemigos a los que oyó hablar y reír al otro lado del frente. «Había descubierto de pronto —y para siempre— que los enemigos también tienen voz humana», son las últimas palabras del discurso. Esto y la importancia moral de la autocrítica (Bernanos en el bando franquista, Orwell en el republicano) son, en efecto, dos lecciones radicales de Octavio Paz que hoy escasean aún más que en 1987. No es anecdótico que quien combate esas muestras sofisticadas de civilización se calce una boina.