The Objective
Cristina Casabón

Reyes del pop

«Pedro Sánchez y Michael Jackson se mueven en ese territorio incómodo donde la figura pública vive bajo una presión constante de escrutinio y sospecha»

Opinión
Reyes del pop

Ilustración de Alejandra Svriz.

Al margen de que Michael Jackson sea culpable o no en sus experiencias con menores, creemos que la llegada de Michael a la gran pantalla ha generado poca controversia. Algunos celebrarán la vuelta al mercado cultural de personajes ambiguos, porque la ambigüedad humana, física y metafísica del personaje, el bisel de duda que le aureola, el misterio de bisutería que le glorifica y degrada, todo eso da juego. Melania Trump en su documental de perfecta dama declara que Billie Jean, de Michael Jackson, es su canción favorita. Esto certifica que ya estamos en plena «resaca de lo woke», que decía Tarantino, aunque él profetizaba en una entrevista en El Mundo que la resaca llegaría en 2028.

La película se centra sobre todo en su obra, con lo que han conseguido en cierto modo separar la obra del artista. No encuentro, por otro lado, muchos comentarios en los que Jackson sea tratado como un Epstein o un Weinstein. Observo con sorpresa que hay escepticismo hacia los acusadores de Jackson, un escepticismo que, a su vez, bebe de la sospecha de que la América blanca recela del cantante por ser negro. ¿Y si la América post-woke, cansada de penitencias públicas, ha decidido absolver a Jackson por la vía rápida del símbolo, no al hombre, sino al icono, blindado además por su negritud y su corona de rey del pop? Otros, como Harvey Weinstein, más pálidos o menos guapos, mordieron el polvo. 

Quizá simplemente en esta era de la resaca, en la política y las ideologías, todo puede ser mitad blanco y mitad negro porque siempre es más importante el quién y no el qué. Ahora todo el mundo es Michael Jackson, todo el mundo puede perdonarle, todo el mundo está cansado de señalar con el dedo acusador. Aunque a veces me pregunto si lo que hay en el fondo es puro morbo y fascinación por los ambiguos, que son todos estos que tienen su documental en Netflix, empezando por Epstein y terminando por Donald Trump.

Si este género de los ambiguos tiene su público, cabe pensar que los modernos tendríamos un problema con la fascinación hacia el mal. Parece probable, como decía Woody Allen, en plan chiste inmoral, que nuestra vida está dividida en lo horrible y lo miserable. En esas dos categorías. «Lo horrible son los enfermos incurables, los ciegos, los lisiados… […]. Y los miserables somos todos los demás. Así que, al pasar por la vida, deberíamos dar gracias por ser miserables. Por tener la suerte de ser miserables». 

Y hablando de personajes ambiguos, Pedro Sánchez en una intervención de El intermedio se apresuró a negar su parecido con George Clooney, declaración que me ofende, ya que el señor Sánchez se parece más bien a Michael Jackson. Ambos se mueven en ese territorio incómodo donde la figura pública vive bajo una presión constante de escrutinio y sospecha, un ruido de fondo que nunca termina de apagarse. No es tanto lo que los tribunales dictaminen como lo que el público decide creer, y el periodista con fuentes decide contar. En este juicio popular, como le ocurría al cantante, hay un tribunal que finalmente te sentencia o te absuelve, y ese es el veredicto (no el judicial) que quedará en la historia. A Zapatero, al parecer, lo que más le preocupa es que le recuerden como feminista en Wikipedia, pero yo creo que también será recordado como uno de esos ambiguos. 

Además, Sánchez tiene, como el cantante, la capacidad de transformarse en aquello que ve y le gusta. De modo que hoy tiene un poco también de Lula, de Zapatero y de Franco, porque va dejando rastros en las instituciones de los personajes que ha sido y las ideologías que ha encarnado durante estos años. Es una nada de metacrilato con muchas caras. Y a esto se reduce hoy, grosso modo, la política española: todos pendientes de él y él pendiente de su imagen de rey del pop.

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