The Objective
Antonio Elorza

Traiciones

«Para Fidel Castro y para su fiel discípulo Sánchez la política se desplaza de la gestión de un colectivo a la sumisión permanente a las exigencias del gobernante»

Opinión
Traiciones

Imagen creada por inteligencia artificial.

Está a punto de conmemorarse el centenario del nacimiento oficial de Fidel Castro, el 13 de agosto de 1926. Y decimos oficial, porque si ni aun hoy tales datos son seguros para personas con responsabilidades oficiales como guardianes del rigor histórico en una sociedad informatizada, menos lo eran en una hacienda perdida del oriente cubano, donde nace ese hijo ilegítimo de una criada con el propietario. De hecho, el pequeño Fidel tardó años en ser bautizado y recordará haber sido llamado por ello en su primera edad «judío». Un gran conocedor del Líder Máximo, Carlos Franqui, pensaba que la fecha de nacimiento pudo ser anterior.

A lo largo de su vida, la inseguridad, pero en cuanto incertidumbre, como falta de certeza en el significado de sus actuaciones y de sus palabras, siguió presidiendo la biografía de Fidel. En este sentido, no fue fruto del azar, sino un rasgo distintivo de su personalidad, que sigue desconcertando a sus numerosos biógrafos, a pesar de que él mismo facilita claves para su comprensión, en sus numerosas declaraciones.

Es así como en diciembre de 1975, hablando ante el Congreso fundacional del Partido Comunista Cubano, Fidel Castro explica que su proyecto comunista tardó en manifestarse ante «el movimiento revolucionario», a la espera de que «el pueblo hubiese adquirido suficiente madurez». Dicho suavemente, Fidel mintió durante mucho tiempo, declarándose «no comunista», y de nuevo mentía en 1975 en esa falsa revelación, ya que para él la etiqueta de comunista era ante todo la garantía más sólida de su poder personal, no su convicción personal. Era marxista y leninista, pero en sus propias palabras, «por lo bien que Marx y Lenin aplastaban a sus adversarios».

De ahí que en momentos esenciales, Fidel Castro juegue a fondo una y otra vez con esa lógica de inversión de su lenguaje, a efectos de esconder sus verdaderos propósitos. Primera muestra: al anunciar su victoria el 1 de enero de 1959, lo primero que declara es su falta de apetencia de poder y la sumisión total de su fuerza armada al presidente Urrutia. Es la restauración de la democracia, lo que exigiría reponer la Constitución de 1940. Y para rubricarlo, nombra un gobierno, con el demócrata José Miró Cardona al frente, garantía de orden de cara al exterior. Pero el 7 de febrero, por una simple ley, olvidada por la mayoría de sus biógrafos, anula toda posible restauración constitucional y crea las condiciones de su poder personal, sin Congreso ni partidos políticos.

La jugada se repetirá una y otra vez. Llega en nombre de la democracia, evocada cálidamente en La historia me absolverá, y lo primero que hace es eliminarla para siempre. Hasta culminar el fusilamiento del general Ochoa y sus coacusados, en 1989, a quienes se garantiza el indulto y supuestamente son ejecutados por decisión del Consejo de Estado. En esta ocasión tuvo la amabilidad de ordenar con fines de propaganda la filmación y la transmisión televisada de la reunión del Consejo, que incluí en mi biopic Fidel Castro: la esperanza traicionada, hoy en YouTube. Así es fácil comprobar el alcance de su engaño en esa farsa trágica.

«Por encima de todo, Fidel busca siempre la legitimación de su propia figura como heredero de José Martí»

Por encima de todo, busca siempre la legitimación de su propia figura como heredero de José Martí, la gran figura de la independencia de Cuba. Pero Martí era un demócrata. Fidel fue todo lo contrario y, en particular, personificó la advertencia que hiciera Martí contra el caudillismo que despuntaba durante la guerra de Independencia: «Que un pueblo no es un juguete heroico para que un redentor poético juegue con él». Justo lo que hizo Fidel a lo largo de su vida política.

Mejorar la suerte del pueblo cubano era el gran objetivo, cabe pensar que inicialmente sincero de su promesa revolucionaria. Hasta Francisco Franco se lo creyó en su curioso comentario sobre el acontecimiento. Y tal fue la finalidad designada para sus reformas, pero en realidad lo que contaba en primer término era la Revolución, con mayúscula, su Revolución, la afirmación indiscutida e ilimitada de su personalidad, que se proyectaba sobre esa prometida mejor suerte del pueblo. Más tarde, en la realidad, la misma se desvanecía ante el predominio absoluto de sus ideas y criterios: recordemos la catastrófica supresión el pequeño comercio en 1968 y el sueño de la zafra de los diez millones.

En el límite, la propia supervivencia física del pueblo cubano perdía todo valor, ante la grandeza del gesto antiamericano del nuevo Alejandro, su personaje preferido y su segundo nombre, cuando en la crisis de 1962 optó, afortunadamente sin éxito, por su apoteosis al inducir a la URSS a lanzarse a una guerra nuclear. En el plano económico, no se vio afectado por la inepcia como gestor de una mala copia del modelo soviético, agudizada por sus iniciativas, hijas de una mezcla de voluntarismo e ignorancia. A pesar de la enorme ayuda soviética, el resultado fue la penuria imperante en una sociedad antes desigual, pero próspera. Y al faltar el maná de Moscú, solo le Importó salvar la consigna: «Cuba será un eterno Baraguá». Salvar su Revolución, su dictadura. Su hermano y último sucesor prologaron el empeño, que hizo finalmente del sueño romántico de Fidel en 1959 una traición al pueblo cubano, ya declarada sin sombra de duda durante la crisis de los misiles. Fue el sacrificio de un pueblo por un falso Redentor. El embargo USA sirvió de gran coartada.

Ahora bien, la traición de Fidel como patriota, no excluye que como gestor de su propio poder, lograse elevar la táctica política al nivel de obra de arte. No basta la necesidad de engañar siempre: hay que saber hacerlo. Y esto es lo que aquí nos interesa, dado que la receta de Fidel nos ha llegado por un medio bien singular. Se trata de la sorprendente incidencia del modelo fidelista de construcción de una autocracia sobre el español, por la vía de un gran experto y admirador de Cuba, Miguel Barroso, y a partir de ahí, de la actuación del político y escritor aragonés como consejero preferente de Pedro Sánchez hasta su fallecimiento.

«Ni el comunismo local, ni el de su gran aliada la URSS, debía convertirse en alternativa a su mando absoluto»

Mediante la reconstrucción de un difícil episodio en la vida política de Fidel, en su documental Un  asunto sensible, Barroso ofrece una precisa anatomía de cómo el Líder Máximo lo subordina todo con exactitud matemática a la salvaguardia y consolidación de su poder. De entrada, tropezó con el escollo casi insalvable de la implicación del necesario aliado comunista en un crimen político previo a la Revolución, y en la ulterior protección dada por los recién llegados al culpable. Tuvo que multiplicar los recursos para salvar los obstáculos, y evitar que la Revolución, como Saturno, devorara a sus hijos, es decir, que sus errores y posibles crímenes le afectasen a él. A fin de cuentas, logró salvar todos los riesgos, y como colofón, librarse de cualquier presión del aliado soviético, a costa del principal peón de Jrushov en La Habana. Ni el comunismo local, ni el de su gran aliada la URSS, debía convertirse en alternativa a su mando absoluto.

El resultado es un breviario, una guía de comportamiento, mediante la cual entran en escena siete pecados capitales del comportamiento político, puestos al servicio de una ambición personal. Para atender a este fin, requieren ser cumplidos en su totalidad:

Primero, el egocentrismo. Es obvio. Para Fidel y para nuestro fiel discípulo en este punto, la finalidad última perseguida, la política se desplaza de la gestión de un colectivo a la sumisión permanente a las exigencias del gobernante con el objetivo único de mantener y consolidar su poder.

Segundo, el maniqueísmo. El fin único obliga a simplificar al máximo. La complejidad de los problemas ha de ser reducida a un esquema dualista de oposición entre el Bien, los intereses del líder, y toda otra cuestión que se oponga a ellos, encarnación del Mal. En  Fidel, se trata de la contraposición entre la Revolución y la contrarrevolución, gusanos e imperialismo. En Sánchez, el «progresismo» frente a la ultraderecha: el Muro.

«El líder ha de desarrollar una ofensiva permanente contra el enemigo, a efectos de ocultar la complejidad de los hechos»

Tercero, la agresividad. No basta poner de manifiesto esa dualidad legitimadora. El Líder, heraldo del Bien, ha de desarrollar una ofensiva permanente contra el enemigo, a efectos de ocultar la complejidad de los hechos. Y de subrayar que todo problema se reduce a la manifestación de la lucha entre Bien y Mal. La política deviene acción bélica, donde la realidad debe ser siempre borrada, si así lo requiere el mantenimiento del prestigio inmaculado del líder.

Estamos ante una verdadera innovación para el modo de hacer política. En momentos de dificultad, los movimientos del Líder deberán ser rápidos y decisivos para anular toda amenaza de examen o debate, y descalificar o destruir al oponente. Si amenaza nuestra corrupción, se hará resucitar la del adversario; si se sufre una derrota parcial, en una causa judicial p.e., se procederá de inmediato a una descalificación terminante.

Cuarto, una nueva agorafobia, el rechazo total al debate de los asuntos en público. La función deliberativa de la democracia debe ser suprimida. Fidel lo logró muy pronto, instaurando una democracia de la plaza pública, donde sus discursos interminables sustituían al Parlamento. Esta sustitución sigue siendo un objetivo para Sánchez, envuelta en el recurso de la propaganda sistemática ejercida sin descanso desde el gobierno y sus medios. El pecado siguiente es inevitable.

Quinto, la lengua de palo. Resulta necesario afirmar la absoluta validez de las acciones del Líder y evitar la puesta al descubierto de las infracciones del poder, en una palabra, la revelación de la verdad. De acuerdo con la lección de los totalitarismos, ha de imperar un lenguaje unificado donde la mentira «revolucionaria» allí, «progresista» aquí, haga su ley, descalificando de paso a quien pretenda lo contrario.

«Desde las páginas del órgano de prensa, transformado en diario oficioso, acaba de denunciarse el riesgo de ‘opinionismo’»

En el caso de Fidel, fue este el espacio donde más claramente mostró su voluntad de engaño. La libertad de prensa había sido su bandera, al llegar al poder —incluso para el Diario de la Marina— y muy pronto Pravda su modelo de periódico, reflejado en Granma, la exposición diaria de la mentira de Estado. En un marco democrático, Sánchez va consiguiendo unos resultados comparables, en cuanto a la articulación entre declaraciones y medios del gobierno, con el control puntual de un sector de prensa antes libre. Desde las páginas del órgano de prensa, transformado en diario oficioso, acaba de denunciarse el riesgo de «opinionismo» (sic), un peligro que en sus páginas, reconozcámoslo, es minuciosamente evitado; informaciones y opiniones forman un conjunto comunicativo de ejemplar lealtad a las posiciones e intereses del Gobierno.

Sexto, la injusticia. La dominación absoluta de los intereses y privilegios del poder dictatorial, hace imprescindible la supresión de un poder judicial autónomo. Para Fidel, el objetivo se logró de un plumazo, al calor del triunfo revolucionario. Para Sánchez, es todavía un objetivo a alcanzar, para lo cual ya ha dado con sobra de voluntad y desigual acierto, los primeros pasos.

Séptimo, la traición. El resultado final, inevitable, es que el gobernante invierte la dimensión finalista de su acción, subordinando los intereses colectivos a los propios, lo cual se hace visible especialmente en la política exterior. Es algo que se repite en las autocracias, donde una sociedad acaba pagando la ambición y los errores de un gobernante. De nuevo las biografías de Fidel han infravalorado la traición que supuso haberse jugado la supervivencia del pueblo cubano por la afirmación de su ego como revolucionario. Luego, al haberle dado Revolución a cambio de miseria.

En el caso de Pedro Sánchez, la traición está de sobra probada para Venezuela y sobre el contencioso Sáhara/Marruecos, y cabe presumirla por los efectos de su «no es no» a la guerra sobre la seguridad española en el futuro. Ni siquiera se atreve a proyectar ese pacifismo sobre las instancias europeas, porque nunca está dispuesto a asumir el menor riesgo. Ante los obstáculos que van surgiendo por la agresión de Trump y Netanyahu a Irán, lo suyo es esconder esa inhibición detrás del show progresista de Barcelona. El egoísmo le lleva a traicionar una intuición en este caso acertada. 

«Nuestro buen progresista es selectivo: se traga sin más el totalitarismo realmente existente en la República Popular china»

No cambia las cosas la visita a China, que habrá sido todo lo correcta que propone Felipe Dezcallar, pero que tendría para las relaciones con Xi un espacio más adecuado de enmarcar su contenido en la UE. Nuestro buen progresista es selectivo: se traga sin más la política genocida ejercida sobre uigures y tibetanos, así como el totalitarismo realmente existente en la República Popular. Derecho Internacional, sí; nada de derechos humanos. Gaza existe, por desgracia, pero no es la única tragedia. Ucrania, a la cola. ¿Y de veras no apoyó la política de China sobre Taiwán? Si no lo hizo, la dignidad le hubiera obligado a puntualizar con la mayor suavidad posible.

El de Pedro Sánchez en la universidad china, fue el discurso de un jugador solitario que ofrece una partida a dos, con una concesión de fondo a la visión de Xi de la multipolaridad que representa un visto bueno a la aspiración china a la hegemonía. La crítica de Rubén Amón, de una visita que coloca a España como «marioneta de Xi» se encuentra plenamente justificada. 

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