La guerra ensombrece la economía mundial
«Si los precios del petróleo y el gas permanecen elevados durante el resto del año, podría reducirse el crecimiento previsto del PIB mundial en 2026 en un 0,3%»

Ilustración generada mediante IA.
El conflicto armado iniciado el pasado 28 de febrero de 2026 entre Estados Unidos e Israel contra Irán, denominado Operación Epic Fury, ha desencadenado lo que la Agencia Internacional de la Energía ha calificado como la «mayor perturbación del suministro en la historia del mercado global del petróleo». El epicentro económico del conflicto no es Irán en sí mismo, sino el estrecho de Ormuz, la arteria energética más crítica del planeta.
En efecto, el cierre efectivo del estrecho de Ormuz ha inmovilizado aproximadamente el 75% de las exportaciones energéticas de los países del Golfo e Irak, desencadenando la mayor perturbación del suministro desde el embargo árabe del petróleo de 1973. En total, 15,8 millones de barriles diarios, aproximadamente el 15% de la producción mundial de petróleo, han quedado atrapados sin posibilidad de exportación.
Además, la guerra llega en un momento de especial vulnerabilidad macroeconómica, puesto que amenaza con asestar un severo golpe a una economía global que ya está soportando el impacto negativo de los aranceles establecidos por Donald Trump, que además podrían elevarse para la Unión Europea. En los países de la Unión Monetaria, unos precios energéticos sostenidamente elevados llevarían a su economía al borde de la estanflación; y en Estados Unidos, colocarían a la Reserva Federal en una posición complicada. El impacto de la contienda sobre la economía mundial dependerá fundamentalmente de la duración del conflicto y de la extensión de éste.
Durante «la guerra de los 12 días» de junio de 2025, los precios del crudo subieron alrededor de un 10% en los días previos y durante el conflicto, pero regresaron aproximadamente a sus niveles anteriores una vez que el mismo concluyó. En el episodio actual de mayor envergadura, el Brent se ha disparado hasta situarse en torno a los 100/115 dólares por barril, si bien las buenas noticias con las treguas o el anuncio de la apertura del estrecho de Ormuz los situaron en los 95 dólares.
Si se confirma, como apuntan la mayor parte de los analistas, que el conflicto es de corta duración, la caída del precio del crudo sería de un orden de magnitud similar al registrado durante «la guerra de los 12 días». Sin embargo, la Organización Mundial del Comercio (OMC) ha señalado que, si los precios del petróleo y el gas permanecen elevados durante el resto del año, podría reducirse el crecimiento previsto del PIB mundial en 2026 en un 0,3%. No obstante, si los precios del petróleo retroceden con rapidez, la inflación en Europa y Asia en 2026 probablemente sería solo 0,5 puntos superior a las previsiones realizadas antes del conflicto. Bajo este escenario, las estrategias de los bancos centrales permanecerían en gran medida sin cambios, y el impacto sobre el crecimiento real del PIB sería mínimo.
«La economía global tiene hoy una dependencia un 36% menor del petróleo por unidad de PIB real que hace 25 años»
No obstante, ya se ha producido una cadena de efectos negativos; las primas de seguros se han disparado, las decisiones de inversión se difieren, las cadenas de suministro se redirigen y la confianza en la estabilidad del Golfo se erosiona. En el escenario de un conflicto corto, estos efectos son transitorios y asimétricos sectorialmente; están perjudicando especialmente a las aerolíneas, al sector químico, a las manufacturas intensivas en energía y la industria agroalimentaria.
La prolongación del conflicto durante todo el año 2026 provocaría un grave impacto sobre la economía mundial; sin embargo, si se enquista como la guerra de Ucrania, se puede producir a largo plazo una adaptación de la economía global a un nuevo escenario, con efectos menos negativos en general que los que se podrían registrar a medio plazo.
Para el conjunto del mundo, una contienda prolongada podría llevar el Brent por encima de los 120 dólares por barril; aunque la economía global tiene hoy una dependencia un 36% menor del petróleo por unidad de PIB real que hace 25 años, lo que amortigua parcialmente el impacto, el deterioro del PIB mundial superaría los 3,5 billones de dólares, el 3,15% del PIB global.
El impacto regional puede ser muy asimétrico; para Europa el escenario es particularmente sombrío, la economía de la eurozona probablemente se contraería en el tercer trimestre y posteriormente se estancaría su crecimiento, cuando menos un semestre.
«La inflación global de precios al consumo podría subir casi tres puntos más en caso de cierre prolongado del estrecho de Ormuz»
Para los países exportadores del Golfo, la paradoja es notable: a diferencia de crisis petroleras anteriores, los Estados productores del Golfo no pueden beneficiarse de los altos precios del crudo, porque el cierre del estrecho de Ormuz les impide llevar el producto al mercado. Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos, que han abandonado la OPEP, conservan cierta capacidad de transporte a través de oleoductos terrestres, pero el resto de los Estados del CCG e Irak no disponen de rutas alternativas de exportación.
La inflación global de precios al consumo podría subir casi tres puntos más en un escenario de cierre prolongado del estrecho de Ormuz. A pesar del deterioro de las perspectivas de crecimiento, el repunte de la inflación probablemente obligaría a los bancos centrales a cambiar de política. La Reserva Federal podría abandonar las bajadas de tipos, mientras que el Banco Central Europeo podría verse obligado a elevarlos.
Asimismo, el deterioro fiscal en un conflicto prolongado sería estructural. En Estados Unidos, incluso antes de tener en cuenta el previsible incremento del gasto en defensa, el déficit presupuestario estadounidense estaba destinado a superar el 6% del PIB de forma indefinida, mientras que para 2030, la deuda pública con relación al tamaño de la economía excedería su nivel al final de la Segunda Guerra Mundial. Un mayor gasto en defensa, tanto por los costes directos de la guerra de entre 500 y 1.000 millones de dólares diarios como por la necesidad de disuadir aventuras de política exterior rusa y china, podría incrementar sustancialmente el presupuesto de defensa. Si la guerra se convierte en un conflicto prolongado, estos problemas podrían convertirse en shocks estructurales duraderos para la economía mundial.
El impacto sobre la inversión también preocupa, puesto que los efectos del cierre del estrecho podrían afectar a su futuro. Sin embargo, las economías dependientes de importaciones de todo el mundo podrían mirar con nuevo interés el GNL estadounidense del interior continental y además, se podría producir un impulso estratégico para desarrollar capacidad de generación endógena, tanto mediante energías renovables como con energía nuclear, e intensificando la electrificación de los sectores de demanda final.
La guerra de Irán es un experimento involuntario sobre la fragilidad de las cadenas de suministro globales. Si los precios del petróleo se mantienen elevados, la inflación global subirá por encima de las previsiones anteriores al conflicto, mientras que el crecimiento quedará por debajo de lo esperado. La diferencia entre el escenario corto, un freno moderado perturbador pero superable, y una guerra larga que provocaría una recesión sincronizada con episodios de estanflación y deterioro fiscal estructural, será cuestión de semanas.