The Objective
Francisco Sierra

Cuidado con los cómplices

«Cuidado con esos cómplices egoístas. Nunca han apoyado; siempre han exigido y, alguna vez, como el PNV en la moción a Rajoy, han traicionado en tan solo siete días»

Opinión
Cuidado con los cómplices

Imagen creada con inteligencia artificial.

Es lógico, y hasta loable, que todo político intente conseguir el máximo apoyo para sus propuestas y objetivos de gobierno. Muchas veces se necesita ampliar el consenso y salir fuera del territorio de comodidad de los tuyos para buscar el respaldo de otros. La mayor base social de apoyo es la estructura más fuerte que puede conseguir un gobierno democrático. Obviamente, sin traicionar las esencias ideológicas, sino buscando el acercamiento para encontrar el mejor bien común.

La cuestión fundamental es, sin prisas ni urgencias, analizar cómo se pueden gestionar determinados acuerdos.

No es lo mismo el consenso buscado, anhelado, negociado y conseguido de la Transición —en el que todas las partes cedieron cuestiones que rozaban lo que para ellas eran líneas rojas de actuación o de pensamiento hasta ese momento— que otros acuerdos más recientes, que parecen subastados en bazares donde se mercadea con las ideas y hasta con el alma democrática.

Cuando hablamos de amplia base social, tenemos que ser rigurosos con la verdad. Un pacto de los dos principales partidos políticos en España supone el respaldo de dos tercios de la ciudadanía. Un consenso de Estado busca agregar y no dividir o estigmatizar.

Por eso es difícil considerar amplia base social a lo que se ha hecho en estos últimos años de gobiernos y socios Frankenstein. Para empezar, no contaban ni siquiera con el partido más votado de las elecciones. Ni la primera ni la tercera opción elegida por los españoles no es que no estuvieran, sino que se convirtieron en la propia justificación frentista de un presidente del Gobierno que, lejos de querer sentirse presidente de todos los españoles, alardeó de levantar muros de separación.

Sánchez no ha sido el primer populista que ha voceado que quería gobernar solo para los suyos. En una línea ya abierta por políticos como Bolsonaro en Brasil o Trump en Estados Unidos, el presidente Sánchez ha entendido que su supervivencia política se basaba en la generación de miedo y, también en muchos casos, de odio hacia quienes no le apoyaban. En la repulsa contra la mitad de la ciudadanía.

El maremoto infinito de escándalos de corrupción que rodean a Sánchez no ha merecido ninguna explicación detallada ni racional de un presidente que entiende por responsabilidad política que basta con decir que la asume. Y sus socios, tragando. A sus cómplices no les ha importado que, cada vez que un nuevo escándalo vulneraba una línea roja, se inventara otra nueva para justificarlo todo.

El cinismo de Pedro Sánchez compite con su inmoralidad. Sánchez sabe lo que hace y por eso hace lo que sabe. Y lo que sabe es que necesita mantenerse en el poder por el medio que sea. Le da igual conceder indultos que aprobar amnistías ilegales e ilegítimas. Le da igual traicionar sus supuestas y presuntas ideas socialistas de solidaridad con tal de contentar, con financiaciones, traspasos de competencias o hasta liberaciones de etarras, las exigencias chantajistas de sus socios extorsionadores vascos y catalanes.

Dentro de la banda de cómplices que ha tenido Sánchez en esa mal llamada mayoría progresista, había dos emboscados que de progresistas tienen lo mismo que algunos políticos de su odiada Vox. La xenofobia de Junts o del PNV es igual de profunda, pero mucho menos transparente y valiente. Ambos partidos fueron los primeros en implementar medidas antiinmigratorias en el País Vasco y en Cataluña que pueden ser tildadas perfectamente de racistas.

Estoy convencido de que, si Sánchez hubiera necesitado los votos de Aliança Catalana en algún supuesto, no habría dudado en utilizarlos entregándoles lo que pidieran. Luego lo convertiría en bulo y lo intentaría vender a todos los españoles como algo necesario y progresista. Lo está haciendo con la financiación singular a Cataluña y la entrega de una Agencia Tributaria propia, o con los distintos regalos en competencias de la Seguridad Social al Gobierno vasco.

Es por eso singularmente novedoso el tono que tuvo Alberto Núñez Feijóo ante los empresarios catalanes en el Círculo de Economía. Ese «queremos hacerlo con vosotros, pero si no, lo haremos sin vosotros» ha sido la declaración más valiente y directa de un líder del PP en los últimos años en Barcelona. Se necesitaba que alguien se lo dijera también a esos cómplices que no buscan el bien general de los españoles. Ni siquiera el de los catalanes. Solo buscan el suyo propio, con quien sea.

Del empresariado catalán se habla siempre como abierto, dialogante y moderno. No lo es. El empresariado catalán fue cobarde con el procés. No se opuso nunca con rotundidad y transparencia a la deriva independentista, pese a que más de 2.000 empresas decidieran irse fuera de Cataluña. Tras el fracaso del procés, respiró con alivio y entusiasmo cuando llegaron el PSC y Salvador Illa. Sabían que el futuro de Sánchez y de Illa estaba atado y bien atado. El PSC era, y es, más nacionalista que socialista.

Ese empresariado modélico lleva años dopado por los cariños de la administración autonómica catalana. Lo estuvo con CiU y lo está con Illa. Ahora oscila entre el babeo y el deseo oculto de una financiación singular para Cataluña que mejore todavía más su ecosistema. Ellos no se plantean ni la inconstitucionalidad de la propuesta ni la insolidaridad con el resto de España.

Pese a todo, saben que es inmoral la situación de corrupción que vive España. La parálisis funcional de un Gobierno nacional que no gobierna y de un Gobierno catalán atado a ERC. Los dos sin Presupuestos Generales. Los dos haciendo trucos de trilero para mover partidas millonarias en función de las necesidades de cada momento. Ahora, por estética, se tapan la nariz para no oler la corrupción mientras escuchan sonrientes a Sánchez cuando les regala los oídos con financiaciones singulares.

Son los mismos que ante Feijóo mostraron su auténtica obsesión. No era acabar con la corrupción o ayudar a desalojar al Gobierno. Su obsesión era saber si de alguna forma había alguna alternativa de financiación especial para Cataluña. Era lo único que les importaba. Ni los problemas reales de una economía dopada con miles de millones de fondos europeos o de subidas fiscales encubiertas, ni los problemas de una deuda galopante que hará temblar a nuestros nietos.

Son cómplices de Sánchez. Cuidado ahora con esos cómplices egoístas. Nunca han apoyado, siempre han exigido y, alguna vez, como el PNV en la moción de censura a Rajoy, han traicionado en tan solo siete días.

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