The Objective
Francisco Sierra

De Puente a Ribera

«Son dos de los mayores ejemplos de incompetencia e ineficacia ministerial que hay o haya habido en estos años de Gobierno de Sánchez»

Opinión
De Puente a Ribera

Imagen creada por inteligencia artificial.

Óscar Puente y Teresa Ribera son dos de los cargos socialistas más representativos del estilo de los distintos Gobiernos de Pedro Sánchez. Dos de los pesos pesados que han ostentado, y ostentan, carteras fundamentales para el desarrollo económico, energético y de infraestructuras del país. Grandes presupuestos para grandes ambiciones. Ambos embebidos de un altivo complejo de superioridad intelectual que les hace menospreciar toda crítica por entender que el resto de los mortales no son capaces de comprender sus decisiones.

El tiempo está demostrando también que son dos de los mayores ejemplos de incompetencia e ineficacia ministerial que hay o haya habido en estos años de Gobierno de Sánchez. Y eso que han tenido fuerte competencia. Los dos han enmascarado las críticas con dos estilos muy distintos. Ella, con el silencio y la ausencia despreciativa. Él, con esa ametralladora que tiene por boca para disparar en ráfagas todo tipo de insultos y menosprecios ante micrófonos o en redes sociales contra todos los que cuestionen lo que hacen o dicen.

Los dos han sido protagonistas directos en varios de los más duros casos de tragedias y fallos que hemos sufrido en los últimos tiempos. De la dana al apagón. Del caos ferroviario y deterioro de las infraestructuras españolas al accidente de Adamuz. Su forma de reaccionar ha sido, sin embargo, siempre muy distinta. Lo que sí han tenido los dos en común es que nunca han asumido, ni se les ha pasado por la cabeza, ningún tipo de responsabilidad política.

Óscar Puente tiende al matonismo dialéctico. Tiene querencia por las broncas, los insultos y el desprecio de sus rivales políticos, de los medios libres y críticos, de los jueces y de todo el que cuestione algo que le moleste. No duda en farolear sobre sí mismo. Es el hombre que declaró y repitió con chulería que «el tren vive en España el mejor momento de su historia», o el que hace apenas medio año anunciaba que la alta velocidad en España llegaría a los 350 km/h.

Declaraciones trompeteras que no han conseguido acallar las críticas de millones de viajeros en lo que es ya la constatación de la crisis de nuestro sistema ferroviario. Durante meses se han sucedido los fallos y problemas de una red saturada que afecta tanto a la alta velocidad como a la media distancia y, sobre todo, a los Cercanías, en los que viajan diariamente millones de personas. Siempre tuvo todo tipo de justificaciones y excusas. Hasta de supuestos sabotajes llegó a hablar en alguna ocasión.

Con el trágico accidente de Adamuz, donde 47 personas perdieron la vida, Óscar Puente reaccionó en las primeras horas con una extensa e intensa presencia en todos los medios. En aquellas primeras declaraciones insistía en que el accidente era «tremendamente raro» y «muy difícil de explicar». Decenas de veces repitió que no se debía a falta de mantenimiento, ni por obsolescencia, ni por fallos de control, sino a un problema «mucho más complejo».

Hizo un grosero alarde de una supuesta transparencia cuando nada se sabía. Luego, cuando empezaron las informaciones periodísticas sobre las investigaciones, la transparencia desapareció. Empezó a negarlas con desprecios y hasta burlas. Negaba y luego tenía que dar marcha atrás y reconocer la veracidad de lo publicado.

Ahora permite y apoya al presidente de ADIF cuando este cuestiona a la mismísima Guardia Civil y dice que su informe se basa en «conjeturas» que aún deben ser probadas técnicamente. Tampoco acepta las conclusiones preliminares de la Comisión de Investigación de Accidentes Ferroviarios, que mantiene como hipótesis principal que fue una fractura del carril, con la vía ya rota horas antes del paso del tren.

Mientras tanto, se siguen descubriendo nuevas chapuzas. Algunas tan alarmantes como que la propia ADIF retiró a escondidas, tras el accidente de Adamuz, un carril con fisuras ya vistas en 2019. Se quitó de madrugada, modificando horas antes la categoría de su gravedad y sin permiso de la autoridad judicial. Todo un ejemplo de colaboración con la justicia.

El Puente explicativo de los primeros días desapareció. Ahora cuestiona a la comisión independiente, a la Guardia Civil y no tardará, si es que no lo ha hecho ya, en cuestionar también a las propias familias de las víctimas. Lleva dos meses sin querer recibirlos. El abandono es tal que los miembros de la asociación de víctimas han tenido que recurrir a manifestarse delante del Congreso de los Diputados para que el Gobierno no los olvide. Sánchez nunca se ha reunido con ellos y también en el olvido quedó el prometido funeral de Estado.

Lo que sí ha hecho Puente es crear una web para decir qué es bulo y qué no. En estos casi tres meses, Puente, el que acusa a todo de ser bulos y chascarrillos, se ha desdicho varias veces y ADIF ha tenido que reconocer muchas cosas que negaba. Puente se inventa el gran bulo de una web para hacer ruido y ocultar que las investigaciones están cuestionando casi todo su discurso.

Teresa Ribera es muy distinta a Puente. Ella, ante los problemas, siempre se ha escondido, ha evitado cualquier reacción pública a hechos vinculados con ese Ministerio de Transición Ecológica que dirigió con guante de hierro desde 2018. De ella dependía funcionalmente la Confederación Hidrográfica del Júcar, una de las grandes señaladas en el día de la tragedia de la DANA. Durante su mandato se frenaron las obras de encauzamiento del barranco del Poyo y del río Magro, con un coste de 240 millones de euros aprobados en los Presupuestos Generales, que hubieran mitigado la tragedia.

Teresa Ribera, año y medio después, no ha pisado todavía la zona cero afectada por la tragedia. Dijo que iría a Valencia y nunca fue.

Le gusta su cargo —y su sueldo— en Bruselas. Tanto que, para mantenerlo, ha sido capaz de aceptar salir de su fundamentalismo antinuclear con el que ordenó el cierre de todas las centrales nucleares en España. En Bruselas ha sido desbordada por la mayoría de los países miembros a favor de una energía fundamental para mantener el mix energético, más tras la crisis de precios por la guerra en Ucrania. La propia presidenta Ursula von der Leyen tuvo que ningunearla y tomar la batuta pronuclear obviando a Ribera. Su cerrada defensa del cierre nuclear la mantiene ya solo para España, a través de su obediente sucesora, Sara Aagesen.

De Ribera hizo una gran apuesta por una política de transición energética que priorizó la integración de renovables. Algo destacado y positivo, si no fuera porque olvidó reforzar los mecanismos de seguridad y estabilidad que requería el sistema. No estaba ya en el Ministerio cuando vino el gran apagón. Se lo recuerda el PP en el informe del Senado, cuando exige responsabilidades políticas a la sucesora Aagesen, pero también señala a Teresa Ribera. Silencio.

Ribera, atrincherada en su vicepresidencia en Bruselas, ve ahora cómo le llega hasta allí el escándalo Forestalia. La Comisión Europea, a petición del Parlamento Europeo, va a investigar este caso donde hay denuncias sobre posibles compras de declaraciones de impacto medioambiental y la obtención irregular de permisos. Hechos ocurridos durante el periodo en el que Teresa Ribera fue ministra. Ella no está directamente vinculada, pero sí uno de sus altos cargos, Eugenio Domínguez, que aparece como hombre clave en este caso. Y ante eso, silencio de nuevo.

Dos estilos distintos, los de Ribera y Puente. Y una coincidencia: el pánico a asumir cualquier tipo de responsabilidad política.

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