Manual del buen socialista
«Capítulo primero: predica igualdad. Capítulo segundo: acumula patrimonio. Capítulo tercero: si te pillan, sonríe, hazte el simpático y súbete a TikTok»

Imagen creada con inteligencia artificial.
Hay socialistas que levantan el puño. Y hay socialistas que levantan palacios. Unos cantan la Internacional con cara de funeral laico; otros amplían mansiones en Tánger, compran inmuebles anexos, exploran proyectos hoteleros de lujo y, por si fuera poco, se dejan caer por Airbnb con un anuncio fantasma de su «palacete» mientras aquí todavía hay quien no llega a fin de mes. Cada cual entiende la lucha de clases a su manera.
José Bono, que durante años se vendió como una mezcla de sacristán, tribuno y señor de pueblo con empaque institucional, parece haber escrito sin quererlo el manual del buen socialista español del siglo XXI. Capítulo primero: Predica igualdad. Capítulo segundo: Acumula patrimonio. Capítulo tercero: Si te pillan, sonríe, hazte el simpático y súbete a TikTok a mover las caderas o a soltar una gracieta, como si el país fuese un plató y los ciudadanos fuéramos una panda de idiotas con wifi.
Ese es quizá el rasgo más irritante del personaje. No ya el pelotazo inmobiliario. No ya la mansión. No ya la ampliación de la antigua casa de un pintor con varios inmuebles anexos hasta convertirla, según la información publicada por este periódico, en un complejo residencial de 1.800 metros cuadrados. No ya la reforma de alto nivel con maderas nobles, zellige marroquí, ascensor turco y aires de palacio andalusí. No ya la posible ampliación en altura en una zona histórica donde no parece que cualquier vecino pueda hacer lo que le venga en gana. No. Lo verdaderamente insultante es el tono. La desenvoltura. La carcajada flotando sobre el ladrillo.
Porque esa es la marca de la casa del socialismo español cuando alcanza cierta edad y cierto patrimonio: primero pontifica, luego prospera y finalmente se descojona. Del contribuyente. Del votante. Del país. De todos.
Durante décadas nos vendieron la vieja mercancía moral: lo público, la justicia social, la sensibilidad con el débil, la superioridad ética de la izquierda frente al capitalismo feroz. Y luego resulta que el capitalismo no les disgustaba tanto. Lo que les molestaba era no administrarlo ellos. Para el pueblo, consignas. Para ellos, escrituras. Para la militancia, pancarta. Para el jerarca, palacete.
Ahí está Bono, que no descubrió Tánger precisamente como un mochilero bohemio en busca de autenticidad, sino como quien detecta una plaza interesante en el tablero. Primero la mansión histórica. Luego las casas pegadas. Después, según hemos contado en THE OBJECTIVE, varios inmuebles más para un eventual hotel de lujo en una ciudad disparada por la inversión y el Mundial de 2030. Socialismo de alta gama. La rosa en la solapa y el metro cuadrado en la retina.
Y todo envuelto en ese relato de casualidades providenciales que siempre aparece cuando hay patrimonio de por medio. Que si fue azar. Que si la casa apareció. Que si todo muy cultural… hasta que la cultura termina convertida en un patio monumental y en un anuncio de Airbnb sin reservas posibles.
«Porque esa es la marca de la casa del socialismo español cuando alcanza cierta edad y cierto patrimonio: primero pontifica, luego prospera y finalmente se descojona. Del contribuyente. Del votante. Del país. De todos»
Es prodigioso. La izquierda española ha logrado algo que parecía imposible: convertir el pelotazo en una experiencia estética.
Qué casualidad todo. Qué oportunos son siempre los giros ideológicos cuando coinciden con los giros patrimoniales. No se trata de dictar sentencias. Se trata de constatar una obscenidad política y moral: la de una casta que salió del poder con aura de servicio público y hoy aparece rodeada de sociedades, activos y propiedades al otro lado del Estrecho. Y encima nos pide que aplaudamos el baile.
Porque en España la política no siempre termina cuando se deja el cargo. A veces, empieza entonces. Con menos focos, sí. Pero con más margen. Con más discreción. Con más rentabilidad.
Y por eso hay preguntas que incomodan.
La más sencilla de todas sigue en pie: ¿cómo se pasa de la nómina pública a la expansión patrimonial sin que nadie levante la ceja? En otros países, esa ceja sería un escándalo. Aquí, apenas un gesto.
Bono no es una excepción. Es un género literario: el socialista patrimonial.
Ese es el verdadero manual del buen socialista: hablar como un redentor, vivir como un marqués y, cuando te descubren, sonreír como si el chiste fuéramos nosotros.