The Objective
Antonio Elorza

Pedro en su búnker

«Sánchez no está a estas alturas para convencer. Vencer, tampoco puede. Solo agredir para sobrevivir. No cabe forma más humillante de mantenerse en el poder»

Opinión
Pedro en su búnker

Ilustración creada con IA.

En El príncipe, Maquiavelo destaca la importancia política del engaño y de la mentira. Pone de ejemplo al papa español, Alejandro VI: «Nunca hizo otra cosa que engañar a los hombres, y siempre encontró a alguien para hacerlo. Nunca hubo otro hombre con mayor eficacia al mostrarse convincente, con mayor énfasis en afirmar una cosa, que menos la cumpliese luego».

Nuestro fiel seguidor de la táctica del engaño, el presidente Pedro Sánchez, no ha tenido la misma fortuna. Pudo apreciarse el pasado martes en el Congreso, cuando, después de pasar toda la legislatura esforzándose por convencer en falso, siquiera a sus aliados, especialmente sobre la corrupción, se ha quedado solo. O solo con Bildu, que es peor.

Queriendo rizar el rizo de la originalidad en su apoyo, su socio Rufián alcanzó la sublimidad en lo grotesco, al pedirle una mirada como prueba de inocencia. La iniciativa fue eficaz para todo lo contrario, dado que el registro gestual de Sánchez se limita ya a la expresión de la violencia contra quien no le apoye a ciegas. Como en el episodio clásico, no está a estas alturas para convencer. Vencer, tampoco puede. Solo agredir para sobrevivir. Sus aliados y/o cómplices no quieren dejarle caer, porque no les interesa, mientras se esfuerzan para no rozarse con él, evitando el contagio. No cabe forma más humillante de mantenerse en el poder, y además para no gobernar.

La vieja apreciación de que la historia se repite como farsa encaja bien con esta situación y resulta lógico, por ser habitual el aislamiento cuando los dictadores se encuentran en dificultad extrema o al final de su recorrido. En términos políticos, la soledad de nuestro presidente, cuando la marea de su cleptocracia empieza a ahogarle, únicamente encuentra la solución del búnker.

En términos literales, ante la carga inculpatoria de los últimos descubrimientos, de Leire a Zapatero, y el mazazo de la sentencia del Supremo sobre Ábalos y Koldo, el único recurso para Sánchez ha consistido en encerrarse en una fortaleza bajo tierra, blindada frente a la realidad exterior. Un búnker donde instala su puesto de mando, por debajo de las instituciones democráticas, y subvirtiéndolas, de manera que puede operar en principio como si ignorase cuanto sucede, o le sucede, en la vida real del país. Eso supone negar lo existente, pero no para darle libre curso, sino para llevar al extremo la defensa fraudulenta de sus propios intereses (y por consiguiente, de su sistema de poder).

«No se trata de exonerar a unos presuntos delincuentes, sino de invalidar de plano la autonomía judicial»

Al modo del bosque que se mueve de Macbeth, el búnker de Sánchez, para cumplir su función defensiva, tiene que proyectarse sobre el exterior, para conjurar la amenaza de las indagaciones y de los procedimientos judiciales que le cercan. Aquí la estrategia adoptada nos remite a otras dictaduras y también a la lógica de las organizaciones gansteriles. Lo esencial para escapar de una segura responsabilidad es que la acumulación de delitos incuestionables, mantenga impoluta la figura del protagonista de la trama, de modo que este pueda cargarlos sobre quienes los cometieron, como hechos individuales ignorados por él. Y a ellos les toca colaborar con su silencio, que ya vendrán los indultos y otras recompensas.

Tal vez este sea el aspecto inmediato más revelador del contenido de la batalla que está librando Pedro Sánchez contra la Justicia, con mayúscula, en aplicación de las reglas de una cleptocracia. No se trata de exonerar a unos presuntos delincuentes, sus antes queridos presuntos delincuentes, de unas condenas, por duras que estas sean, sino de invalidar de plano la autonomía judicial, estigmatizada como lawfare y prevaricación, al cuestionar su impunidad y la de los suyos. El histórico Don Teflón no se limita a buscar unas sentencias favorables: intenta ejercer un control permanente sobre la actuación de los jueces, capaz de asegurar la impunidad de su trama gansteril.

Los términos del conflicto son de conocimiento general. El presidente dispone de unos peones pasados en la cúpula judicial, con la Fiscalía General del Estado y la mayoría progre del Constitucional, dado que este último se ha autodesignado vértice de aquella. Al punto que ha llegado el enfrentamiento, el Tribunal Supremo se presenta entonces como el principal enemigo a batir para la voluntad de dominio del Ejecutivo, con Anticorrupción a su lado. De ahí la sorprendente actitud de los juzgados y condenados, Ábalos y Koldo, y del imputado Zapatero. Todos al unísono renuncian a buscar argumentos que avalen sus respectivas inocencias, para cargar en cambio contra los jueces que les investigan o juzgan. Y en los mismos términos —indefensión, vulneración de sus derechos—, en busca de la anulación de las causas por infracciones procesales.

Prefieren correr el riesgo de exhibir una culpabilidad ante el público, pues quien calla otorga, a cambio de conseguir el principal objetivo: dinamitar el edificio de la Justicia. Como en la escena final de Il caimano, el filme de Nanni Moretti sobre Silvio Berlusconi. Sus adláteres, con los dos Óscar por delante, calientan el ambiente para que él mismo asuma el papel de Fiscal Supremo, siempre autodesignado, con el objetivo de que la justicia ceda paso a su justicia.

«Ante el Comité Federal del PSOE, Sánchez montó su ceremonia del engaño sobre sí mismo y la corrupción»

No fue el martes en el lugar anunciado para dar explicaciones, el Congreso, sino el sábado ante el Comité Federal del PSOE, una asamblea de fieles, caja de resonancia del búnker, donde Pedro Sánchez montó su ceremonia del engaño sobre sí mismo y la corrupción. Y si hay disconformes, caso de García Page, sus intervenciones no son difundidas, a diferencia de la estelar de Sánchez. Hasta ahí llega su firme voluntad de vulnerar todo uso democrático.

Lo cierto es que la tropa de asesores técnicos de Moncloa ha trabajado bien y Sánchez estuvo en condiciones de presentar al Comité Federal un relato coherente, a base de ocultaciones, como las derrotas electorales al parecer irrelevantes o la Amnistía, y de negaciones rotundas de la evidencia, en todo lo relativo a la corrupción, para así desde la Mentira, con mayúscula, montar el ataque contra su verdadero enemigo, una judicatura independiente que amenaza su sistema de poder.

Vale la pena seguir su argumentación. De entrada, un prólogo con grandes medidas sobre la corrupción, nunca puestas en práctica, y en cuanto a los hechos, paso apresurado por «quienes traicionaron su confianza» —Sánchez es obviamente un ingenuo—, y que el partido expulsó, colaborando luego con la justicia. Leire y Compañía, convenientemente olvidados. Él dice que no hubo financiación irregular del PSOE, y nadie puede ya dudarlo. En una palabra, autoabsolución.

Segunda parte contratante: Zapatero, que al parecer nada hizo, salvo sufrir la intolerable vulneración de sus derechos por la difusión de su agenda. El complejo de Alí Babá y lo que revela de intervención política y económica la tal agenda, no cuentan. Sánchez irá a muerte en su favor. ¿Y qué decir de los familiares, víctimas de acusaciones falsas de la extrema derecha y de los bulos? Todas las actuaciones de los magistrados son arrojadas a la basura con apenas dos frases por nuestro presidente y juez supremo. La guerra judicial está declarada. Los muros del búnker son sólidos.

«Ahora toca blindarse en el búnker contra toda oposición y disidencia, para desde él lograr el vaciado de la democracia»

No es en el fondo nada nuevo. Las reglas de juego quedaron establecidas para el propio PSOE desde el momento en que ocupó su jefatura, tal y como revelaron los mensajes con órdenes a su sicario Ábalos, para domar a los presidentes de comunidad. Luego las aplicó a una concepción dictatorial del ejercicio del poder y a la manipulación de la opinión pública, todo ello mientras la cleptocracia se desarrollaba en su círculo. Por fin ahora toca blindarse en el búnker contra toda oposición y disidencia, para desde él lograr el vaciado de la democracia frente a la resistencia judicial. La ventaja del poder gansteril es que puede despreciar todo aquello que no afecte a los intereses del Número Uno. Sánchez tiene toda la razón: «¿Cómo no vamos a continuar?».            

A partir de aquí, surge la cuestión del precio de esa continuidad, para el país y para el PSOE. Aunque lejano en el tiempo, el caso de Alejandro VI fue aleccionador. Cuando Maquiavelo escribe El príncipe, los efectos de la degradación moral y política del personaje todavía no se han producido. Llegarán pronto, Lutero. El papado y la Iglesia estuvieron al borde del hundimiento, y lo mismo ha sucedido a tantas organizaciones políticas ya en el último siglo. Orbán ha sido el último. El engaño y la mentira no superan el corto plazo.

Más allá de García Page y de una serie de nombres socialistas conocidos, con Felipe y Guerra a la cabeza, el lógico malestar y la disconformidad han dado lugar a iniciativas en el propio PSOE para exigir una rectificación política de la dirección, después de la sentencia del caso Ábalos. El abanico iba desde quienes exigían una alternativa rotunda al «sanchismo», a la sugerencia respetuosa de reformas.

Al final fue hecho público un llamamiento por el cambio, remitido al Comité Federal por un grupo de opinión titulado ReActiva. Los términos eran claros. También las propuestas, Congreso del partido y que Sánchez no sea candidato. Solo que no está Sánchez para tolerar la expresión de una voz contestataria de un centenar de militantes, cuando desprecia a la totalidad de los viejos dirigentes. Y por la voz de Patxi López, que ya es despreciar. El eco de la disidencia ha sido escaso, pero algo es algo. Para lograr un mínimo de eficacia, cualquier documento ulterior deberá contar al frente con firmas socialistas de relieve. Si se atreven a afrontar la ira y el desprecio de Sánchez, que no faltarán contra todo disidente confeso.    

En la cleptocracia que vivimos, queda descartado que el jefe de la organización reaccione de otro modo que acentuando su ofensiva, real y simbólica, contra el orden que está en vías de subvertir. De lo segundo fue buen ejemplo, la respuesta de Sánchez y su gente en pleno Congreso al triunfo de la moción que le instaba a convocar elecciones. La reacción no fue la indiferencia, sino el sarcasmo: los aplausos y las carcajadas. Un penoso e ilustrativo espectáculo. Otra vez la historia se repite como farsa, ahora con Sánchez y los suyos, emulando el gesto de Lenin al burlarse en enero de 1918 de la Asamblea Constituyente que va a disolver. Actitudes que responden a un sentimiento compartido: el rechazo a la democracia.      

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