Volvemos a la tribu
«Una sociedad avanzada únicamente puede funcionar cuando aceptamos la renuncia a proteger siempre a los nuestros»

Ilustración de Alejandra Svriz.
Nadie duda de que el grado de polarización de la sociedad española alcanza límites ciertamente preocupantes. Pero la polarización es solamente el síntoma. La enfermedad es otra. Lo que nos asola es el tribalismo. Una sociedad avanzada únicamente puede funcionar cuando aceptamos la renuncia a proteger siempre a los nuestros. La renuncia a medir la verdad según quién la diga. La renuncia a convertir la ley en una prolongación de nuestras simpatías. Dicho de otro modo, una sociedad no puede ser decente mientras el quién importe más que el qué. Y eso es justamente lo que estamos perdiendo.
Es demasiado evidente que buena parte de la vida pública española ya no se organiza alrededor de principios compartidos, sino de lealtades emocionales. Ya no discutimos sobre hechos, normas o límites morales comunes. Discutimos sobre bandos. Estamos volviendo de nuevo a la tribu. Y en la tribu se defiende a «los nuestros» bajo todo pretexto.
La tribu tiene una lógica muy simple. Al extraño se le juzga, pero al propio siempre se le justifica. Al adversario se le exige pureza absoluta. Al aliado se le concede indulgencia infinita. Si roba el otro, es corrupción. Si roba el mío, ya veremos, habrá que contextualizar; son bulos del fango mediático, cuidado que vuelve la ultraderecha, etc., etc. Les suena, ¿verdad? Es la banda sonora de la España contemporánea.
Por eso una parte nada despreciable del electorado sigue dispuesta a tragar con casi cualquier inmundicia si cree que con ello protege a los suyos. Los escándalos de corrupción que cercan al PSOE son hoy el ejemplo más evidente de ello. No hablamos del comportamiento mafioso de personas que estaban en el Gobierno de España, que los tribunales irán determinando. Ni siquiera de la familia más cercana del presidente del Gobierno. Hablamos de algo anterior y mucho más grave. La disposición de millones (¡millones!) de personas a suspender su juicio moral en cuanto el acusado lleva la camiseta correcta. De pronto, la exigencia ética desaparece, la sospecha se vuelve persecución, la crítica muda en conspiración y el deber cívico de pedir explicaciones muta en traición al bloque.
Hemos reemplazado los lazos de sangre por lazos identitarios, pero el mecanismo es el mismo. Antes el clan protegía al familiar. Ahora protege al compañero de siglas, al tertuliano afín, al ministro útil, al corrupto conveniente. Antes, la familia extensa servía como red de protección frente a un mundo hostil. Ahora esa función la cumplen las tribus ideológicas, los aparatos partidistas, las clientelas mediáticas y los ecosistemas de propaganda. Hemos modernizado el envoltorio, pero lo que subyace no ha cambiado.
«La disposición de millones (¡millones!) de personas a suspender su juicio moral en cuanto el acusado lleva la camiseta correcta»
Cuando la ley condena al rival, se celebra como una victoria democrática. Cuando toca a los propios, se denuncia lawfare. Cuando un juez incomoda al adversario, es un héroe. Cuando incomoda al tuyo, forma parte de una cacería reaccionaria. Cuando la corrupción estalla en campo enemigo, se presenta como prueba de podredumbre estructural. Cuando estalla en casa, se reduce a anécdota, a excepción o a cortina de humo. Estamos ante una regresión antropológica. Y una muy preocupante.
En mi opinión, esto sucede porque la confianza en las instituciones se está derrumbando. Cuando una sociedad deja de creer que la policía, los jueces, la administración o la prensa pueden actuar con criterios relativamente comunes, vuelve a refugiarse en estructuras primitivas de lealtad. Esto vale para una comunidad tribal, para una mafia, para un nacionalismo y también para una democracia degradada. Si el árbitro ya no parece neutral, cada grupo decide defenderse por su cuenta. Si la ley deja de percibirse como una regla común, cada bando empieza a verla como un arma del otro. Esto es absolutamente letal para una sociedad.
La gran conquista de Occidente no fue solo votar cada cuatro años. Fue algo mucho más difícil. Conseguir que millones de personas cooperaran con desconocidos bajo reglas abstractas. Conseguir que el extraño fuera alguien con quien comerciar, convivir o discrepar sin necesidad de odiarlo. Conseguir que la justicia no preguntara primero de qué familia venía el acusado. Conseguir, en suma, que el ciudadano confiara en la ley antes que en la tribu.
Ese equilibrio nunca fue natural ni automático. Nunca estuvo garantizado. Exigía autocontención, renuncia personal, prestigio institucional y una convicción básica de imparcialidad. La gente acepta perder parte de la lógica tribal cuando cree que el Estado es ecuánime y no pertenece a una facción concreta. Cuando cree que, con todos sus defectos, sigue existiendo una norma común. Sin embargo, cuando las instituciones del Estado son colonizadas sin pudor, cuando la fiscalía parece un apéndice del poder, cuando la ley se retuerce para satisfacer alianzas coyunturales y cuando la mentira se vuelve algo nauseabundamente habitual, entonces esa renuncia se rompe. Y al romperse, reaparece inevitablemente la tribu.
Esto explica con cierta precisión la temperatura moral de la España actual. Nos estamos clanificando de nuevo. No en torno a apellidos, sino en torno a ideologías, identidades, subsidios, agravios y relatos. Ya no somos ciudadanos iguales discutiendo sobre un proyecto común de futuro. Somos facciones que compiten por capturar el Estado para usarlo contra las otras facciones.
Y en ese contexto, la corrupción deja de ser una línea roja para convertirse en un coste asumible. Si el Estado es de los míos, si el juez es de los otros, si el periodista crítico es un enemigo, si la alternancia es una amenaza existencial, entonces todo se justifica. Se justifica el saqueo, se justifica el indulto interesado, el doble rasero, la mentira y el asalto a las instituciones. Porque la prioridad ya no es el bien común ni el interés general. La prioridad es que no gane la otra tribu.
Estamos en ese punto exacto en el que una democracia se pudre. El problema no es que haya políticos corruptos, los ha habido siempre. El problema es una sociedad que ya no reacciona ante la corrupción según criterios morales universales, sino según la conveniencia. El problema recae en una ciudadanía que no pregunta si algo está bien o mal, sino si beneficia o perjudica a su bando. El problema es una cultura política en la que cada escándalo de corrupción no se procesa como una ofensa al contribuyente, a la ley y a la decencia, sino como una batalla por el relato.
Y cuidado, porque esto no se limita únicamente al PSOE, aunque este partido haya traspasado todos los límites imaginables en una democracia liberal. El mecanismo es más amplio y oscuro. Afecta a una derecha que a veces cae en la misma lógica yuxtapuesta. Afecta a nacionalismos que llevan décadas viviendo de convertir la identidad en coartada. Afecta a medios que no existen para informar, sino para activar emocionalmente a sus parroquias, y afecta a ciudadanos que han aprendido a vivir en estado de adhesión permanente. Pero sería absurdo negar que hoy el laboratorio más avanzado de esta degradación es el sanchismo, que ha elevado la colonización institucional, el cinismo narrativo y la desvergüenza moral a método de gobierno.
Lo más inquietante es que, una vez reactivada la lógica tribal, resulta muy difícil detenerla. Porque la tribu, como toda religión, ofrece argumentos muy poderosos. Ofrece calor moral, absolución e identidad. Ofrece la comodidad de no tener que juzgar con la misma vara a los tuyos y a los demás. Ofrece una coartada sentimental para la cobardía intelectual. Y eso seduce mucho más que la áspera disciplina de la imparcialidad. Porque la imparcialidad es fría. La ley común es exigente y la decencia universal obliga a condenar también al cercano. Por eso cuesta tanto sostenerla y por eso se destruye con tanta facilidad.
Si España quiere salir de este lodazal, no basta con cambiar de Gobierno. Eso es necesario, pero no suficiente. Hace falta algo mucho más profundo. Hace falta reconstruir la idea de que hay cosas que están objetivamente mal, aunque las hagan los nuestros. Hace falta recuperar el prestigio de la norma común. Volver a tratar la corrupción como corrupción y no como munición narrativa. Hace falta recordar que la justicia solo merece ese nombre cuando no depende del carné, del apellido ni de la bandera emocional del acusado.
Una sociedad se descompone cuando deja de tener un suelo moral compartido. Y eso es exactamente lo que estamos viendo. La tribu ha vuelto. Y si no hacemos nada, nos va a arrasar… a todos.