The Objective
Álvaro del Castaño Villanueva

¡Qué lección la de Portugal!

«Mientras nosotros vivimos la política como una batalla épica diaria, los portugueses parecen entenderla como una administración imperfecta»

Opinión
¡Qué lección la de Portugal!

Ilustración generada con IA.

«Brandos costumes» es una expresión clásica portuguesa que alude al carácter moderado, suave y poco conflictivo de la sociedad lusa. Literalmente, significa algo así como «costumbres suaves» o «modales apacibles». Aunque tiene también cierta profundidad histórica —durante el salazarismo se utilizó incluso como mito nacional—, hoy puede interpretarse como una reflexión muy pertinente sobre la cultura política portuguesa frente a la crispación contemporánea, especialmente en España.

Así, visto desde aquí, Portugal nos está dando una extraordinaria lección de democracia, de convivencia y de cultura institucional. Y, quizá por una mezcla de arrogancia patria y ensimismamiento, este ejemplo está pasando casi desapercibido entre nosotros. Volvemos así al viejo tópico ibérico, el de ignorar sistemáticamente las buenas noticias que generan nuestros queridos vecinos.

Basta recordar el caso del ex primer ministro socialista portugués António Costa, y actual presidente del Consejo Europeo (uno de los cargos más importantes en la Unión). En 2023 dimitió de su cargo tras la apertura de una investigación judicial que afectaba a su entorno político. Lo hizo de manera inmediata, ante la simple sombra de sospecha, con un argumento que debería estudiarse en todas las escuelas de política europeas: «La dignidad de las funciones de primer ministro no es compatible con cualquier sospecha sobre su integridad».

Lo relevante no fue solo la dimisión en sí misma (lo que ya representa algo inaudito desde este lado de la frontera), sino el tono institucional con el que se produjo. Costa primero evitó incendiar el país y, a continuación, convertir automáticamente a jueces, periodistas o rivales políticos en enemigos. Recordemos que hasta la fecha, ni siquiera ha sido formalmente acusado. Su serenidad institucional, su sentido del deber y su educación política evitaron que Portugal cayera en una espiral de crispación y deterioro institucional. Tras su dimisión, la investigación provocó la caída del gobierno, la convocatoria de elecciones anticipadas y una alternancia política que fue asumida con normalidad por todas las partes. Las instituciones siguieron funcionando sin que nadie cuestionara la legitimidad de jueces, fiscales, medios de comunicación o adversarios políticos.

Este episodio no es más que una muestra de una anomalía fascinante para quien observa la política europea desde España. Por otro lado, Portugal convive desde hace años con un presidente de centro-derecha y gobiernos de distinto signo, muchos socialistas, apoyados puntualmente incluso por fuerzas comunistas, sin que ello desemboque en una confrontación institucional permanente.

«Este episodio no es más que una muestra de una anomalía fascinante para quien observa la política europea desde España»

¿Qué explica esta madurez política portuguesa? Para empezar, Portugal posee un ADN político basado en la prudencia, la negociación y la moderación institucional. Eso no significa ausencia de desacuerdos o diferencias profundas. Lo que cambia es la actitud frente al conflicto: todavía impera una cierta buena educación cívica. Para buena parte de la política portuguesa, el adversario sigue siendo un rival, no un enemigo moral.

Además, Portugal parece conservar un ecosistema mediático menos dependiente de la indignación permanente. El tono público suele ser más sobrio, menos histriónico y menos subordinado a la lógica de las redes sociales convertidas en trincheras identitarias.

Pero quizá exista algo todavía más profundo. Portugal conserva una cierta «saudade», una melancolía nacional que parece inmunizar parcialmente al país contra los maximalismos. Mientras nosotros vivimos la política como una batalla épica diaria, los portugueses parecen entenderla como una administración imperfecta —y necesariamente limitada— de la realidad.

Por supuesto, Portugal no es un paraíso político. Tiene corrupción, populismo emergente, problemas económicos y tensiones sociales. Pero ofrece una lección extraordinariamente valiosa para cualquier democracia madura: las instituciones no deben colonizarse ni utilizarse para destruir al adversario, y gobernar no consiste solo en mantenerse a toda costa en el poder, o evitar que el adversario lo alcance, sino en administrar un país serenamente, rebajando su temperatura emocional. Esa es la verdadera diferencia: el país está por encima del partido y de los cargos.

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