El Guernica y la memoria secuestrada
«El cuadro pintado por Pablo Picasso en 1937, no es solo una obra maestra: es una herida abierta. Una representación universal del dolor infligido a inocentes»

Ilustración de Alejandra Svriz.
«Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» Pocas frases resumen mejor el abismo del dolor humano que ese grito de Cristo en la cruz, clavando los ojos en el cielo en busca de una misericordia que no llega. Sirva como evocación —y como acusación— para recordar a las víctimas del terrorismo independentista vasco de raíz marxista-leninista (lo de «comunista», para quienes prefieren no recordarlo).
Por eso elevo aquí un ‘Jaccuse’ zolista y dreyfusiano. Un grito incómodo, pero necesario, ante la obscena normalización de lo que nunca debió ser tolerado: la progresiva liberación de asesinos de ETA mientras el PNV gobierna en el País Vasco con el apoyo del PSOE, y Bildu se consolida como sostén parlamentario del Gobierno de España.
Los que agitaban el árbol y los que recogían las nueces —la vieja metáfora— hoy comparten legitimidad institucional. Y lo hacen bendecidos por quienes deberían haber custodiado la memoria. Entretanto, las víctimas siguen bajo tierra. Y sus familias, enterradas en vida por una mezcla insoportable de dolor, humillación y olvido.
Vergogna. Porque no se trata solo de decisiones penitenciarias. No es únicamente que figuras como Anboto —exjefa de una organización criminal— se beneficien de medidas que difícilmente pueden explicarse sin provocar indignación moral. Es algo más profundo: es la inversión del relato. Hoy, quienes justificaron o ampararon la violencia participan del poder político; quienes la sufrieron, en cambio, siguen relegados al silencio.
Y en ese contexto, la petición del Gobierno vasco de trasladar el Guernica constituye algo más que una propuesta cultural: es un síntoma. Un síntoma grave. El cuadro, pintado por Pablo Picasso en 1937, no es solo una obra maestra: es una herida abierta. Una representación universal del dolor infligido a inocentes. Sus figuras desgarradas, sus gritos mudos, su caos calculado, convierten la barbarie en lenguaje visual. Y, sin embargo, su potencia reside en que trasciende su origen. Si nació del bombardeo de Guernica, hoy permite una lectura más amplia —y dolorosamente pertinente— de lo ocurrido durante décadas de terrorismo en el País Vasco.
«La petición del Gobierno vasco de trasladar el Guernica constituye algo más que una propuesta cultural: es un síntoma. Un síntoma grave»
El toro: la brutalidad, la sombra persistente. El caballo herido: el pueblo inocente, atravesado por la violencia. La madre con el hijo muerto: el eco eterno de la piedad, el dolor irreparable de quienes perdieron lo que nunca debió perderse. Y, finalmente, la bombilla: esa luz que no ilumina, sino que delata. La claridad obscena bajo la que la violencia se exhibe. Porque el terrorismo no solo mata: necesita ser visto. Intimida, escenifica, se alimenta de su propia visibilidad.
El Guernica no puede —no debe— convertirse en patrimonio simbólico de quienes convivieron, toleraron, hicieron la vista gorda, justificaron o se beneficiaron del terror (recordemos el terrorífico «algo habrá hecho» que se susurraba tras un atentado entre aquellos cobardes). Esta obra de arte custodia algo más que historia: custodia memoria. Y la memoria no es neutral.
Por eso, resulta imprescindible un compromiso público y claro del gobierno de España: que nunca se utilice esa obra como moneda política ni como instrumento de legitimación simbólica. Pero hay algo aún más urgente. España tiene pendiente un reconocimiento pleno del daño causado. No solo de las víctimas directas, sino también de ese exilio silencioso que vació de libertad amplias zonas del País Vasco. Se estima que cerca de 200.000 personas abandonaron su tierra por la violencia. Si añadimos descendientes a lo largo de dos generaciones, hablamos de entre 800.000 y 1,4 millones de españoles desplazados por el miedo.
No fue solo terrorismo. Fue, en muchos casos, una forma de expulsión. Y toda expulsión deja una deuda. Quizá ha llegado el momento de saldarla. De reconocer, de reparar y de devolver —aunque sea parcialmente— voz a quienes la perdieron. Incluso en el ámbito político, dándoles quizás la posibilidad extraordinaria de votar en las elecciones vascas, para participar en las decisiones de la tierra que era suya y les fue robada. Porque permitir que quienes se beneficiaron de ese vacío sigan capitalizándolo sin contrapeso es, en el fondo, una segunda injusticia. La primera fue el terror. La segunda, el olvido. Porque el censo no recuerda a los que se fueron. Y sin embargo, su ausencia también vota.