Monos con platillos
«Cuando el ruido desaparece, queda la realidad: un país que necesita recuperar la seriedad institucional, la dignidad parlamentaria y la soberanía nacional»

Ilustración creada con inteligencia artificial.
El sanchismo ha llegado a un punto de culto al líder cuya metáfora más precisa procede de un juguete infantil: los monos con platillos. Me refiero a ese muñeco terrorífico que aplaude solo con darle cuerda. El cuadro que proporcionan los socialistas es el de una coreografía automática sin dignidad. La escena del Congreso esta semana fue exactamente eso. La mayoría de la Cámara votó que el Gobierno debía dimitir y convocar elecciones, y el grupo parlamentario del PSOE respondió aplaudiendo al «Puto Amo». Mientras el resto del hemiciclo coreaba «dimisión», los diputados socialistas celebraban la derrota como si fuera una victoria, obedientes a la orden de Moncloa. No importaba el contenido de la votación, ni su significado institucional, ni la gravedad del momento: lo perentorio era aplaudir al líder, como harán de nuevo en el comité federal del sábado, convocado —una vez más— para la liturgia del aplauso. Son monos con platillos, y lo saben.
Hubo un tiempo en que el PSOE tenía un grupo parlamentario con cierta personalidad, incluso con figuras capaces de plantarse ante el secretario general. Hoy, esa posibilidad es ficción política. ¿Qué se puede esperar de un partido y de unas listas elaboradas por Santos Cerdán, el hombre que convirtió la sumisión en un mérito? Los diputados socialistas no personifican a sus votantes, ni a sus territorios, ni a ninguna corriente ideológica: representan únicamente a quien los ha colocado ahí. Y eso, en una democracia liberal basada en la soberanía nacional, significa que no son más que autómatas. De hecho, el votante medio no podría identificar a la mayoría de esos diputados. Son figuras intercambiables, sin trayectoria, sin discurso, sin peso político. Su única función es reír las gracias del líder y aplaudir cuando está programado. De no hacerlo, ya se pueden despedir del puesto de trabajo.
La indignidad de estos diputados es ya un problema institucional. No porque uno espere heroísmo donde no hay más que servidumbre, sino porque la democracia exige un mínimo de decoro, de responsabilidad y de respeto por las formas. Cuando un Parlamento vota que el Gobierno debe irse y los diputados del partido afectado aplauden, lo que están diciendo es «nos da igual» el Parlamento, la soberanía nacional, la separación de poderes, la vergüenza, todo, salvo complacer al líder. De ahí el patético «Yo con Begoña». Esa actitud es una frivolidad y una burla al poder judicial y al legislativo. Es el síntoma de un deterioro democrático profundo, donde el Gobierno se cree ajeno al Estado de derecho, a los tribunales y a las Cortes.
El espectáculo lo remató Patxi López, convertido en esperpento desde hace demasiado tiempo. Su presencia no es más que una retahíla de gritos, insultos, aspavientos y palabrotas: la política reducida a un mitin permanente, a una performance de victimismo e indignación impostada. Es el portavoz perfecto para un partido que ha renunciado al debate y lo ha sustituido por la agitación emocional. Su función no es explicar nada, sino tapar el autoritarismo y la corrupción.
El problema de fondo es más grave. España tiene hoy un presidente que gobierna contra la voluntad del pueblo, sostenido por una aritmética parlamentaria que ya no refleja la realidad social. Cuando un Gobierno no tiene el apoyo social, cuando su partido pierde una elección tras otra, cuando sobrevive solo por el auxilio de los que quieren destruir todo lo bueno que tiene este país, la democracia exige una salida: elecciones. Pero el sanchismo solo busca conservar el poder para eludir a la justicia. Es triste: en lugar de buscar el bien común como palanca para mantenerse en el Gobierno, colonizaron el Estado, crearon una cloaca y cedieron a los independentistas. Todo para escapar de los jueces y de las urnas.
Por esto al sanchismo solo le quedan los aplausos de los monos con platillos. Así, el comité federal del sábado será solo un espectáculo obsceno de adhesión incondicional al líder. Ya lo anunció un hiperventilado Patxi López. Será una prueba más de que en el PSOE ya no se debate, no se cuestiona, no se fiscaliza: únicamente se rinde culto al líder. El socialista ha dejado de ser un partido político para convertirse en un dispositivo de sumisión vergonzosa.
Los serviles del sanchismo tienen un futuro muy negro. ¿Dónde se van a meter Óscar Puente, Patxi López, Montserrat Mínguez y otros tantos que no son nada fuera de la sombra de Sánchez? Ahora son carne de memes, y en el porvenir solo servirán para ilustrar lo que no debe hacer un político digno de una democracia de la Unión Europea.
Estamos en un momento difícil de tragar. Vivimos un gobierno con una tendencia autoritaria y corrupta tan evidente que sonroja. El sanchismo ha convertido la política en un espectáculo mecánico, repetitivo, infantil. Pero los juguetes, como los monos con platillos, cuando se rompen, dejan de hacer ruido. Y cuando el ruido desaparece, queda la realidad: un país que necesita recuperar la seriedad institucional, la dignidad parlamentaria y la soberanía nacional.