Trump, Irán y el teatrillo europeo
«Si ese valor que ahora se exhibe frente a Trump se hubiera desplegado ante los desafíos que Europa decidió ignorar o rendir, no necesitaría invocar hoy lo que fue»

Ilustración de Alejandra Svriz.
The Times publicaba recientemente un reportaje cuyo título parafraseaba a Napoleón Bonaparte: «Nunca interrumpas a tu enemigo cuando está cometiendo un error». La pieza se presentaba con pretensiones analíticas: «Hablamos con diplomáticos, asesores, académicos, expertos y funcionarios en China. Casi todos consideran la guerra en Irán un grave error estadounidense».
Semejante descripción, pasada por el filtro de la honestidad editorial, podría reformularse de otra manera: «Hemos hablado con agentes de inteligencia chinos y todos coinciden en que Estados Unidos se equivoca; en consecuencia, trasladamos esa conclusión al lector con la naturalidad de quien informa, no de quien reproduce propaganda del PCCh».
La caricatura puede parecer exagerada, pero quizá se quede corta.
A nadie debería escandalizar que Pekín sostenga una lectura interesada del conflicto. Lo llamativo es la facilidad con la que ese relato encuentra eco en el ecosistema mediático europeo; sobre todo cuando, hasta hace muy poco, ese mismo entorno insistía en que el «problema iraní» era, en esencia, una guerra regional a la que Israel había arrastrado a Washington. En consecuencia, Europa no pintaba nada ahí. En ese esquema, China quedaba fuera de plano, como si fuera un actor de segundo orden o un mero espectador.
Sin embargo, basta desplazar ligeramente el foco para que ese encuadre se desmorone. Irán no es solo un expediente nuclear preocupante ni un foco de inestabilidad; es una pieza integrada, trabajada durante años, dentro de la arquitectura estratégica con la que China planea alcanzar la hegemonía. Analizar lo que ocurre en torno a Teherán ignorando ese eje equivale a describir los movimientos de una pieza sin preguntarse quién diseña la partida.
«Irán no es solo un actor peligroso; es, ante todo, un activo. Representa un instrumento de desgaste contra Estados Unidos»
Los marcos habituales —no proliferación, terrorismo, seguridad regional— describen problemas reales, pero no alcanzan el núcleo: la función que Irán desempeña en la estrategia global. Irán no es solo un actor peligroso; es, ante todo, un activo. Representa energía barata al margen de sanciones, un corredor estratégico, una infraestructura de control social desarrollada con asistencia china y, por encima de todo, un instrumento de desgaste contra Estados Unidos. Esa es la clave que queda fuera del encuadre.
Bajo esta premisa, Oriente Medio deja de ser únicamente una región que controlar para convertirse en un frente. Un frente que obliga a Washington a dispersar portaaviones, sistemas antimisiles, inteligencia y logística. Son recursos finitos que carecen del don de la ubicuidad: cada crisis en el Golfo resta capacidad en el Indo-Pacífico; cada buque desplegado en el Mar Rojo es disuasión que deja de estar disponible en otra parte del mundo.
La lógica de Pekín es tan simple como eficaz. Irán y su red de proxies —desde Hezbolá a los hutíes— no necesitan ganar. Les basta con obligar a Estados Unidos a permanecer, a gastar y a diluirse en un segundo frente permanente que consume recursos en cantidades industriales. Si Irán resiste, Oriente Medio seguirá siendo esa herida abierta por la que Washington se desangra; si cae, China pierde su principal peón regional y su mecanismo más eficiente de distracción estratégica.
Por ello, los ataques de Donald Trump no pueden leerse solo en clave táctica, como llevan semanas haciendo nuestros analistas; mucho menos moralista. Estados Unidos —no solo Trump— busca, de forma más o menos consciente, desmantelar ese segundo frente para liberar capacidad y limitar, de una vez por todas, un desgaste estructural.
«Europa abandona a su gran aliado y, a reglón seguido, degrada la geopolítica a una pelea de guiñol»
Frente a esta realidad, ¿qué hace Europa? Sencillamente, abandonar a su gran aliado y, a reglón seguido, degradar la geopolítica a una pelea de guiñol: el muñeco Europa contra el muñeco Trump. Indignación, gestos y proclamas de «no a la guerra»; pequeñas dosis de autoestima para consumo interno. Un teatrillo que permite eludir el pensamiento en términos de poder, recursos o jerarquías, ofreciendo a cambio una representación moral. Así, los políticos europeos satisfacen a su público, y el público se siente reconfortado, valiente e incluso soberanista. Pero, sobre todo, aliviado por no tener que implicarse, aun indirectamente, en la guerra.
En definitiva, se reduce un conflicto trascendente —no solo para Estados Unidos— a una infantil competición para ver quién mea más lejos. Si Trump eleva el tono, Europa lo imita; si Trump rompe las formas, Europa responde con una rigidez impostada. No es inteligencia, es mimetismo: la réplica pretendidamente aristocrática del mismo comportamiento que se critica.
Es tal la fatuidad que han llegado a formularse amenazas donde se recuerda a Trump que Europa es «un continente de antiguos imperios con una historia bélica sin parangón». Una forma ridícula de decir: «Ten cuidado, que estás faltando al respeto a los más grandes conquistadores».
Pero, ¿dónde está hoy esa Europa? ¿En qué momento se perdió, más allá del poder material, ese ánimo, ese ímpetu y esa voluntad de proyectarse en el mundo? Simplemente, desapareció. Y no fue solo por culpa de sus gobiernos, sino también de sus gentes. ¡Ay, si Carlomagno, Pericles, Trajano o Hernán Cortés levantaran la cabeza!
«El resultado es un continente dependiente del sector servicios, incapaz de asegurar suministros o defender intereses propios»
Europa dejó de pelear por lo que sostenía su prosperidad. Permitió que su industria se marchara, que su tecnología dependiera de terceros y que su energía se encareciera mucho antes de cualquier crisis puntual. ¿Para qué pelear todo eso cuando se tienen a mano promisorios Estados de bienestar?
El resultado es un continente dependiente del sector servicios, incapaz de asegurar suministros o defender intereses propios. Un espacio donde la pérdida de control es ya existencial: en no pocas ciudades, el Estado de derecho ha hecho mutis por el foro ante una inmigración descontrolada en zonas donde la policía ni siquiera se atreve a entrar.
Hoy, Europa vive de las rentas de su historia. Pero tras esa herencia no asoma grandeza, sino la imagen de un continente instalado en la pedagogía de la renuncia; un territorio que, ante cualquier amenaza, se repliega y agita el derecho internacional con la fe supersticiosa de quien blande un crucifijo ante un vampiro.
Nada de esto ha sucedido de un día para otro. El desfonde viene de lejos. La guerra de Yugoslavia fue un aviso brutal: matanzas en suelo propio e incapacidad clamorosa para actuar. Tuvo que intervenir Bill Clinton —¡Bill Clinton!, no un personaje épico— para detener la carnicería.
«Si no existiera Trump, Europa tendría que inventarlo: necesita un antagonista al que culpar del colapso del orden occidental»
En este contexto, la reacción frente a Trump es puro placebo. Si no existiera, esta Europa tendría que inventarlo: necesita un antagonista al que culpar en exclusiva del desmoronamiento del orden occidental, un saco de boxeo para disimular su infantilismo y su cobardía; para fingir, como hace ahora, que es gallarda y orgullosa. Pura impostura.
Si ese valor que ahora se exhibe frente a Trump se hubiera desplegado ante los desafíos que Europa decidió ignorar o rendir, no necesitaría invocar hoy lo que fue. Le bastaría con ser capaz de sostener lo que es.