Jésica y los empleados serviles
«Tres jornadas del juicio por el ‘caso mascarillas’ nos han deparado un despliegue de arribismo e indignidad. Un reflejo del sanchismo, pero también de nuestra sociedad»

Ilustración generada mediante IA.
El juicio por el caso mascarillas, apenas una gota en el piélago de corrupción de este Gobierno, ha puesto a España frente al espejo. Y la imagen que devuelve es bastante zarrapastrosa. Tres jornadas nos han deparado un despliegue de miserias, arribismo e indignidad. Un reflejo preciso del sanchismo, sí, pero también de nuestro fracaso como sociedad a la hora de apuntalar una democracia madura y decente.
Escribía aquí José Antonio Montano que en nuestro país la corrupción no tiene coste porque es «aspiracional: todo votante espera poder ejercerla algún día». Y parte de la fauna que está desfilando por el Tribunal Supremo parece darle la razón.
Los focos están en José Luis Ábalos y Koldo García, hombres de Sánchez, ayer tan poderosos, hoy tan patéticos. En Víctor de Aldama, que regala cruasanes a los periodistas. Y en las amigas de Ábalos: Jésica Rodríguez, odontóloga con conocimientos avanzados en andrología, y Claudia Montes, una miss a la que no le preocupaba la paz mundial, sino sus delirios de estrella.
Pero yo quiero fijarme en los secundarios. Son personajes esquinados, parapetados en la grisura, pero sin ellos la corrupción no sería posible. Con aires de suficiencia funcionarial, facilitan enchufes y malversación. Encubren y miran para otro lado. Admiradores, amigos, esclavos y siervos. Dignos siervos, sin duda, de semejantes señores.
Por el Supremo han pasado dos excargos de ADIF con particular desfachatez. Óscar Gómez Barbero, por ejemplo. Melenita plateada, pañuelo asomado en el bolsillo de la americana, aires de pijo. Aterrizó como director general de Logirail en febrero de 2020. A su antecesor lo habían fulminado después de abrir un expediente de despido a Claudia Montes, que no se presentaba a trabajar. Con Gómez Barbero cambiaron los modos: la ascendió y le subió el sueldo porque su labor «era muy relevante».
«En la ficha de Jésica, la ‘escort’ que Ábalos mantenía con nuestro dinero, Zaldívar había puesto el rótulo de ‘especial’»
La ex miss Asturias, vaya usted a saber por qué, le grabó cuando le explicaba que le iba a «diseñar una plaza fija» y que tenía que hacer el paripé de pasar un examen para que nadie «les afeara la conducta». «Casos como el tuyo tengo bastantes», le dijo. «Mi obligación es proteger a mis jefes». Y le pagaron bien. En 2024, con Óscar Puente de ministro, ascendió a director general de Operaciones y Negocios de Renfe.
El otro caso de flagrante tomadura de pelo es el de Ignacio Zaldívar. Era subdirector de gestión administrativa de ADIF. En la ficha de Jésica, la escort que Ábalos mantenía con nuestro dinero y el de empresarios corruptores, Zaldívar había puesto el rótulo de «especial». Le preguntaron cómo era posible que la mujer, sin trabajar un solo día, hubiera encadenado dos contratos en Ineco y Tragsatec, filiales de ADIF. Me pregunto si sintió algún rubor cuando respondió: «Se le renovó el contrato porque no queríamos perder su know how». O sea, sus conocimientos, su saber hacer. Su expertise, que diría Begoña Gómez. No detalló en qué. Todo el mundo pensó lo mismo que usted está pensando ahora.
Zaldívar se justificaba: «Mi misión no era saber qué hacía. Yo soy correa transmisora. Simplemente, transmito». Y por transmitir bien, hoy es gerente del área administrativa.
Las instrucciones las daba la presidenta de ADIF, Isabel Pardo de Vera. La misma que tramitó el currículum de Jésica con una foto en ropa interior, la más recatada del catálogo donde se anunciaba. La misma que transmitía las órdenes del ministro de que no se la molestara.
«¿Dónde están los sindicatos? ¿Dónde los compañeros de negociado, tan prestos a protestar por la escasez de plantillas?»
Qué menos, si el mismísimo presidente de Renfe, Isaías Táboas, se preocupaba por garantizar la comodidad de las amigas del ministro. A lo mejor por eso se le pasó lo de los nuevos trenes que no cabían por los túneles en Asturias y Cantabria. O los avisos del paulatino deterioro de las vías del AVE. Pero los leales apparatchiks y fontaneros siempre encuentran acomodo y ahora Táboas es alto cargo en la Generalitat de Cataluña.
Sólo una mujer encarnó la dignidad en medio de tanta desvergüenza: se llama Virginia Barbancho, era supervisora de Tragsatec y denunció a sus superiores la situación de Jésica. «Me dijeron que era sobrina de Koldo, un asesor, y luego que era sobrina del ministro, y yo pensaba: ¿Pero cuántos tíos tiene esta señora?». Sus denuncias se toparon con un «hay que dejarla en paz». Una actitud opuesta a la de la jefa directa de Jésica en Ineco, María Dolores Tapia, a la que todo le parecía fenomenal, a pesar de la severidad vegetariana de su aspecto.
Y así hasta el infinito: todo un entramado de encubrimiento de la malversación se reproduce también en el CIS, en RTVE, en la SEPI y en tantas empresas públicas y agencias colonizadas. ¿Dónde están los sindicatos? ¿Dónde los compañeros de negociado, tan prestos a protestar por la escasez de plantillas? Seguramente choteándose en la máquina de café.