Gertrudis y la omertá
«En su cabeza está toda la trama corrupta, su origen y enriquecimiento, los fraudes, los contratos y las inversiones. Si la secretaria hablara, otro gallo cantaría»

Ilustración de Alejandra Svriz.
En la novela póstuma Omertá, de Mario Puzo, el personaje Astorre Viola, heredero del gran capo de la mafia, se debate entre mantener el silencio, el viejo código de la omertá, o adaptarse a un mundo sin reglas. En la obra, el también autor de El padrino debate sobre la mudez del mafioso como principio moral, de resistencia y supervivencia, y la corrupción donde el crimen y el poder político se tocan.
Gertrudis ha ido al Senado como un miembro de la vieja guardia de la mafia. Sabe que su garantía es cerrar el pico, guardar silencio, mirar con ojos vacíos a su interlocutor y salir de la sala de investigación sin haber dado una sola pista. Solo así cumple su función, satisface el honor y la dignidad de haber compartido la trama criminal, en ese juramento silencioso que une en el delito. Gertru es leal al código de la tribu sanchista, al rito de la caja fuerte, al cuidado de las lobas de Zapatero. En su cabeza están todos los datos para que el edificio se derrumbe, pero su honor le impide —de momento— contar lo que sabe.
La secretaria del expresidente socialista ha construido su vida en torno a la lealtad a ZP. Su trayectoria ha sido un servicio sin debate moral, besando el anillo del puño y rosa de Zapatero como los súbditos hacían con Vito Corleone. Gertru fue tomando notas, gestionando la agenda del lobista, memorizando los detalles familiares. En su cabeza está toda la trama corrupta, su origen, desarrollo y enriquecimiento, los fraudes, los contratos y las inversiones. Si la secretaria hablara, otro gallo cantaría.
El sanchismo está temblando. Lógico. Saben que en toda banda mafiosa hay un soplón que canta en la investigación policial, y un mudo, es decir, el que mantiene el código de silencio, el omertoso. Todo funciona si se respeta el mutismo. En caso contrario, la trama queda al descubierto y el negocio se hunde. Se perderían las ganancias y los esfuerzos dedicados a corromper la administración y las instituciones en beneficio propio.
Un soplón —pongamos, Víctor Aldama— se sale de la banda por interés propio, no respeta las jerarquías, no tiene honor mafioso y, encima, consigue la protección de la parte no corrupta del Estado. Es entonces cuando las alertas se disparan: un antiguo miembro de la mafia colabora con la justicia para acortar su pena. Esa colaboración supone que ponga por escrito nombres, cifras y fechas, constituyendo pruebas que incriminan a quienes hasta entonces se creían impunes.
«El silencio de Gertrudis no es solo una estrategia judicial, sino la última muralla de una banda mafiosa que se sabe vulnerable»
Cuando se supo la condena de Ábalos a 24 años, al sanchismo le preocupó más que el cantarín Aldama saliera casi de rositas, sin pena y con gloria, que la brutal sentencia al número 2 del PSOE y del Gobierno. Fue lógico. No quieren que Julito, Leire y algún contable que otro empiecen a contar la verdad que involucre a los capos. En ese momento, escribiría el propio Mario Puzo, es cuando, al ver caer a algunos jefes de la trama, los otros cabecillas hacen públicas y privadas amenazas para que el resto de detenidos mantenga la boca cerrada.
Por eso el silencio de Gertrudis no es solo una estrategia judicial, sino la última muralla de una banda mafiosa que se sabe vulnerable. El sanchismo vive hoy pendiente de esa grieta: que la secretaria del expresidente, la guardiana de la agenda y de los secretos, decida que prefiere sentir el sol cada mañana en libertad antes que guardar lealtad a Zapatero y Sánchez.
Puede ser que llegue el día en que, como el personaje de Puzo en Omertá, decida adaptarse y sobrevivir. Mientras Gertru permanezca muda, el sanchismo no tendrá problemas porque disfrutarán del relato y del tiempo procesal. Pero puede que cante como un jilguero en cuanto el miedo se haga muy espeso. Le bastará con un gesto, una frase, un nombre. Y entonces, como escribió Puzo, el silencio dejará de ser honor para convertirse en prueba de la presión de la mafia.