La memoria acordeón
«La estrategia consiste en que Ábalos nos parezca un personaje salido de legajos polvorientos, cuando no un invento anterior a la rueda»

Ilustración generada por la IA.
Se ha dado en llamar opinión sincronizada a los equipos de politólogos y periodistas prestos a obedecer al silbato de la consigna. La expresión, tan certera como zumbona, pinta a todos esos plumillas bailando y tocando los platillos al son del que les paga. Ya puestos, ¿por qué no llamarlos hombres y mujeres orquesta, si lo mismo les da tocar el pito que el bombo cuando lo exige la partitura? Pagant, Sant Pere canta. Claro que también hay quienes no solo cantan, sino que se ofrecen, con admirable diligencia, a pegar el cante. Bufones, tragasables (con perdón), equilibristas… El circo completo, con su serrín y su domador de fieras.
De cuantos ministriles componen la orquesta del circo, mi favorito siempre ha sido el acordeonista. Y no porque el sonido del acordeón me resulte grato (me espanta ese ruido nasal, gemebundo), sino por la pericia que exige tocar tan alambicado y aparatoso instrumento. ¿No es digno de ver cómo se abre y cierra la caja mientras los dedos corretean por los botones? Cuesta entender a esos comensales que, cenando en la terraza de un restaurante costero, responden a la aparición de un acordeonista frunciendo el ceño y son incapaces de levantar la mirada del plato cuando pasa la gorrilla entre las mesas.
Me anonada, por la misma razón, la pericia con que nuestros gobernantes bombean y estrujan la realidad. Por la manera de aplicarse al fuelle y de ejecutar las pulsaciones, hay en ellos algo del solista encerrado en su propio deleite cuando demuestran conocer a fondo el arte de tocarse el instrumento, aunque ese instrumento no sea propiamente musical. Véase el prodigio político en virtud del cual se estira o se encoge el pasado según convenga al compás y que, a falta de un término mejor, llamaremos la memoria acordeón.
Verbigracia, el «antiguamente» que el presidente Sánchez entonara este miércoles en Cortes al hablar de la corrupción. ¡Antiguamente! La estrategia consiste en que Ábalos nos parezca un personaje salido de legajos polvorientos, cuando no un invento anterior a la rueda, para poder traer a presencia, siempre frescos, a Bárcenas o a Naseiro. Si el acordeonista es maestro en la digitación, nuestros gobernantes lo son en la prestidigitación: nada por aquí, mucho por allá…
El acordeonista político es como el perro descrito por el doctor Johnson, aquel que caminaba sobre las patas traseras: lo que hace no está bien, pero a uno le sorprende verlo. José Antonio Primo de Rivera va tan campante como si acabara de bajar a por tabaco, al tiempo que Koldo y Cerdán aparecen envueltos en niebla, como próceres de otro tiempo; Plus Ultra pasa por ser una divisa imperial y Tubos Reunidos, un viejo juego de mesa. Si Ábalos fue ministro «antiguamente», ¿acaso formó parte del Gobierno largo de Maura? ¿O, ya puestos, del arcontado de Solón?
Huelga decir que la añagaza no es nueva. Por eso yerran quienes toman por olvido inocente lo que no es sino una hidráulica de la conveniencia. Toma y daca, sístole y diástole, el acordeonista nos plantaba el 36 en la alfombra del Congreso con el barro de la trinchera todavía fresco, mientras los ochenta eran empujados al desván con la escoba de la reconciliación selectiva. Si hacía falta, se desenterraba a Franco para sacarle la dentadura postiza y hacer sonar con ella la carraca del partido; pero, ¡ay!, de los muertos de ETA convenía hablar bajito, no fuéramos a sobreventar a los socios de Bildu…
Nadie ha desnudado con mayor acuidad las trampas de la memoria selectiva que Agustín Pery en su formidable Txalaparta. Véase la escena en que Asier Altolaguirre deambula por el pueblo desorientado y desmemoriado por el alzhéimer, al tiempo que todos a su alrededor recuerdan según repiquen los tablones del curioso instrumento que da título a la novela: ora suben al altar a los mártires, con su txistu, su txapela, su hacha y su serpiente, colgando sus fotos de las paredes como ristras de ajos, ora jibarizan a los muertos incómodos hasta reducirlos a daño colateral, obligando a sus deudos a sumergirse en las turbias aguas del Leteo.
No se entienda esto como una enmienda a la memoria. Algunos nos negamos a aceptar el chantaje repugnante de quienes pretendían colocarnos ante el escaparate de la carnicería nacional y obligarnos a escoger entre los muertos de hace cuarenta años y los de hace ochenta, como si la compasión fuera una papeleta de referéndum. De igual manera, tampoco aceptamos que la corrupción se mida con cinta de sastre y que hayamos de elegir entre mascarillas y Gürtel, o entre Púnica y ERE, que es como escoger si preferimos que nos hurguen el bolsillo con la mano izquierda o con la derecha. El «y tú más» asume que la vida es una cuenta de enteros donde basta sumar los latrocinios pasados de otros para que los tuyos sumen cero. Pero una vergüenza no lava otra.