Tristeza de los aeropuertos
«En ellos se plasman la aceleración, el regocijo, el desasosiego y el nihilismo contemporáneos»

Una escena cotidiana en el madrileño aeropuerto de Barajas. | Diego Radamés (Europa Press)
Los aeropuertos han cambiado como la gente que los usa. En nuestros tiempos gaseosos se han vuelto una manifestación de la banalidad y el tedio. En ellos se plasman la aceleración, el regocijo, el desasosiego y el nihilismo contemporáneos.
Hace unas décadas íbamos poco a los aeropuertos. Viajar en avión era un lujo que solo algunos podían permitirse, y esos solo lo hacían de vez en cuando. Hoy el avión es un medio de transporte popular, mucho más frecuente. Viajar en avión, desafiando las leyes de la gravedad y comprimiendo el espacio-tiempo, se ha convertido en uno de los gestos que configuran la experiencia humana actual.
Las calles de las ciudades están medio vacías. Incluso cuando rebosan de gente, parecen vacías. ¿Dónde se ha metido todo el mundo? Antes me lo preguntaba. Hoy ya lo sé. Aparte de andar perdidos por la nebulosa digital, la gente está en los aeropuertos, en los aviones, yendo de un lado a otro, o en centros comerciales, trenes, autopistas, programando el próximo vuelo, mirando, deseando, comprando, tirando, comprando de nuevo.
Los aeropuertos se creen muy importantes. Nos recomiendan llegar varias horas antes, pasar controles, esperar un tiempo muerto que se hace infinito y que perdemos sin conciencia de ello, embalsamados. Los aeropuertos connotan y comercializan un peligro amaestrado, pero cuanto más lo controlan, más lo subrayan. Por eso en el aeropuerto podemos abandonarnos a nuestras angustias y pesadillas preferidas, evocando imágenes que hemos visto mil veces en la televisión, y luego presenciar el milagro, obrado una y mil veces, del despegue, la ascensión, el crucero y el aterrizaje, todo a velocidad imperceptible, indoloro, inodoro, incoloro, sin incidencias. No nos hemos percatado del espacio recorrido ni del tiempo pasado y ya estamos en la otra punta del planeta.
Antes se viajaba en avión con cierto decoro. La gente iba a los aeropuertos vestida más o menos decentemente. Hoy viajan en chándales que parecen o tal vez sean pijamas, como si el vuelo fuera una clase de gimnasia, y en verano casi van en calzones, con chanclas, camisetas con mensajes herméticos y extraños aparatos alrededor del cuello, porque en torno al viaje aéreo se ha desarrollado una línea de productos que uno debe tener. Si no los tienes, eres un palurdo. Los otros viajeros te miran mal, como un mero aficionado. Para viajar en avión con dignidad, hay que ser un exponente homologado del homo tecnologicus.
«Nunca he entendido cómo es posible dormir en un aeropuerto»
Además, en los aeropuertos la gente tiende al suelo. Todos se tiran en posturas curiosas, con la cabeza pegada al linóleo. Algunos se miran las uñas, barajando la posibilidad de mordérselas un poco más. Los aeropuertos son un lugar perfecto para morderse las uñas. Otros se limpian los intersticios entre los dedos de los pies y acto seguido se rascan la oreja o se hurgan la nariz. Lo he presenciado hace poco. Hay mucho trasiego entre dedos y boca y orejas y otras partes del cuerpo. El cuerpo, en los aeropuertos, es como si se eclipsara. Pero cuanto más se eclipsa, más lo hurgamos, como para recordar que está ahí.
Cuando hay retrasos, se multiplica el número de personas tiradas por los suelos. Se amontonan en grupos. Algunos duermen. Nunca he entendido cómo es posible dormir en un aeropuerto. Aunque están en el suelo, no piden dinero, todavía, pero dan la impresión de ser vagabundos, y algunos tal vez lo sean. Parecen perdidos en un lugar de la aldea global que en realidad es un no-lugar. Esa vocación de vagabundeo infinito en busca de lo mismo, es decir, de nada, es otro signo de los tiempos. Su forma de viajar no es la de un flâneur postmoderno y nómada, ni parece liberarlos, como a veces anhela Valeria Mata en su hermoso ensayo poético sobre el viaje, Todo lo que se mueve (Comisura, 2022).
Hay que ver cómo se ponen cuando se retrasa o se anula el vuelo, o cuando no les permiten embarcarse por overbooking (el viaje aéreo tiene también su propio vocabulario de términos más o menos ridículos). Esperan noticias de la aerolínea, un mensaje, una esperanza de redención. Contactan con familiares o amigos, buscan alternativas, en medio de un pánico metafísico. Probablemente dormirán en el aeropuerto, tirados por las esquinas, conciliando el sueño tras hora y media de scrolling.
Los aeropuertos se han convertido en grandes centrifugadoras o aceleradores de partículas. Supongo que para los arquitectos su diseño plantea cuestiones complejas y rompecabezas de orden ético. (La arquitectura es, esencialmente, una rama de la ética.) Los aeropuertos están llenos de signos y son ellos mismos un signo, aunque equívoco. Son espacios axiales estructurados en torno a las líneas de las pistas que se conectan con otras pistas lejanas, como si fueran los últimos tentáculos de la ciudad lineal, y esbozan un principio de urbanismo global. Su summa divisio separa las salidas de las llegadas, representadas por aviones que despegan o aterrizan.
«Todo tiene que ser rápido, pero todo resulta exasperantemente lento»
Hay una jerarquía entre ambas: la salida es superior, más interesante; la llegada es un acto subordinado, el cierre de un bucle que debemos reabrir. Como en las grandes avenidas comerciales, en el aeropuerto el símbolo domina el espacio y se oculta la función, las zonas técnicas, descuidadas, que no existen para el viajero: «Como las relaciones espaciales están hechas de símbolos más que de formas, la arquitectura en este paisaje es más un símbolo en el espacio que una forma en el espacio» (Robert Venturi, Denise Scott Brown y Steven Izenour, Learning from Las Vegas, MIT Press, 1972).
Entramos en un aeropuerto y ya nos arrastra un flujo irresistible, como a los animales en la granja, cuando van de un corral a otro, o a las reses en el matadero. Hay cintas transportadoras, escaleras mecánicas. Todo tiene que ser rápido, pero todo resulta exasperantemente lento. El ideal perseguido es el teletransporte: la desagregación de los átomos que nos constituyen y su aglutinación en las antípodas. Ahora estamos aquí y poco después nos encontramos en la otra punta del planeta. Igual han pasado 15 horas entre Ámsterdam y Osaka, o entre Lisboa y Seúl, pero ese tiempo intermedio se ha contraído y anulado, como ocurre en los sueños. Ese no-tiempo pertenece a lo alucinatorio. Por eso la gente en los aeropuertos no mira a nadie, por los pasillos y en la terminal, y va colgada de sus teléfonos, con ojos perdidos, el rostro neutro de un momento nulo. En el avión, durante el trayecto, sucede lo mismo. El viaje aéreo es tiempo cancelado, a la vez angustioso y liberador.
Todo viaje quiere parecerse al trayecto aéreo. El tren, por ejemplo. En otros tiempos era amable. Rodaba lento. Uno podía admirar el paisaje, soñar con perderse por los caminos de un bosque entrevisto al pasar. Se viajaba en vagones cómodos con compartimientos que parecían una sala de estar. Se abría una ventanilla, en verano, y circulaba el aire fresco de los campos. Se hablaba con otros viajeros, que ofrecían probar la comida que llevaban. Se trababan amistades, amores. Hoy no sucede nada de eso. El tren y el coche circulan como una bala y quieren ser un avión. Todos los medios de transporte tienden al proyectil. En su interior, los viajeros van mirando la nuca de otros viajeros. Todos van con cascos, oyendo música, viendo series o películas. Hay siempre al menos una pareja con niños pequeños que berrean. Sus padres no les hacen caso porque tienen los cascos puestos. Me digo que berrean solo para mí, para recordarme el malestar en la civilización, lo que queda de ella, y también que el espectáculo debe seguir, ha de prolongarse con esos seres berreantes.
Hoy siempre van llenos, aviones y trenes, hasta reventar. En otros tiempos a veces quedaba algún asiento vacío. Hace décadas llegué a viajar en vuelos donde había muy pocas personas. ¿A dónde van todos? ¿Es posible que cada uno tenga un sitio a donde ir en el que tenga algo cabal que hacer? ¿Son realmente viajeros? Yo me fijo mucho en la gente, en los aeropuertos, en todas partes. Una de mis distracciones preferidas es observar a la gente, de hito en hito, por encima del libro que leo. Las personas pueden ser aburridas, a menudo lo son, uno mismo suele ser aburrido, pero nunca es aburrido mirarlas. «¿A dónde vais?», me pregunto. «¿Por qué todo ese movimiento? ¿Qué tipo de vida tenéis? ¿Qué esperanzas, qué principios, qué deseos, qué penas?». He llegado a pensar que las aerolíneas tienen una plantilla de falsos viajeros que ocupan las plazas no vendidas, como la pareja con el niño que berrea, el supuesto ejecutivo que cuesta creer que trabaje en algo, a pesar de su aire ocupado, o el grupo de jubilados. Con ese lleno da la impresión de que todo es un éxito y de que hemos tenido suerte al encontrar una plaza libre.
«Cada día, 30 millones de personas se desplazan en unos 100.000 vuelos»
Los aviones van y vienen. Cada día, 30 millones de personas se desplazan en unos 100.000 vuelos. Al final de su vida útil, las aeronaves acaban en cementerios gigantescos. Hay uno impresionante en el desierto de California. Allí, poco a poco, los van desguazando con enormes tijeras que los cortan como si fueran gomaespuma. No sé qué hacen con la materia que sacan de aquellas moles, una vez destartaladas, ni si consiguen tratar todo lo que les llega. Producimos y desechamos. El desierto es tan grande…
Algunos cogen un avión para visitar a su pareja. Se les nota en la cara sonriente, anhelante. Están anticipando el abrazo del reencuentro. Entre otras ventajas, el avión permite mantener relaciones a miles de kilómetros de distancia, pasiones de personas que solo se ven una vez al mes, o menos, lo que tal vez pueda salvar la relación. El avión nos permite reunirnos antes con nuestros seres queridos. Si tan queridos son, ¿por qué están tan lejos?
Otros parecen viajar porque en algún momento los billetes fueron tan baratos que daba cargo de conciencia no comprarlos. En esto, mucha gente vive a meses y años vista. Yo soy de los que no saben qué harán mañana. Todo este sistema es una gran discriminación contra los desorganizados, que pagamos mucho más que los viajeros profesionales por el mismo trayecto. ¿Cómo se puede permitir tamaña discriminación por el mismo servicio, la misma distancia, los mismos costes? Hay algo que se me escapa. ¿No debería incentivarse la desorganización, la vida al día como modo más filosófico, coherente y sostenible de estar en el mundo?
Viajar de veras se ha vuelto imposible y lo más sensato sería quedarse en casa, incluso no moverse de una sola habitación de una casa, de una esquina de esa habitación. Uno sale en busca de algo nuevo, como dijo Baudelaire, y encuentra lo mismo por todas partes. El viaje se ha vuelto una peregrinación peregrina para hacerse una foto en tal sitio o tal otro sitio y compartirla con tus contactos y tener muchos likes. Yo nunca he puesto un like. No sé ni cómo se hace. Me parece el colmo de la ordinariez. Antes se mandaban tarjetas postales. Yo aún conservo algunas. La gente se estrujaba el cerebro para escribir dos o tres frases con sentido. Hoy basta con poner un pulgar hacia lo alto, un corazón rojo, un monigote.
«Todos los aeropuertos se han transformado en centros comerciales»
¿Para qué vamos a los sitios? Como dicen los italianos: ¿Quién nos lo hace hacer? (Chi ce lo fa fare?). Son pasiones voluntariamente aceptadas. En todas partes puede uno hacer las mismas compras. Viajamos a Japón y traemos recuerdos que venden en la tienda de la esquina. Todos los aeropuertos se han transformado en centros comerciales y para llegar a la aeronave tenemos que recorrer pasajes que son el paroxismo de los que quiso analizar Walter Benjamin (Libro de los pasajes, Akal, 2005). Allí nos ofrecen alcohol, chocolate y perfumes, cosas que nunca compraríamos en otras circunstancias, productos de lujo, trofeos, fetiches en los que a veces nos gastamos más que en el billete.
Llegamos a la otra parte del mundo y seguimos circulando por pasillos comerciales. Vamos a comprar algo a una de esas grandes superficies tan bien organizadas, un bote de pelotas de tenis, por ejemplo, y salimos con un juego de petanca, un hula hoop y barritas de proteínas, olvidando comprar las pelotas de tenis. Por todas partes dejamos un rastro de transacciones, muchas anotaciones en el «debe» y casi nada en el «haber». La sustancia de nuestra vida se reduce al conjunto de esas transacciones. He oído decir que el dirigente de una de esas empresas tecnológicas que tanto están haciendo por el futuro de la humanidad ha coleccionado todas las facturas y documentos de su difunto padre y espera poder resucitarlo un día trasladando su conciencia a un ordenador.
Si esa es la idea que nos hacemos de la vida, me temo que es una vida que ya no vive. Nos espera un futuro brillante, lo mejor está por llegar, etc. «Cada época sueña la siguiente», escribió Michelet. Por fortuna, el repertorio arquetípico de sueños y pesadillas es limitado. ¿Transitaremos al transhumanismo, tal vez, y luego a la trashumancia, y vuelta a la nada? Esos recorridos por los pasillos del deseo inducido en que quieren convertir nuestras vidas recuerdan el gesto con el que el domador hacía saltar al león para que atravesara un aro de fuego. Pasamos y volvemos a pasar como leones desdentados.
