El mal y otras catástrofes
Susan Neiman reformula en un ensayo la tradición filosófica occidental a partir de la evolución de la idea de lo maligno

Detalle de ’El sueño de la razón produce monstruos’ (1799), grabado perteneciente a la serie ‘Los caprichos’ de Francisco de Goya y Lucientes. | Wikimedia Commons
Todos los grandes conceptos culturales encierran en su interior un misterio que, a lo largo del tiempo, que en este caso es también el curso de la historia, intentamos desentrañar. No sabemos quién es Dios —los creyentes otorgan verosimilitud a una ficción consoladora— y describimos a la muerte mediante una ausencia o negación —aquello que ya no está vivo— porque se trata de una experiencia individual e incomunicable.
Algo similar sucede con el mal, cuyo arco semántico incluye desde las calamidades naturales o las desgracias personales a actos tan abyectos como el terrorismo, la tortura o la crueldad gratuita. Lo maligno, cuya representación alegórica dentro del paradigma occidental es el personaje del Diablo de la Biblia, señor de todas las pestes, es una invariante de la existencia que, lo que no deja de ser una paradoja, nunca deja de mutar.
El mal medieval no es idéntico al de los modernos. Las desgracias antiguas difieren en su significado —aunque no en su capacidad de quebranto— de las contemporáneas. Casi cabe decir que a través de la idea del mal y sus sucesivos cambios pueden reconstruirse las distintas edades del hombre.
A este interesante ejercicio se ha dedicado la pensadora norteamericana Susan Neiman, filósofa y profesora en las universidades de Yale y Tel Aviv, autora de un documentado ensayo —El mal en el pensamiento moderno— publicado en inglés en 2002 que la editorial Debate, dirigida por Miguel Aguilar, acaba de publicar, con traducción de Felipe Garrido, en español.
Lejos de ser un trabajo de índole académica, el libro de Neiman, que vio la luz unos meses después de los atentados del 11-S, goza de una llamativa actualidad. No solo porque las máscaras del diablo —esto es: los rostros de lo maligno— no hayan dejado nunca de sucederse, igual que el paisaje a través de las ventanas de un tren, sino porque sus reflexiones, sustentadas en un análisis a fondo de la obra de los grandes pensadores occidentales, combinan el rigor y la profundidad, tan ausentes del debate público en esta era digital, con una indudable amenidad.
Estados de alerta
En este sentido, Neiman ha escrito un libro útil, pertinente y enriquecedor. Uno de sus aciertos es elegir la perspectiva —el análisis del mal como una constante que varía con la historia— y delimitar la materia con orden y claridad. La pensadora liga su análisis a hechos como el catastrófico terremoto de Lisboa de 1755, la tragedia de Auschwitz, símbolo del holocausto judío en la Alemania nazi, o el atentado de las Torres Gemelas.
Todos estos momentos, así como sucesos posteriores, como la pandemia del covid, la guerra de Ucrania o el conflicto en Palestina, representan instantes históricos en los que todas las certezas sociales e individuales sobre nosotros mismos se tambalean de forma súbita, sin que ningún artificio o invención alternativa sea capaz de reemplazarlas. Donde existía seguridad, irrumpe el pánico; la tranquilidad se convierte en un estado de alerta y la realidad, en vez de una convención social, se vuelve amenaza.
El mal viene acompañado de una sucesión de preguntas sin respuesta: ¿Cómo puede ser esto posible? ¿Por qué me sucede esto a mí? ¿Dónde está Dios? Plantea, pues, interrogantes desgarradores sobre la identidad, la trascendencia y la condición humana. La tesis de Neiman es que la interpretación cultural de lo maligno no es estanca, sino evolutiva. Tampoco responde a un molde determinado. La idea del mal carece de fronteras nítidas y puede expandirse según las circunstancias históricas y el sentido con el que cada sociedad juzga el mundo.
La lectura moral del mal, que es el ejercicio de desciframiento que cada individuo hace ante las calamidades y las desgracias, se articula a través de una suma de las experiencias particulares. No existen, a juicio de Neiman, parámetros objetivos para definirlo, al margen de unos consensos mínimos, lo que abre la puerta a que estos sucesos malignos puedan ser —y de hecho sean— objeto de manipulación política, como sucede en el caso de las guerras o la polarización política extrema, cuando cada adversario adjudica a su rival actos éticamente reprobables con independencia de los hechos e incluso de su veracidad. Es una de las lecciones de la historia: no hay nada más efectivo, como combustible del fuego de la discordia, que el miedo o la sensación colectiva de fragilidad.
Fin del optimismo
La ensayista norteamericana llama la atención sobre un factor: la reacción individual —que solo es social a posteriori— ante las tragedias nos define como especie. El mal no tiene que tener un aspecto perverso, como demostró Hannah Arendt en Eichmann en Jerusalén, su ensayo sobre la banalidad de lo maligno, aunque Neiman sostiene que la conducta de jerarca nazi en su juicio fue un inmenso acto teatral. Tenía plena conciencia de sus hechos.
La irrupción de lo maligno causa siempre una honda desazón íntima. «Al crecer —explica la filósofa— nos hacemos más conscientes del papel que la contingencia y la fortuna desempeñan en la vida de los seres humanos, y nos preocupa más averiguar si debemos celebrarlo o lamentarnos». La inconsciencia consiste en pensar que somos inmortales y creer que el mal nunca podrá alcanzarnos. La sabiduría, en cambio, consistiría en aceptar este hecho y ser capaces de soportarlo. Cabe decir, según el análisis de Neiman, que inicia su viaje con los filósofos de la Ilustración y avanza a través de las ideas de Leibniz, Pope, Kant, Hegel, Marx, Voltaire, Bayle, Hume, Sade, Schopenhauer, Nietzsche, Freud, Rawls o Camus, que cada época reelabora o introduce en esta tradición sus propias circunstancias.
Entre las de nuestra época figuran el cambio climático y la amenaza tecnológica, que hace 30 años —a finales del siglo XX— estaba teñida por el optimismo de la idea del progreso y ahora, transcurrido ya el primer cuarto de la actual centuria, se nos aparece —primero con las redes sociales y después con la implantación de la inteligencia artificial— como una más de las amenazas para la sociedad y la condición humana. El mal, lejos de ser una abstracción, dice Neiman, se nos presenta como una experiencia concreta e individual. Es un hecho cotidiano que puede manifestarse ante nuestros ojos sin que demasiadas veces seamos capaces de identificarlo. La filosofía, como demuestra justamente este libro, sirve para ayudarnos a conjurarlo y, cuando se torna irremediable, nos enseña a soportarlo.
