El Misisipi en llamas
La nueva novela de Eduardo Garrigues es un fresco histórico que nos hace vivir en el Misisipi de finales del siglo XVIII

Gálvez en la toma de Panzacola, por Ferrer Dalmau.
Si Bernardo de Gálvez hubiera sido inglés o norteamericano, sería un héroe popular, como Robin de los Bosques o Davy Crocket, habría películas, series de televisión y cómics relatándonos sus hazañas sin ningún rigor histórico, pero manteniéndolo vivo en el imaginario colectivo. Pero como Gálvez fue español, se unió a la extensa nómina de héroes olvidados, de acuerdo con esta maldición que nos acompaña desde hace siglos y nos hace ignorar los pasajes gloriosos de la historia de España, mientras que le damos vueltas y más vueltas a los acontecimientos más desgraciados.
Gálvez se formó como militar combatiendo a los apaches, que le hirieron varias veces, y contra los moros en la fallida invasión de Argel, donde fue de nuevo herido grave y ganó el ascenso a teniente coronel. A los 30 años fue nombrado gobernador de Luisiana, un territorio que tenía más de cuatro veces el tamaño de España, pues abarcaba toda la cuenca del Misisipi hasta Canadá. Por el Misisipi organizó eficazmente el envío de abastecimientos a los rebeldes norteamericanos que luchaban contra Inglaterra, una ayuda que resultó vital para que los americanos alcanzaran su independencia.
Cuando España le declaró la guerra a Inglaterra en 1781, Gálvez se lanzó inmediatamente a la ofensiva con una milicia improvisada de 667 hombres que incorporaba blancos, negros y mulatos. Con sus exiguos medios barrió la presencia inglesa de las cercanías del Misisipi, y luego emprendió la reconquista de la Florida, que se había perdido en la Guerra de los Siete Años. La ofensiva de Gálvez tuvo una influencia estratégica en la Guerra de Independencia de Estados Unidos, pues obligó a Inglaterra a enviar tropas y barcos a ese nuevo frente, distrayéndolos de la lucha contra los norteamericanos.
La conquista de Florida por Gálvez fue además ocasión de su mitificación como héroe legendario. Los mandos de la escuadra española se negaban a entrar en la bahía de Panzacola (hoy Pensacola), el centro estratégico de la campaña, porque los ingleses habían bloqueado la entrada, y tenían mucha artillería dispuesta para su defensa. Gálvez se embarcó entonces él solo en un bergantín y se lanzó a romper el bloqueo, lográndolo. Su hazaña le valdría que, como sucedía en la época de los caballeros, en la Edad Media, el rey de España le otorgase un escudo de armas con la imagen de un bergantín y el lema «Yo solo».
Hace casi una década Eduardo Garrigues publicó una novela histórica titulada El que tenga valor que me siga, que era precisamente la arenga con la que Gálvez estimuló a los marinos para asaltar Panzacola. Aquel libro contribuyó a romper el muro de silencio que rodeaba a la figura de Gálvez.
Hay que resaltar que en los últimos tiempos ha habido un meritorio grupo de historiadores, escritores o defensores de nuestra cultura en general, que luchan por reparar el injusto olvido de Bernardo de Gálvez. Nada más abrir las páginas del libro que aquí comentamos, El Misisipi en llamas, encontramos a una representante de ese grupo, la autora del prólogo Elvira Roca Barea. Esta historiadora heterodoxa —en realidad estudió Filología— revolucionó la historiografía española en 2016 cuando publicó Imperiofobia y leyenda negra: Roma, Rusia, Estados Unidos y el Imperio español, el ensayo histórico más leído de la última década, con 150.000 ejemplares vendidos.
La profesora Roca Barea, criticada con malevolencia desde la izquierda por su defensa de la labor colonizadora de España en América, da la casualidad de que es paisana de Bernardo de Gálvez: ambos nacieron en pueblecitos muy próximos de la Axarquía malagueña. Es, por tanto, muy adecuado que prologue el libro de Eduardo Garrigues, de quien afirma que «a levantar este manto de olvido ha dedicado Eduardo Garrigues mucho esfuerzo en todas las facetas de las muchas que componen su vida».
Garrigues es, en efecto, un escritor sui generis. Tiene tras sí un largo currículum literario, que comenzó cuando ganó el Premio Café de Gijón en 1961. Sin embargo, su profesión no es la de escritor, sino la de diplomático. Ha sido embajador de España en mundos tan diversos como Namibia y Noruega, pero el puesto más determinante para su actividad literaria y cultural fue el de cónsul general de España en Los Ángeles, que ocupó durante cuatro años, incluido 1992, el del Quinto Centenario del Descubrimiento, y que le permitió conocer a fondo la herencia española que ha quedado no solamente en California, sino en todo el Sudoeste de los Estados Unidos, especialmente en Nuevo México.
Su curiosidad cultural le convertiría en un profundo conocedor de ese legado histórico, materializado en la colección de 7.000 libros sobre la herencia de España en Norteamérica que guarda su biblioteca, o en la impulsión del Capítulo de Toledo, una entidad dedicada a proclamar y defender el legado español en Estados Unidos, presidida por Garrigues.
La viuda de Gálvez
El relato literario basado en hechos de la historia es la aristocracia de la literatura occidental, pues ¿qué otra cosa es la Ilíada, si no una versión más que novelada, mitificada, de una guerra que ocurrió en la Antigüedad en la ciudad de Troya?
Dos condiciones ha de reunir un libro para ser una buena novela histórica. En primer lugar, un profundo conocimiento histórico del marco en que se desarrolle el relato, aunque contenido para no caer en la erudición aburrida. En segundo lugar, el suficiente oficio literario para escribir un relato ameno, interesante o incluso emocionante.
El Misisipi en llamas reúne ambas condiciones. Su autor se ha permitido estructurar el relato en un doble nivel, subjetivo y objetivo. El primero utiliza el recurso de reproducir un supuesto diario de la protagonista, que en este caso es la viuda de Bernardo de Gálvez, doña Felicitas St. Maxent. El segundo es un amplio fresco histórico que abarca la cuenca del Misisipi a finales del siglo XVIII.
Cuando Gálvez llegó a Nueva Orleans en 1776, recién nombrado coronel del Regimiento de Infantería de Luisiana, tenía 30 años y estaba soltero, una anomalía en la época. Pronto encontró, sin embargo, un buen partido, Marie Felicité Saint Maxent, una bella criolla de origen francés que también se encontraba en situación anómala, pues con 19 años era ya viuda y tenía una niña. Sin embargo, era hija del hombre más rico de Nueva Orleans, y podía aportar al matrimonio no solo una rica dote, sino también una amplia red de relaciones e influencias, que le vendrían muy bien al coronel Gálvez, que al año siguiente se convertiría en gobernador de Luisiana.
Para la hija del rico comerciante, ese matrimonio suponía el gran salto social que buscaban todos los burgueses, pues los Gálvez eran una familia de la nobleza española, aunque fueran simplemente hidalgos. Fue un matrimonio de conveniencia, pero parece que fue feliz. El astro de Gálvez adquiriría un extraordinario resplandor: Carlos III le otorgó los títulos de conde de Gálvez y vizconde de Galveztown, y en 1785 lo nombró virrey de Nueva España, el cargo más importante del Imperio español, en el que sucedió a su padre, Matías Gálvez, otro militar que había hecho carrera política.
Por desgracia, Bernardo de Gálvez murió en noviembre de 1786, con 40 años y cuando llevaba solo año y medio de virrey en México. Es en ese trance cuando arranca el diario de doña Felicitas, destrozada por el drama, que se presenta a sí misma en las primeras líneas del libro diciendo: «Desde que murió Bernardo, las tinieblas se han convertido en mi constante refugio…».
Sin embargo, la vida sigue y doña Felicitas pasará por extraordinarios episodios que la emparejan con su aventurero marido, viéndose implicada en intrigas, espionaje, amoríos y la búsqueda de la verdad tras la muerte de Gálvez, supuestamente envenenado. Ficción aparte, la viuda de Gálvez se convirtió en Madrid en una activa salonnière, que recibía en su salón a lo mejor de la sociedad ilustrada, desde el conde de Aranda al arquitecto Sabatini, desde el dramaturgo Moratín al financiero Cabarrús, creador del Banco de España, conocido entonces como Banco de San Carlos. El afrancesamiento que se respiraba en aquella tertulia la hizo sospechosa cuando estalló la Revolución Francesa, y la viuda de Gálvez sería desterrada de Madrid, uno más de los sobresaltos de su agitada vida.
En cuanto al fresco del Misisipi que nos dibuja Garrigues, es casi enciclopédico y preñado de historias parciales, cada una de las cuales merecería un libro propio. Así conocemos a personajes extravagantes —aunque reales— como el mestizo Alexander McGillivray, hijo de un comerciante escocés y una india crique, que llegó a convertirse en cacique de esta nación india. McGillivray tenía una acertada visión histórica, era consciente de la amenaza expansionista que suponían los Estados Unidos tanto para las naciones indias como para el Imperio español, y fue promotor de los tratados de defensa mutua entre España y las Cuatro Naciones de Indios del Este del Misisipi.
Aún más estrambótico —y, sin embargo, también real— resulta otro de los personajes históricos que Garrigues convoca en su relato, el brigadier James Wilkinson, que había sido el general más joven del ejército norteamericano, y sería su comandante en jefe en dos ocasiones… Pero que, por otra parte, era el muy bien pagado Agente 13 del espionaje español. Entre las intrigas que Wilkinson protagonizó, la más llamativa fue sin duda el proyecto de que el territorio de Kentucky, que todavía no era un estado, se incorporase a la Corona española.
En resumen, un libro que nos lleva de sorpresa en sorpresa.
