Simonetta Vespucci, musa del Renacimiento e ideal de belleza
Llega a las librerías el delicioso ensayo sobre la Florencia de los Medici del intelectual colombiano Germán Arciniegas

Detalle de ‘El nacimiento de Venus’, (1482-1485) temple sobre lienzo de Sandro Botticelli. | Wikimedia Commons
Simonetta Vespucci. En caso de que su nombre no le diga nada, le garantizo que su rostro sí lo reconocerá. Porque la hermosa Simonetta, musa del Renacimiento florentino, prestó su cara a diversas diosas en obras maestras de Sandro Botticelli, entre ellas El nacimiento de Venus. Llega ahora a librerías El mundo de la bella Simonetta (Rosita y Amparo Editores) de Germán Arciniegas, que indaga en el personaje y su rico contexto histórico.
Podría pensarse que el libro forma parte de una tendencia actual: el alud de rescates —algunos más atinados que otros— de figuras femeninas —musas y artistas— más o menos ninguneadas por la historia. Sin embargo, ¡sorpresa!, esta obra fue escrita en 1962 y nunca se había publicado en España. Su rescate del olvido está plenamente justificado, porque es una delicia.
Su autor, el colombiano Germán Arciniegas (1900-1999), fue uno de esos latinoamericanos criados en las élites económicas y culturales que desarrollaron una extensa carrera política y literaria. Trató a figuras como Borges y Vargas Llosa; publicó abundantes libros; estuvo en sus inicios vinculado con el periódico El tiempo como columnista y después en diversos puestos directivos; en la década de 1940 ocupó por dos veces el cargo de ministro de Cultura, bajo dos presidentes distintos, y después desarrolló una larga carrera diplomática que lo llevó a destinos como Inglaterra, Israel, Argentina, Venezuela, Italia y el Vaticano. En Italia dio rienda suelta a su pasión por el Renacimiento y pudo consultar bibliografía en bibliotecas locales. El fruto de sus pesquisas fue El mundo de la bella Simonetta.
El título ya da una pista de los planteamientos del autor, porque no se limita a abordar la figura de Simonetta Cattaneo, Vespucci tras su matrimonio, sino que a través de ella recrea la esplendorosa Florencia del quattrocento. La de los Medici y Lorenzo el Magnífico, la de la cultura del humanismo y el esplendor artístico. Sobre la breve vida de Simonetta hay pocos datos contrastados y muchos mitos, de modo que el autor se permite algunas elucubraciones sobre su elusiva figura. El resultado es un ensayo histórico de corte divulgativo y lectura muy amena, que logra sumergirnos en el periodo que aborda.
Si me permiten una boutade, de haber vivido hoy, Simonetta hubiera sido influencer o top model o sex symbol. Pero en su época fue simplemente musa. De ella sabemos que nació en Génova —o acaso en una población cercana y más pequeña de la Liguria, si interpretamos al pie de la letra un poema de Poliziano— y que la casaron en un matrimonio concertado con Marco Vespucci —de la familia del famoso navegante Américo— para crear lazos económicos con esa boyante familia florentina. De modo que, con 16 años, se trasladó a Florencia con su marido. Allí su belleza deslumbró e inspiró a poetas y pintores y magnetizó a los gobernantes de facto de la ciudad, los poderosos Medici: Lorenzo el Magnífico, que le dedicó algunos poemas, y su hermano Giuliano. La agraciada Simonetta hizo buena aquella máxima de James Dean —«Vive rápido, muere joven y deja un bonito cadáver»— y falleció de tuberculosis con solo 23 años, lo cual acrecentó la leyenda de su fugaz belleza.
Inmortalizada por Botticelli
Su momento álgido de popularidad lo vivió en unas justas celebradas en la plaza de la Santa Croce florentina el 28 de enero de 1475. Guiliano de Medici —el hermano guaperas y playboy del poderoso y sabio Lorenzo— participó en ellas con un estandarte pintado por Botticelli (aunque no se conserva, sabemos de su existencia por escritos de la época) en el que aparecía una Minerva con el rostro de Simonetta y un lema sacado de unos versos de Poliziano: «La Sans Pareille» (así, en francés, la sin igual). Victorioso, Guiliano proclamó a Simonetta reina de la belleza del torneo, lo cual suponemos que era como declarar oficialmente cornuto a su marido.
Para celebrar los amoríos de Guiliano y Simonetta, el poeta y humanista Angelo Poliziano escribió sus celebradas Stanze. Y la joven beldad sirvió de modelo de belleza ideal a varios pintores, aunque no consta que posara directamente para ninguno de ellos, de modo que se trata de retratos idealizados. Lo más parecido a un verdadero retrato de ella es el Retrato de Simonetta como Cleopatra de Piero di Cosimo. Su rostro inspiró también a otros pintores florentinos como Ghirlandaio (la Madonna della Misericordia), pero la inmortalidad se la proporcionó Sandro Botticelli.
No consta que el pintor y su musa intercambiaran una sola palabra. Vivían muy cerca en Florencia, aunque separados por el estatus social, y él la veía pasear. Embelesado por su belleza, puso su rostro a diversas figuras femeninas de sus cuadros: Retrato de una mujer, Venus y Marte, Palas y centauro… Y Simonetta idealizada resplandece en las dos obras cumbre: La Primavera, lienzo que Arciniegas denomina «tríptico cinematográfico», porque en él la joven se multiplica y pone cara a tres personajes diferentes (Flora, una de las tres Gracias y la figura central) y El nacimiento de Venus. Varios de estos retratos de Botticelli no solo son idealizados y pintados de memoria, sino además póstumos, porque algunas de estas obras son posteriores al fallecimiento de la musa.
Hoguera de las vanidades
El nacimiento de Venus, que se inserta en la tradición de las llamadas venus púdicas, porque cubre sus atributos sexuales, consagró a Simonetta como el ideal de belleza del Renacimiento, del cual seguimos siendo deudores. Dice Arciniegas: «Se ha discutido sobre el lugar exacto de nacimiento de la Bella Simonetta. Hasta en estas páginas ha dicho el autor sobre este detalle que carece de importancia. Porque el hecho final está a la vista, y a él debemos rendirnos. Simonetta nació en esta pintura y por eso es la Venus del Renacimiento. Ella nace en la frontera de la vida real y el mito. Y quien mejor supo comprenderlo fue su descubridor. Aquel Alessandro Filipepi, a quien un tanto por gracia, un tanto por ironía, acabamos llamando Sandro Botticelli» (se refiere a que lo de Botticelli era un apodo, que venía de botticello, que es botijo o tonel y venía por su hermano mayor).
El nacimiento de Venus ha sido objeto de innumerables relecturas, pastiches y parodias en obras de arte, películas y publicidad. La obra alcanza el estatus de esas imágenes icónicas que hasta el más zoquete es capaz de identificar.
El esplendor de la Florencia de los Medici se topó con la intransigencia e iconoclastia del oscurantista fraile Savonarola, fustigador de la depravación y la corrupción. Organizó la hoguera de las vanidades en una plaza pública, en la que se animaba a los ciudadanos a arrojar objetos de lujo y cosméticos. Incluso Botticelli cayó bajo su influjo y al parecer llegó a lanzar a las llamas algunas de sus propias obras. Cuando el pintor falleció, su tumba se colocó en la misma iglesia en la que reposaban los restos de Simonetta. Según la leyenda, el artista pidió ser enterrado a sus pies, en un último gesto de adoración.
