La inteligencia artificial irrumpe en editoriales y discográficas: así cambia la cultura de masas
«Se acerca un mundo donde el valor dependerá también de la capacidad de demostrar el proceso de creación»

Un robot tocando el piano. | Freepik
Todo empezó como una prueba doméstica que, de pronto, salió al mercado. En un ensayo de la revista New Yorker se explica cómo el informático Tuhin Chakrabarty quiso saber si los modelos de lenguaje artificial (LLM, por sus siglas en inglés) podían escribir «bien» o si solo copiaban la superficie de lo literario. La historia es que para comprobarlo, alimentó a un modelo con pasajes de autores reconocidos, entre ellos la premio nobel de literatura, Han Kang, y se lo mostró a estudiantes de escritura creativa, que leyeron las mismas muestras y trataron de imitar el estilo.
Al principio, el veredicto fue unánime, los estudiantes detestaban el texto generado por la inteligencia artificial (IA), lo percibían inflado, mecánico y demasiado consciente de su impostura. Pero el experimento dio un giro cuando Chakrabarty y su colaborador de investigación, Paramveer Dhillon, ajustaron el modelo con la obra completa de cada autor, dejando fuera un fragmento para medir el salto. En pruebas a ciegas, los jueces, los estudiantes, empezaron a preferir la versión sintética. El temor dejó de ser solo un problema estético ya que, si el lector entrenado lo confundía, el lector cansado y sin mucho tiempo, lo compraría.
Lo más perturbador no fue que el estilo apareció tras el ajuste, fue la constatación de que, entrenado para parecer humano, el sistema podía volverse difícil de detectar. El preprint que Chakrabarty firmó con Dhillon y la jurista Jane C. Ginsburg no se limitaba a decir que la técnica funciona, ahora mostraban un escenario donde cualquiera con un oficio narrativo podía alimentar a un chatbot, ensamblar un manuscrito, firmarlo y hacerlo circular con pocas probabilidades de que lo señalaran detectores. En ese punto, el debate sobre «la conciencia» o «la ética» detrás del texto pierde peso frente a un criterio más crudo: el mercado premia la experiencia de lectura suficientemente satisfactoria, no el origen de creación. El lector es ahora es el rey, no el escritor.
Es ahí cuando la literatura deja de ser arte y se convierte en infraestructura. La proliferación de textos, libros y música generados por IA no depende solo de que los modelos mejoren, sino del ecosistema que los recibe, desde las plataformas o editoriales que convierten la creación en un flujo logístico —como churrerías— sin tensiones, con recompensas rápidas y una economía de visibilidad que favorece lo que se repite. Basta ver los contenidos de los reels en Instagram cuando una tendencia o un tema se hace viral. Como explican las especialistas Amy Ireland y Maya B. Kronic en el corto y complejo ensayo Aceleracionismo cuqui (Mutatis Mutandis, 2025) «la paradoja de la rendición voluntaria a lo inevitable no es un contradicción performativa ni un argumento demoledor contra el aceleracionismo, sino la topografía misma de la pasión anastrófica», entendiendo la anástrofe como un futuro que se aglomera.
Contenido sintético vs. El mercado
Ante tanta aglomeración de contenido sintético —apodado «slop»— Amazon demostró que, en 2023, tuvo que imponer un límite en Kindle Direct Publishing a tres títulos al día por cuenta de usuario/empresa. La cifra es absurda, pero por lo mismo es reveladora. Nadie escribe tres libros al día; porque si puede «publicar» tres libros al día escribir se reduce a prompting, copiar y pegar, creando portadas automáticas que son subidas en lotes al marketplace de Jeff Bezos.
Con esa mecánica, la tienda se vuelve un mar de objetos textuales. No son necesariamente ilegales; son, sobre todo, abundantes. Esta abundancia produce el efecto habitual dentro del mercado, donde se encarece la búsqueda, la curaduría. Además, en ese ruido, prosperan títulos como ovejas Dolly, «resúmenes» que se confunden con originales y copias oportunistas que replican incluso nombres y estructuras. El lector ya no enfrenta una disputa filosófica sobre arte y máquina, ahora enfrenta un problema de navegación, de cómo encontrar algo que merezca el tiempo cuando el catálogo está diseñado para crecer al menor coste. Esto no solo pasa en lo digital, también en las grandes editoriales o disqueras.
La música vive esa presión en tiempo real. En otro artículo comenté cómo la plataforma Deezer ha reportado un volumen masivo de pistas completamente generadas por IA en los envíos diarios y ha activado medidas de etiquetado y detección para separar ese material, así como para combatir prácticas asociadas al fraude de streaming. Spotify ha tenido que eliminar 75 millones de canciones, mientras Bandcamp, no tiene ese problema. Al ser una plataforma que no premia el volumen ni las visualizaciones, al ser un mercado directo, los problemas logísticos merman. En ese escenario, la pregunta deja de ser ¿qué es arte?»+ y pasa a ser ¿qué entra en el sistema de recomendación y sus algoritmos?, ¿quién cobra cuando el catálogo se infla con producción sintética?. La proliferación no solo altera lo estético y la calidad artística, altera la economía de la atención y el reparto de ingresos.
La industria musical ha respondido con una mezcla de choque y negociación. Primero llegó el litigio, con discográficas demandando a generadores por entrenar con material protegido sin autorización. Después aparecieron señales de acuerdos y licencias para poder detener el flujo, regulando mediante peajes. Por su parte, la agencia de noticias Reuters, informó del impacto de la IA en empresas líderes del sector editorial que se desplazarán hacia modelos licenciados con vistas a este año. El dilema corporativo se resume en que prohibir es difícil y cobrar es mucho más realista.
Marcos legales para el contenido sintético
Sin embargo, la proliferación no se juega solo en estética y economía; también se juega en el tema de derechos y en cómo estos se manejarán en un futuro a medida que las tecnologías de los modelos de lenguaje inteligente sigan perfeccionándose. Es por esto que conviene despejar una confusión y es que en España y en la UE no existe una prohibición específica para publicar libros o música hechos con IA, por el mero hecho de ser contenido sintético. Lo que existe es un marco regulatorio que obliga a ser transparente en determinados supuestos y un marco de propiedad intelectual, consumo y competencia que puede limitar o sancionar usos concretos, sobre todo cuando hay infracción o engaño.
La pieza central del marco europeo es el AI Act. Según la Comisión Europea, el reglamento entró en vigor el 1 de agosto de 2024 y se aplicará gradualmente. Desde el 2 de agosto de 2025 comienzan obligaciones relevantes para modelos de propósito general, y el reglamento será plenamente aplicable el 2 de agosto de 2026. Para la vida cultural, el artículo más significativo es el 50, porque fija obligaciones de transparencia que no implican censura, sino marcado y aviso.
Por su parte, en España, la Agencia Española de Supervisión de Inteligencia Artificial (Aesia) ha sintetizado esa lógica como una respuesta a riesgos de engaño, suplantación y fraude, proponiendo soluciones técnicas como marcas de agua, metadatos o métodos criptográficos que, en muchos casos, ya vienen impuestos por marcos europeos o mundiales. Por ejemplo, Nano Banana de Gemini, incluye una marca de agua en las imágenes que genera.
Al mismo tiempo, late el conflicto clásico: ¿dónde queda la propiedad intelectual? La autoría en el marco europeo y español se entiende como humana, lo que implica que la IA no «firma» como autora. Eso no impide vender un libro o una canción, pero condiciona cómo se protege lo generado y qué se puede reclamar si alguien lo copia. Y, sobre todo, no elimina el riesgo mayor, que el contenido sintético reproduzca partes protegidas de obras ajenas o se acerque tanto a un estilo o identidad concreta que active disputas por infracción o suplantación. El entrenamiento es otra grieta decisiva en este tema. La Directiva DSM regula excepciones para minería de textos y datos, pero permite a los titulares reservar derechos; el artículo 4 prevé que la excepción no aplique si el titular se ha reservado el uso de manera adecuada, incluso a través de medios legibles por máquinas en contenidos online.
Aunque no exista una «ley anticontenido sintético», sí existen normas que castigan el engaño. Si se vende algo como «humano» u «original» cuando no lo es, se entra en terreno de publicidad engañosa y prácticas de competencia desleal. No hace falta que el problema sea «IA» para que haya conflicto, basta con que el consumidor sea inducido a creer en la humanidad o no del contenido.
Inteligencia artificial en España
En España, la conversación sobre inteligencia artificial en cultura se está separando rápido de la fantasía futurista y entrando en un terreno más incómodo: el de la creación como infraestructura, la autoría como campo de batalla en tema de derechos y la edición como responsabilidad estructural.
En un artículo de Jot Down, Diego Moldes enmarca el momento como una revolución cultural de escala comparable a la imprenta e insiste en que, si el español es una de las grandes lenguas de internet, no puede dejar su destino «al arbitrio» de centros de poder externos. Su propuesta es casi un programa que incluye un humanismo crítico, formación en IA desde la escuela, transparencia algorítmica, diversidad cultural y respeto por la propiedad intelectual como columna vertebral de cualquier modernización tecnológica.
Ese diagnóstico es aterrizado por el autor en las instituciones. Moldes cita el proyecto LEIA (RAE y Asale), iniciado en 2019 para empujar un español «bien tratado» en asistentes, buscadores y plataformas, y recuerda la implicación del Instituto Cervantes en proyectos de IA aplicada a la enseñanza y difusión cultural, como si la pelea no fuera solo por «usar herramientas», sino por no dejar que el español se convierta en un simple insumo para los modelos de LLM. En esta lectura, la tecnología no llega a la cultura sino que la atraviesa por el lugar más vulnerable, la educación (cómo se aprende y se escribe) y la distribución de conocimientos (cómo se valida lo que circula).
Por su parte, otro artículo en La Vanguardia, explica cómo varios creadores y editores hablan de IA como herramienta de preproducción, documentación o apoyo técnico, sin embargo, aparece de fondo el mismo dilema, ese en el que la utilidad es inmediata, pero el reparto de valor y la autoría se vuelven temas resbaladizos.
Estas reflexiones sobre la autoría y sobreproducción la tienen algunas editoriales independientes españolas desde la pandemia, como es el caso de la sevillana Barrett, que ha aprovechado el ruido alrededor de la aceleración editorial tanto física como digital y ha lanzando la iniciativa del «Catálogo a ciegas». Este es un ejercicio editorial a través de ocho títulos donde el nombre del autor quedará borrado y en el anonimato, dándole peso a la obra y quitándole ego a la cantidad de producción que deben producir los creadores. El primer libro de la colección es un poemario, se titula Idealista, y claro, la temática tiene que ver con la crisis de la vivienda donde los poemas se mezclan con fotografías de viviendas precarias y capturas de pantalla de las ofertas de alquiler en la aplicación inmobiliaria con el mismo nombre que el libro.
¿Hay posibilidades alarmistas de la IA en un futuro inmediato?
Hace unos meses en las Conversaciones Formentor 2025 varios sellos editoriales, entre ellos Planeta y Random House, explicaban que no utilizaban IA para poder corregir los manuscritos, sin embargo, fuentes cercanas a este medio, comentan que Random House trabaja con plataformas de IA propias para las correcciones aunque estas no alimenten a los LLM genéricas del mercado, respetando así las políticas de copyright. Sin embargo, esa anécdota hace saltar las alarmas y recuerda las declaraciones del escritor y blogger estadounidense, Cory Doctorow, quien explicaba que aunque Random House tuviera una política anti-IA, el mercado podría cambiar y que fuera la propia editorial quienes, al tener los derechos, le vendiera a las grandes plataformas digitales los libros para alimentarse.
A pesar de las creencias de Doctorow, este año el copyright empieza a convertirse en arquitectura industrial privilegiada tanto en Europa como España, ya que estará fomentada por el AI Act. En particular por su artículo 50 y su puesta en marcha en agosto.
Se acerca un mundo donde el valor no dependerá solo del texto, el audio o la imagen, sino de la capacidad de demostrar el proceso de creación, ya que los datos se podrán comercializar. Eso podrá cambiar contratos, catálogos, concursos, créditos, licencias, hasta estrategias de marketing, y también la relación entre autor y sello editorial/disquera, ya que la cultura deja de ser únicamente «obra» para convertirse, cada vez más, en la trazabilidad y la infraestructura del mercado. Cuando la creación se convierte en trazabilidad y entra por ley, el copyright y toda la economía que cuelga de él, se mueven en el ecosistema y son el motor que reconfigura por completo las industrias editoriales ya sea para reinventarlas o para destruirlas.
