The Objective
El purgatorio

Sonsoles Ónega: «A mi padre no le tocaba morirse, empezaba a disfrutar de la vida»

La periodista se sincera en ‘El purgatorio’ sobre la «podredumbre» política y el duelo por la pérdida de su padre

Para escuchar la verdad, hay que apagar el estruendo de los focos. Sonsoles Ónega (Madrid, 1977) se desprende del cronómetro del directo para habitar, por un instante, el refugio del silencio. En esta nueva entrega de El purgatorio de THE OBJECTIVE, la periodista y escritora disecciona un oficio que no entiende de treguas, enfrentando la sobriedad del dato al eco de una clase política que, a su juicio, ha trocado el servicio público por el destello fatuo de las «estrellas del rock».

Desde el sacrificio de una literatura que se arrebata al tiempo —escrita «con las lentejas en el fuego»— hasta la búsqueda de un rincón sagrado cuando la realidad sacude los cimientos, Ónega se sincera sobre la soledad de quien decide estar siempre al pie del cañón. Es una charla que transita entre la ambición del éxito que se lee y una confesión final sobre sus propios afectos que la trae, sin armaduras, directamente a nuestro tribunal.

PREGUNTA.- ¿Qué te consolaría escuchar ahora mismo?

RESPUESTA.- La voz de mi padre. Pero de verdad, porque es verdad que los que tenemos padres que han hablado por la radio, por la televisión, podemos recuperarlos siempre, ¿no? Pero, claro, no están al otro lado del teléfono. Entonces me consolaría volver a marcar su número de teléfono y que apareciera.

P.- La octava novela, Llevará tu nombre. La protagonista, Mada Riva, finales del siglo XIX, ambientada en Comillas, dedicada a las mujeres. ¿Te hubiese gustado tener una hija?

R.- Pues la verdad es que sí. Pero bueno, ya está. Cuando vas cumpliendo años —y te pasará, Mateo—, empiezan a ocurrir cosas que ya no sucederán. O sea, cuando tienes toda la vida por delante, pues puedes hacer de todo y de repente se te paran algunos relojes, y este de la maternidad, pues se me ha parado, pero tengo dos niños estupendos.

P.- Te da pánico que se paren los relojes.

R.- La verdad que sí.

P.- Vivimos en una vida que en principio debería estar plagada de silencios y en tu narrativa sueles dar mucho peso a lo que los personajes se callan. ¿Cómo has trabajado esos silencios en este nuevo libro?

R.- Es verdad que mis personajes callan un montón de cosas. En Las hijas de la criada ocurrió, porque hubo un cambio de niñas nada más nacer y solo una persona lo sabía; callándolo hasta que no pudo más. En esta novela también hay personajes que callan. No sé cómo los trabajo, supongo que de forma natural, como yo no tengo librillo… Dicen que cada maestrillo tiene su librillo, pero yo no lo tengo porque aprendí a escribir escribiendo, igual que a hacer periodismo ejerciéndolo, aparte de equivocándome muchas veces.

«El político tiene que hacer su trabajo y punto… no son personajes, no son actores, no son estrellas del ‘rock’».

P.- Sí. Al igual que vemos que no hay silencios, también vemos que hay poco tiempo, en líneas generales.

R.- Sí, pero cuando la vida te sacude, buscas el silencio. Y está muy bien además reclamártelo y ser compasiva contigo; buscar ese silencio imposible de encontrar en este mundo en el que vivimos —más todavía para los que nos dedicamos a esto de la comunicación—, porque ese silencio es absolutamente enriquecedor. Dice tanto que deberíamos obligarnos a guardar una hora de silencio. Antes decía un minuto, pero se me hace escaso: una hora de silencio por nosotros mismos.

P.- ¿Cómo afecta que te sacudan estando todos los días al pie del cañón?

R.- Pues afecta mucho porque piensas que eres más fuerte de lo que eres y luego te das cuenta de que además la gente es muy amable, entonces permanentemente te están recordando lo que ha ocurrido y estar expuesto te obliga o expone demasiado tus emociones. Eso es duro porque no es un trabajo normal, pero bueno.

P.- Cada capítulo de tu novela acaba en suspenso. ¿Un escritor busca eso deliberadamente?

R.- Sí y no. Supongo que también he aprendido y, fíjate, he aprendido mucho de la adaptación audiovisual de Las hijas de la criada para provocar en el lector el ansia de volver al libro. Que esto es, a fin de cuentas, a lo que nos dedicamos. Supongo que tú con tu podcast estás esperando que, cuando terminemos, tu espectador diga «quiero volver a ver qué vuelve a hacer Mateo». No sé con qué periodicidad lo haces, pero bueno, quiero ver el siguiente.

P.- Una vez a la semana.

R.- Pues una vez a la semana, pues hay que hacer la semana que viene. Con los libros pasa lo mismo. La gente tiene poco tiempo, con lo cual le tienes que dejar con ganas de más. Y en la tele también pasa, cuando nos vamos a publicidad dejamos en alto el contenido para que la gente no se vaya del todo. Así que supongo que es un recurso viejo.

Sonsoles Ónega. | Víctor Ubiña

P.- ¿Y si algún día no vuelves?

R.- Bueno, pues entonces me echarán. Pero los que tienen que volver son los espectadores y los lectores. Nuestro trabajo es una tarea de seducción constante y el día que no seduzcamos, pues nos iremos a los tornos, como yo digo.

P.- Y aunque no te leyesen, ¿seguirías escribiendo?

R.- Sí. Escribir es muy sanador para mí, pero reconozco que me gusta escribir para publicar. Nunca he escrito para dejarlo en un cajón. Siempre he escrito con la vocación, intención y ambición de querer publicar. Si no publicara, a lo mejor escribiría chorradas muy grandes si no publicara, si los lectores ya no me quisieran, pero no una cosa tan larga. Escribir una novela es costoso: obliga a un trabajo, una concentración y sobre todo a renunciar a una parte de tu vida. Porque además la literatura expulsa a todos los que te rodean, a la familia, a los amigos. No puedes escribir con un niño gritando ni con un marido malencarado. Necesitas esa habitación propia de la que hablaba Virginia Woolf; es verdad y sigue vigente. Para las mujeres más difícil hacerla, pero a lo mejor hoy me libero y de repente me dedico a viajar por el mundo, vete tú a saber.

P.- Haciendo una balanza, me has dicho que para las mujeres es más complicado quizás escribir por la faceta de madre.

R.- Sí, claro. Porque nosotras somos las que hacemos el nido de los hogares. Esto está cambiando, pero muy lentamente. Y si no tienes quien te lo haga, al final escribes con las lentejas en el fuego. O de repente te llama el de la nevera porque se ha roto y te interrumpe. Esto les ocurre más a las mujeres que a los hombres. No sé si era Carmen Martín Gaite o Ana María Matute —siempre lo cuento y siempre digo que no me acuerdo cuál de ellas fue y lo tendría que mirar—, que se ponía una nota: «Tienes en el fuego el cocido» porque se olvida. La concentración es tal y es mucho más difícil para las mujeres. Esto es una verdad de la que no me apearé nunca.

«No podemos estar escupiendo en el patio de las instituciones porque nos las acabaremos cargando»

P.- ¿Por qué la inspiración del norte para escribir la novela?

R.- Supongo que porque me resulta más fácil, por pura comodidad narrativa. Me resulta más fácil vivir en el norte que en el sur. Sé cómo respira Galicia, cómo llueve Galicia. En este caso, la novela empieza en Cantabria, en el pueblo de Comillas, que se podría parecer. No lo sé, supongo que hay una querencia emocional más que nada.

P.- Claro, porque con Comillas no tienes relación alguna.

R.- Ninguna. Bueno, más allá de la admiración que me produce lo bonito que es, el cementerio tan maravilloso que tiene, el pueblo es una preciosidad, la historia que tiene es muy bonita y me parecía muy atractivo, pero nada más.

P.- ¿Llega al corazón ser una bestseller?

R.- Al corazón no sé, pero sí angustia un poco porque piensas: «Dios mío, si no funciona el nuevo libro, ¿qué va a pasar?». A mí me da mucha angustia decepcionar o defraudar en general a quienes me entregan su confianza. En el caso de los libros, a mis editores que han confiado en mí a lo largo de los años cuando nadie me publicaba, porque el grupo Planeta me empezó a publicar a través de otros sellos que no eran Planeta. Entonces he construido mi carrera con ellos y me da miedo o me daría apurillo, desconsuelo, defraudarlos.

P.- A veces, recibir premios como el Planeta puede ser un peso más que un reconocimiento.

R .- Es una línea preciosa para tu biografía, porque a mí me ha permitido llegar a un montón de lectores que no habría alcanzado de otra manera. El Planeta tiene una resonancia bárbara y cumple su objetivo de fomentar la lectura, que es lo que más me enorgullece. Las hijas de la criada con un premio Planeta es sinónimo de que se haya vendido tanto, que a su vez es sinónimo de leer. Entonces, se ha leído mucho, se ha prestado una barbaridad en las bibliotecas y eso es maravilloso porque, si tenemos algún propósito los que escribimos, es que nos lean y, leyendo, estamos haciendo ciudadanos mejores, yo lo creo. Sé que ha habido alguna polémica reciente con que si leer nos hace mejores personas; yo lo siento, creo que sí porque nos exorciza…

P.- Sobre todo, leer con conciencia.

R.- Nos permite exorcizar nuestros propios miedos, hasta los pensamientos más abyectos, porque todo está en los libros. Para mí, crearlos es sanador, pero leerlos también. Ahora fíjate, desde que ocurrió lo de mi padre estoy zambullida en literatura que cuenta, que narra el duelo, y no sabes lo que consuela. Lo digo en todas las entrevistas, porque creo que ayuda. El jardinero y la muerte, La ridícula idea de no volver a verte y El año del pensamiento mágico de Joan Didion. Tres libros que me están ayudando y, si alguien acaba de perder a alguien querido, se ha asomado al precipicio de la muerte, que busque en la literatura el consuelo. Porque todos hemos pasado por eso. Todos han pasado antes que tú por todo, por un divorcio, por la muerte, por el nacimiento de un hijo con una enfermedad, por el amor y el desamor. Todo está en los libros y te ayuda a canalizar tu sufrimiento.

P.- Y una de las cosas que me sorprende de cómo escribes es la manera de humanizar al personaje que se mueve en una zona muy gris muchas veces en tus libros. ¿Cómo lo haces para poder evitar eso…?

R.- Humanizar. Fíjate qué interesante lo que has dicho.

P.- Yo creo que lo describe a la perfección.

R.- Porque yo tengo una obsesión probablemente heredada de mi formación con mi editora, Puri Plaza, que es fantástica. Desde hace muchos libros me decía que los personajes están en nuestra cabeza, pero el lector los tiene que entender. Todos los personajes pueden entenderse y todos tienen una razón para explicar lo que hacen. En Llevará tu nombre, la madrastra es una mala malísima de libro, nunca mejor dicho, con un carácter muy marcado desde el principio. Y aun así, pese a ser la mala malísima del libro, tiene una explicación. Ella sufrió de niña y por eso ahora, en la novela, se comporta con Mada Riva, la protagonista, de esa manera tan terrible que horroriza a los demás, pero tiene una explicación. Casi todo el mundo, salvo los que matan despiadadamente, los que violan niños, en fin, todo eso, todos los comportamientos suelen tener una explicación. Entonces a lo mejor los humanizo… bueno, trato de entenderlos.

«¿A quién mando al purgatorio? A los hombres a los que he querido»

P.- Está muy mal preguntarle a los artistas, escritores, periodistas, gente que hace un trabajo para el mundo, bueno…

R.- La edad.

P.- No, no, ¿por qué recomendaría su obra?, ¿qué es lo que realmente les gusta de su obra? En una palabra.

R.- Evasión.

Sonsoles Ónega. | Víctor Ubiña

P.- Evasión.

R.- Por lo que me dicen, ¿eh?

P.- ¿Por lo que tú piensas?

«Yo probablemente sea una antigua si reivindico y vuelvo a pedir aquella gran coalición PP-PSOE»

R.- En Las hijas de la criada, la gente… todos llevamos vidas con nuestras mochilas, nuestras cargas, nuestros desconsuelos diarios, pero, de repente, te metes en esta novela y los personajes te hacen compañía durante tanto tiempo como dure la lectura y eso es maravilloso. Esto me dicen los demás, yo no lo sé. Yo no leo mis obras.

P.- Como los actores que no ven sus películas.

R.- Ni mis programas de televisión ni nada. Si tengo que ver algo para corregirlo, me cuesta la vida entera.

P.- ¿Cómo proteges tu proceso creativo del ruido de todo lo que está ocurriendo?

R.- No exponiéndolo mucho, cuidándome de la otra exposición que lleva aparejado el trabajo que hacemos, es decir, procuro no estar en sitios donde creo que no pinto nada, fotocoles y esas cosas, ese ruido no me interesa.

P.- ¿Te ha llegado a dar ansiedad?

R.- Bueno, precisamente los evito para protegerme de esas otras ansiedades e intento ahora porque estoy de promoción, pero por las mañanas, antes de poner un pie en Atresmedia, intento guarecerme en silencio precisamente de todo eso.

P.- ¿Crees que hay algún tipo de lector que, por el mero hecho de que estés en una cadena o en un sitio, no leería tu novela?

R.- Podría ser, y son libres de hacerlo, pero yo creo que mis libros —precisamente por lo que comentaba de tratar de entender a todos los personajes— tienen muchos acentos y trasladan muchos puntos de vista. Creo que la literatura tiene que ofrecer eso: puntos de vista, salidas al lector, que le ayuden a entender su propia vida, pero creo que no me meto en grandes jardines, no porque no me interesen, sino porque no los trato en el programa. Nosotros huimos a conciencia o deliberadamente de la política porque no es un ingrediente que contribuya a enriquecer nuestro producto televisivo, y eso me aparta un poco de la polarización terrible en la que estamos viviendo.

P.- O sea, que se está pudriendo la vida política.

R.- Un poco sí. Fíjate que mi formación es eminentemente política porque pasé muchos años en el Congreso de los Diputados y ahí precisamente aprendí que nadie tiene la verdad absoluta: hasta el partido político más distante de ti tiene su parte de razón a la hora de defender sus argumentos. La época que yo viví hasta que llegó aquella nueva política murió en muy poco tiempo: estos partidos nuevos que iban a resucitarnos, no sé qué espíritu han acabado muriendo. Fíjate en Podemos en Castilla y León sin representación… vidas políticas muy cortas. Pero en la época de Alfredo Pérez Rubalcaba, todavía de Alfonso Guerra, por citar algunos de la izquierda; pero en la derecha, pues la época de Rajoy, de todo aquel equipo que él tenía de gente muy seria, muy formada, con independencia de la ideología, que se tomaba muy en serio el Congreso de los Diputados. Sentarse en un escaño era cosa seria. Yo ahora no aprecio ese respeto que creo que hay que mantener por las instituciones, porque las gentes pasan, pero las instituciones perduran y no podemos estar escupiendo en el patio de las instituciones porque nos las acabaremos cargando.

P.- Terminaremos volviendo al bipartidismo, quizás.

R.- Pues no lo sé. Pero aun con todos sus defectos, el bipartidismo brindó 40 años de gran estabilidad a este país, aunque cometieran sus errores. Sé que soy una antigua si reivindico y vuelvo a pedir aquella gran coalición de la que se hablaba, PP-PSOE, que a los alemanes les dio muchos años de fortuna, de estabilidad y de tranquilidad. Yo creo que la política no tiene que molestar. Y en tanto que moleste a los ciudadanos y sea un motivo de preocupación para ellos, lo estará haciendo mal. El político tiene que hacer su trabajo y ya está. No son ni personajes, ni actores, ni estrellas del rock. Son gestores de todo lo nuestro. Cuanto menos molesten, insisto, mejor. Así que sí, pido eso, pero el bipartidismo ha cometido muchos errores, con concesiones a los partidos independentistas o nacionales que no significan no entender las sensibilidades españolas, que las tiene. España tiene muchas sensibilidades y hay que atenderlas y entenderlas, pero de ahí a rendirnos ante según qué cosas, pues no me parece.

P.- Te tengo que preguntar, en una vida tan ajetreada, cómo es tu rutina…

R.- Me organizo razonablemente bien porque para eso soy muy disciplinada. Por la mañana me levanto, paseo a mis perros, respiro porque además ahora estoy en un momento que he dejado de fumar, de mucha oxigenación. Ahora, como estoy de promoción, me someto a lo que me diga Fátima Santana, que me lleva la agenda y de aquí para allá de la oreja de un plató como este tuyo a otro y recorriendo los medios de comunicación con mucho gusto. Normalmente, de 7.00 a 11.00 trabajo, escribo, el trabajo lo siguiente, leo periódicos, veo las audiencias, escucho la radio, todo eso, pero sin que nadie me moleste. A las 11.00 me voy a la tele hasta las 20.00. Y luego salgo y realmente estoy muy cansada y me voy a mi casa a dormir. Y ya.

P.- Y ya. Hasta ahí.

R.- Los fines de semana también tengo vida, mis amigos y un novio maravilloso, una madre a la que atender y una hermana queridísima y muchas amigas. Luego encuentras huecos, pero tienes que ser disciplinada y no perder el tiempo ni con el teléfono móvil, las pantallitas y todo eso, o ser consciente de que pierdes el tiempo con el móvil.

P.- ¿Me lo dices por ser generación Z?

R.- Pues un poco sí, tengo hijos y sobrinos adolescentes y me abruma la cantidad de tiempo que pierden. Porque puedes perder el tiempo conscientemente, que también es muy saludable; yo hay tardes de domingo que no hago nada y lo disfruto muchísimo, pero me parece que hay un miedo a aburrirse, al vacío, a quedarse sin ver algo en vez de mirar dentro de cada uno, no sé… Pero bueno, consejos doy que para mí no tengo. No consigo que mis hijos hagan lo que a mí me gustaría, pero es verdad que están en la edad de la rebeldía.

P – ¿Crees en Dios?

R.- Sí.

Sonsoles Ónega. | Víctor Ubiña

P.- ¿Cómo es tu relación con él ahora mismo?

R.- De cierta reclamación. Yo creo que soy bastante espiritual. Tengo mis discrepancias con la Iglesia, con la jerarquía, con la estructura pura y dura, pero en Dios sí creo porque, además, a veces me envía señales y me dice cosas.

P.- ¿Cómo lleva el adiós Sonsoles Ónega?

R.- El adiós. Pues mal. Mal porque acabo de despedir a alguien como un padre, un padre muy presente en mi vida y la verdad es que ha sido ha sido un palo durísimo, porque con 78 años que tenía mi padre, creo que no le tocaba morirse todavía. Estaba empezando a disfrutar de la vida, se acababa de jubilar. En otra época sería normal morirse con 78 años, pero hoy no. Era muy joven para morirse, sobre todo porque, aunque tenía una pésima salud, era una pésima salud de hierro y siempre se reponía de cada de cada ingreso hospitalario, de cada recaída.

«A veces, se te paran algunos relojes, y este de la maternidad, pues se me ha parado»

P.- ¿Notas que está más presente ahora que antes incluso?

R.- No. Noto su ausencia terriblemente y me gustaría que estuviera presente. Aprendes a tener otra relación, buscas otra relación distinta que se escapa de lo que yo te pudiera explicar con palabras, porque tiene que ver con las emociones, tiene que ver con recursos que cada uno, supongo que mi hermana también y mi hermano, Fernando, estarán desarrollando su sensibilidad a partir de ahora; no lo sé.

P.- Nunca terminó de leer este último libro, ¿verdad?

R.- No, no le dio tiempo.

P.- ¿Te dio tiempo a ti a hacerle una dedicatoria?

R.- Me dio tiempo a entregárselo y a él le dio tiempo a llegar a la página ciento cincuenta y pico, y nada más. Pero bueno, siempre este libro, en su cortita historia, pues para mí es el último libro que mi padre tuvo entre sus manos en una en una cama de hospital. Y eso forma parte de mi biografía más íntima, claro.

P.- Si tuvieses que cambiar esa dedicatoria y hacerla ahora, ¿podrías decirme cuál sería?

R.- No.

P.- ¿Te lo guardarías para ti?

R.- Sí. De la misma forma que me guardo lo que le escribí cuando se lo entregué. Hay cosas, parcelas y páginas en blanco que rellenas con palabras que no puedes compartir. O no debes.

P.- ¿Cómo se ve Sonsoles Ónega dentro de diez años?

R.- Espero que viva. He puesto todo a disposición de la salud después de ver lo calamitoso que es no tenerla. A veces, cuando me enfado, me veo retirada y, cuando me entusiasmo, el 90% del tiempo, me veo pidiéndole a Dios que me mantenga las fuerzas para hacer lo que sigo haciendo. Y luego, si me pongo muy matemática, digo: «Diez años son tres novelas más, ¿me dará la vida para hacerlas?». No lo sé. Entonces prefiero tampoco planear demasiado.

P.- Hasta que las manos dejen de funcionar.

R.- Hombre, claro. Eso sí.

P.- Si tuvieses que enviar a alguien al cielo, en el sentido metafórico, porque haya sido una buena persona o consideres que es una persona para enviarla al cielo, ¿quién sería?

R.- Pues espero que mi padre esté en el cielo. ¿O tiene que ser un vivo?

P.- El que tú quieras.

R.- ¿A quién mando yo al cielo? Es que tengo un montón de gente para mandar al cielo. Y más ahora que me siento tan rodeada de cariño. Pero bueno, a mi madre.

P.- Si tuvieses que enviar a alguien al infierno…

R.- No te lo diría, porque yo no quiero tener enemigos.

P.- Ni a los que hacen daño a…

R.- ¡Ah!, en una generalidad de estas, bueno, bien, vale. Pensé que querías que personalizara.

P.- No hace falta nada de eso.

«Me consolaría volver a marcar su número y que apareciera»

R.- No, oye, que yo también tengo mis odios, no te creas. No soy una hermanita de la caridad.

P.- ¿Y qué odias?

R.- Bueno, pues odio a los que sienten envidia. Odio a los que no se alegran de los éxitos de los demás.

P.- ¿Considerarías que es el pecado…?

R.- No sé si es un pecado como tal, pero creo que es lo más paralizante en el ser humano. Y con lo bonito que es disfrutar de que a los demás les vaya bien. De verdad te lo digo, igual que te digo no soy una hermanita de la caridad, pero no concibo que alguien no pueda disfrutar de que a ti te vaya bien, y que tengas 23 años y ya tengas un podcast en THE OBJECTIVE y toda la vida por delante. De verdad te lo digo.

P.- ¿Y si tuvieses que enviar a alguien al purgatorio?

R.- Uf. Pues, ¿a quién? Es que se me ocurre una maldad muy grande.

P.- No quiero incitar a que la sueltes, pero si te apetece…

R.- A los hombres a los que he querido.

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