Mercedes Monmany reivindica la memoria de la resistencia femenina frente a los totalitarismos
El libro ‘Algo quedará de mí’ homenajea la lucha de diez heroínas presas contra el nazismo y su epílogo comunista

La escritora Mercedes Monmany.
«¿Por qué los alemanes han prohibido las flores en el gueto; cultivarlas, transportarlas o, simplemente, tenerlas en la mano o en un florero?» Isaac quiere llevarle, a pesar de todo, margaritas silvestres a su amada Ester. Al regresar de los trabajos forzados, día tras día, será descubierto y sometido a interminables sesiones de latigazos por los nazis.
Llega la primavera al Madrid de 2026 y Mercedes Monmany la saluda con un ramillete de mujeres fuertes capaces de reverdecer de esperanza hasta en un campo de concentración nazi. Su libro Algo quedará de mí (Galaxia Gutenberg) cuenta historias como la de Isaac, que brotan como ramas de diez biografías troncales. Cada capítulo arranca con un nombre y el adjetivo que define su función en la estructura coral. Germaine Tillion, etnóloga. Charlotte Delbo, dramaturga. Geneviève, resistente. Violette Szabo, espía. Anne de Bauffremont-Courtenay, aristócrata. Marie Skobtsova, santa. Lise London, brigadista. Marguerete Buber-Neumann, testigo. Milena Jesenská, periodista. Grazyna Chrostowska, poeta.
Una alineación de jóvenes unidas por un sentido de la dignidad que las llevó al campo de concentración nazi de Ravensbrück. Al hilo de cada una de sus historias surge una constelación fascinante de personajes secundarios, datos, citas de escritores e historiadores, romances trágicos, ejemplos increíbles de solidaridad, apasionantes escenas de espías y traidores, reflexiones filosóficas… Una barbaridad de libro magníficamente escrito, con una bibliografía enciclopédica, propia de la erudita en el tema que es su autora, pero que se lee como una novela cervantina, preñada de relatos dentro del relato conectados por el contexto terriblemente fascinante del totalitarismo nazi y su epílogo comunista. Darle unidad, pulcritud y voz identificable a semejante explosión de vida para que al lector le quede esa sensación final de fluidez se antoja labor hercúlea, a la altura del objetivo.
Todo empezó cuando Mercedes Monmany, crítica literaria y ensayista especializada en literatura contemporánea, rumiaba su monumental obra sobre las letras europeas: Por las fronteras de Europa (Galaxia Gutenberg, 2015), un «atlas espiritual», en palabras de Claudio Magris. «Yo soy europeísta. Con todos los fallos que puede tener Europa, incluidos momentos vergonzosos, catastróficos. Ha tenido tiranías y también ha tenido lo mejor. Cuando acabé Por las fronteras de Europa, con sus 1.500 páginas y 320 autores, vi que le salían varios temas colaterales».
Uno, «evidentemente transversal», era el Holocausto: «Para condensar los seis millones de víctimas y explicarlo en un libro, escogí tres escritoras que me gustaban mucho y murieron en Auschwitz: la francesa Irène Némirovsky, la poeta berlinesa Gertrud Kolmar y la joven escritora de diarios Etty Hillesum. De ahí salió Ya sabes que volveré (Galaxia Gutenberg, 2017)», que ganó el Premio Internacional de Ensayo José Manuel Caballero Bonald. Pero todavía no quedó Monmany satisfecha: sintió la necesidad de responder a la llamada del exilio, «un tema que se daba en todos los países a lo largo del siglo XX y que nos ha afectado mucho a los españoles», así que escribió Sin tiempo para el adiós (Galaxia Gutenberg, 2021), para recordar a algunos de los más grandes creadores obligados a emprender tan doloroso camino.
Ejército en las sombras
Tampoco fue suficiente. La vocación rescatadora de historias de Monmany no descansa. «Siempre pensé que quedaba una parte sin contar». De la Resistencia a los nazis se ha escrito hasta la saciedad desde un determinado perfil, el de «los grandes historiadores, admirables (a muchos los he leído), que han hecho el relato bélico. Pero creo que había que insistir en la parte privada: cómo se rebela un ciudadano normal, porque muchos no estaban ni siquiera organizados. En algunos casos eran chicas jóvenes, como Germaine Tillion, una joven antropóloga que camina por una calle de París, recién llegada de una investigación etnológica en el norte de África, oye el discurso de Pétain en el que declara la rendición de Francia… y se pone a vomitar».
Germaine Tillion es la primera de las diez biografías troncales del libro. Todas de mujeres. «Me interesaba hablar de ellas, tan injustamente olvidadas. De las medallas a los Compañeros de la Liberación que instauró De Gaulle, las mujeres recibieron seis de un total de 1.036, cuando estaban en todas las células de la resistencia y muchas eran incluso jefas de redes. Pero aquellos tiempos…» Monmany las reivindica hoy como «el otro ejército de las sombras» en referencia al apelativo de la Resistencia francesa liderada por el mítico Jean Moulin.
Dentro del universo femenino, escogió figuras de las que ella, «como investigadora, pudiera encontrar huellas, porque no puedes partir de cero». Aunque hay casos de rescate a pulso, de duro trabajo en los archivos más alejados de la luz, como el de la polaca Grazyna Chrostowska: «Se sabía que escribía poemas, pero la fusilaron a los 21 años. ¿Qué biografía podía dejar? Quién sabe qué hubiera llegado a ser… Te queda el enigma de tantos talentos masacrados, interrumpidos… Había chicos de 15 años que ya empezaban a escribir».
Monmany se impuso «biografías simbólicas. Por eso les he puesto un adjetivo a cada una, para demostrar el pluralismo de procedencia: la Resistencia era muy diversa. Había, por ejemplo, jóvenes periodistas como Milena Yesenská, a la que siempre se nombra como la novia de Kafka, pero que ejercía su profesión con gran valor para denunciar la xenofobia en diferentes países del centro de Europa. O Marie Skobtsova, reconocida como santa por la Iglesia ortodoxa tras una historia rocambolesca que empieza en la Revolución Rusa como poeta, sigue como alcaldesa de una ciudad rusa y concluye con su ordenación en una parroquia ortodoxa de París con la condición de no quedar recluida en un convento… que se cumplió, porque se metió en la Resistencia».
Sacrificio y solidaridad
Tremendo. Y así, página tras página. Porque, además, de cada biografía troncal, como decíamos, surgen historias colaterales como la anónima del enamorado Isaac, pero también reflexiones de gente como Primo Levi o Todorov y cientos de derivaciones maravillosas. Pero el núcleo irradiador se mantiene magistralmente constante en el escenario que convoca todas las narraciones: el campo de concentración de Ravensbrück. «Hay detalles documentados de lo que hacían con las chicas que mandaban allí, cosas terribles, pero ellas decidieron sacrificarse. Creo que la Europa en la que vivimos ahora más o menos cómodamente, con nuestros derechos, nuestros colegios, nuestros hospitales… tiene que recordar que viene del sacrificio de quienes no rindieron su dignidad».
Dignidad proyectada en una solidaridad que las circunstancias extremas realzan hasta dar en anécdotas que emocionarían a un corazón de piedra. Cuenta, por ejemplo, una de las protagonistas, Geneviève, que lo que le hizo «aguantar en el campo de Ravensbrück una hora, dos, tres, en medio del frío y de un agotamiento atroz, durante los recuentos, que teníamos que sufrir de pie», fue «un libro. Un pequeño y humilde librito, fabricado con tres hojas y un lápiz robado por mi amiga Jacqueline d’Alincourt en la oficina de nuestra vigilante. Se trataba de algo vital para ella; había robado y arriesgado su vida para esto: hacer un libro y regalárnoslo por Navidad. Dobló las hojas y les pasó un hilo de lana por los agujeros. Como si fuera un verdadero libro, en la primera página había escrito: ‘Ravensbrück, Noël 1944’».
Las heroínas de Ravensbrück se niegan perder su esencia humana. «No soy una roca, no soy un árbol», escribirá una. Y la cultura se convierte en un tesoro indispensable para luchar contra la zapa deshumanizadora de los nazis. El lenguaje es un arma indispensable. Todas sienten la necesidad de dejar testimonio, todas escriben como pueden, donde pueden… Para que algo quede de ellas. «Non omnis moriar» en el verso de Horacio que da título al libro.
La primera de las biografías troncales, la de Germaine Tillion, está hábilmente situada al principio para proporcionar al lector una primera visión de conjunto de Ravensbrück. «La conocí a través de Todorov, que habla bastante de ella. Penetra en ese mundo analizándolo como la antropóloga y socióloga que es, con un examen detallado que recoge multitud de testimonios y una claridad de ideas notable». Las redes de solidaridad y unas amistades imposibles en otros contextos mantienen alejadas «la brutalidad egoísta» en la que caen algunos o la desesperación total de los llamados «musulmanes», esos «esqueletos vivos que han renunciado a sobrevivir».
El gulag soviético
Precisamente por la intensidad de ese parapeto del bien, escuece más la nota amarga de quienes no admitieron la evidencia de la prolongación de aquel infierno en el gulag soviético. Cuando una de ellas, comunista, repudia el testimonio de una víctima, «sus antiguas amigas del campo de Ravensbrück no la pueden entender […] escucha durante cerca de una hora, pero pronto se ve que no llega a creerse todo lo que está oyendo. Su ser entero se opone, su cerebro se cierra. ‘Era la militante la que hablaba —se dirá más tarde Geneviève, acerca de este encuentro fracasado—, no era la gran humanista que yo había conocido en Ravensbrück’»
Monmany recuerda que Carrillo explicaría más tarde que «el ‘componente religioso’ era esencial para mantener aquella fe ciega en una doctrina, sobre la que no cabía discusión, tal y como haría cualquier acólito ferviente de una iglesia o secta, las que fueran. Las dudas no eran posibles». La locura estalinista llega al clímax cuando Lise London, «convencida de la culpabilidad de su marido» en uno de los juicios farsa de 1953, «llegó a solicitar el divorcio». En su libro La confesión, Arthur London cuenta que ella le dijo: «Si supieras cuánto sufro […] si no fuera tan profundamente comunista y estuviera tan segura de que nuestra causa es justa y que no debe hacerse nada que pueda hacerle daño, procedería como una simple mujer y gritaría bien alto mi convicción en la inocencia de mi marido».
En aquel caso, el amor terminó triunfando. En un último encuentro, él la abraza y le susurra: «No creas en nada. No es verdad. Y ella le cree». Hay más historias de amor maravillosas en el libro, pero probablemente una las supere todas. Ya se había producido la liberación de París, liderada por el mítico Henri Rol-Tanguy, cuyo hijo resultó ser buen amigo del hermano de Mercedes Monmany, por cierto, para sorpresa de esta (casualidad, destino que orienta la vocación…), y la esperanza eclosionó en la «ansiada Liberación» de Ravensbrück. Charlotte Delbo la vivió con una visión de su marido, del que la dejaron despedirse una mañana del 23 de mayo de 1942, en plena primavera, antes de fusilarlo. «Volvió para contarme que murió por el pasado y por todos los porvenires. Sentí que me estallaba la garganta. Mis labios quisieron sonreír, pero era porque volvía a verlo. No podéis comprender quienes no habéis escuchado el latido del corazón de quien está a punto de morir».
«Pensaba titular el libro Primavera en Ravensbrück. Charlotte Delbo habla mucho de la primavera en sus poemas, de su ‘enamorado del mes de mayo…», dice Monmany ahora, en este comienzo de la primavera de 2026 en Madrid. Al final quedó como subtítulo. Lo importante, efectivamente, es la restitución a través del recuerdo de esas mujeres valientes que nos preservaron la dignidad cuando más lo necesitábamos. Pero por dentro, por las venas de esa memoria, fluyen las historias como las de Isaac, que quiere llevarle, a pesar de todo, margaritas silvestres a su amada Ester. El final de Algo quedará de nosotras cuenta en qué acabó el la obcecación de Isaac. Una delicia de postre. No haremos spoiler: el que quiera saborearlo debe navegar el horror páginas arriba hasta llegar a la verdad: «La primavera nunca moriría para todos estos jóvenes valientes y obcecados que jamás dejaron de luchar para que volviera el tiempo de ir a recoger flores al campo».
