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Literatura

La receta literaria de Foenkinos para el miedo a vivir

El autor francés propone en ‘Todos aman a Clara’ el proceso de escritura como mecanismo metafórico de autoayuda

La receta literaria de Foenkinos para el miedo a vivir

David Foenkinos. | © Catherine Hélie

Todos aman a Clara (Alfaguara), de David Foenkinos (París, 1974), quiere curarnos «la esperanza de la amnesia». Nada menos. El remedio lo destila (gran spoiler) la literatura. El lector que no se anime a escribir después de esta novela es que no tiene tinta en las venas.

Uno de los autores franceses más leídos y traducidos de su generación, ganador del Renaudot y el Goncourt des Lycéens, Foenkinos es carne de curso de escritura. Prosa de calidad, pero sencilla y cercana, inspiradora. Justo cuando terminaba de leerme Todos aman a Clara, un amigo me comentó que era el autor favorito de su taller literario.

Una casualidad, causalidad, sincronicidad o como se le quiera llamar, muy del estilo de las que van haciendo avanzar la trama de la novela. De mejor categoría literaria las suyas, eso sí, para qué vamos a engañarnos. Y a toda velocidad: Foenkinos tiene prisa. Va al grano. La novela dura 200 páginas justas con generoso cuerpo de letra y tiene mucho que contar.

La primera parte profundiza en la biografía de Alexis Koskas, exitoso empleado de un banco de inversión para millonarios que atraviesa una crisis de la mitad de la vida de libro. En todos los sentidos. «Alexis Koskas es probablemente un hombre de cincuenta años [como Foenkinos, por cierto]. A veces se siente viejo, a veces se siente joven. La duda es el eslogan de sus días».

El retrato continúa con lo que pronto se revelará como el sentido de su vida: «Tiene una hija de diecisiete años que se llama Clara». Pero «hace unos meses, la adolescente sufrió un grave accidente. Para Alexis ya nada es igual. Algunos martes se le han vuelto jueves. En ese contexto, se matriculó en un curso de escritura». Ahí conocemos a su profesor, el peculiar Ruprez, que dejó de escribir tras publicar una misteriosa novela hace 40 años y apenas sobrevive entregado a una melancolía autocomplaciente y cerrada, absoluta. De libro, también.

Vocación literaria

Cuando le preguntan por qué dejó su vocación literaria, Ruprez tira de Aristóteles: «La contemplación es el acto más noble del hombre». Sus alumnos sospechan que «el libro no triunfó nada en su momento. Eso te puede dar ganas de acabar con todo». El hecho de que esté descatalogado y apenas haya noticias de él parece apuntar en esa dirección. Alexis no se conforma. Piensa: «Tal vez Ruprez hubiera sufrido demasiado escribiéndolo. Cuántos artistas no acaban renunciando a crear con tal de no hacerse añicos el corazón». Aunque esta referencia a la intimidad no termina de cerrar el círculo. Cuando la alumna más talentosa del curso, Amélie, le suelta a Alexis el gran tópico —«Escribo para mí»—, este «se dijo que mentía. Nadie escribe para sí».

En paralelo a la intriga Ruprez, un flashback describe el matrimonio de Alexis con la cineasta Marie, el nacimiento de Clara y el divorcio tras una infidelidad de Marie. Alexis rehace su vida con otra mujer, y el autor no se muestra muy sutil en la metáfora de la reconstrucción (ya dijimos que tiene prisa): «Aunque no vivían juntos, hablaban a diario sobre lo que hacían, tejiendo un hilo narrativo de sus respectivas vidas». Pues eso. Y Alexis sufrió mucho al principio de la separación de Marie: «Durante meses, todo cuanto vivió le resultó insulso, porque ya nada quedaba validado por la escucha de la mujer amada». Nadie escribe para sí.

El punto álgido del flashback es, por supuesto, el accidente de Clara, que la deja en coma. Trastorna a los padres. Los une. Hacen camisetas con la frase «Todos aman a Clara» y la reparten entre sus compañeros de instituto. Clara se hace viral en redes sociales. «En su profundo letargo, la chica se haría popular. Tendría cada vez más seguidores en Instagram y en TikTok; la situación era absurda». Foenkinos culmina el pasaje con una de sus irónicamente escuetas notas a pie de página: «La modernidad».

Tras ocho meses y ocho días (los números, los paralelismos, las casualidades «significativas» son constantes), Clara despierta. Pero no es la misma. Tiene visiones, unos «flashes» que le permiten leer a la gente. Abrumada por su poder, consigue encauzarlo a través de una bondad sin fisuras que hace de los pasajes que le dedica este tramo de la novela algo cercano a la hagiografía. ¿Supondrá el actual gusto por lo esotérico una resurrección del género?

Memoria envenenada

A través de su padre accede al drama oculto en su profesor de escritura. El foco pasa definitivamente a Ruprez. «A Alexis le divertía la alianza improbable entre ‘una joven que ve y un escritor que ha dejado de ver’. La pérdida de inspiración o de deseo literario es una manera de ‘dejar de ver’ para un novelista». Ruprez, por su parte, se siente descolocado porque «nadie había logrado jamás acercarse a su mente de un modo tan preciso. Clara deambulaba por su vida a la manera de una narradora omnisciente […] Escuchándola se dijo que le recordaba con exactitud a lo que sentía cuando escribía. Las ideas acudían y él solo tenía que transcribirlas». Clara «le había cogido cariño de inmediato […] Sabía que él aún no había llevado a cabo su misión».

No destriparemos los detalles de esa misión. Digamos solo que en el centro hay una estatua en el cementerio protestante de Roma, el Ángel del dolor. A su alrededor, la temperatura esotérica sube en paralelo con el subrayado de la metáfora evidente vida-literatura, con el clímax de la cita de Libro de familia, de Patrick Modiano, en la que un personaje soñaba con librarse «de una memoria envenenada» hasta exclamar: «Lo habría dado todo en el mundo por tener amnesia». Clara se sentía «en profunda sintonía con aquella sensación, una forma de lucha entre la invasión del pasado y la esperanza de la amnesia».

La esperanza de la amnesia… ¿Puede una frase justificar todo un libro? El autor se precipita a añadir: «En el fondo, era consciente de que, sencillamente, hay que aceptar lo que recibimos». El tufillo a manual de autoayuda que desprenden frases como esta o la que recuerda que «de nuestros fiascos podía nacer el resplandor de triunfos futuros» quizá desluzca un tanto el sabor literario de una novela, por otro lado, bien construida. Lo suficientemente, por cierto, como para que el lector llegara por sí mismo a unas conclusiones que, sí, de acuerdo, son ciertas y… necesarias.

Foenkinos nos explica por qué (o, más bien, por quiénes) debemos romper a escribir: a vivir.

Y si el narrador tiene que usar expresiones como «la mar de» o «un pelín» para que el mensaje aumente su radio de acción (o sea, para que se lea: se escuche más), pues adelante.

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