Occidente y el tiempo: una historia cultural
El historiador François Hartog analiza en ‘Cronos’ cómo cada época organiza su relación entre pasado, presente y futuro

El historiador francés François Hartog. | Wikimedia Commons
En esto no hemos cambiado. Seguimos teniendo una relación tan conflictiva como paradójica con el tiempo. Respecto a este segundo aspecto, buena parte de los mortales suscribirían el famoso dictamen de Agustín de Hipona (siglos IV-V), convertido en tópico casi insoslayable cuando se aborda el tema: «¿Qué es, pues, el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé, pero si trato de explicárselo a quien me lo pregunta, no lo sé». Peor aún es el balance si nos detenemos en la vertiente conflictiva, pues nuestra época mantiene una relación esquizofrénica con Cronos, objeto preciado de deseo siempre insatisfecho, tirano implacable de nuestras vidas.
Lo que sigue llamando la atención es el desfase entre nuestra estrechísima familiaridad con el tiempo —todos lo mencionamos de una u otra forma incontables veces al día para quejarnos o justificarnos— y la relativa escasez de consideraciones de calado sobre él y sobre nuestra relación con él. No estoy hablando de altas disquisiciones, experimentos y teorías solo al alcance de científicos y, en concreto, físicos y otros especialistas en la materia. Me refiero tan solo a reflexiones sobre su proyección en nuestro mundo que vayan más allá de una mera funcionalidad.
Al señalar este punto, el lector español interesado es probable que recuerde algunas obras, disponibles en nuestro mercado editorial, que han alcanzado categoría de clásicas o referencias indispensables. Me refiero, por ejemplo, a la celebérrima Breve historia del tiempo, de Stephen Hawking, convertida en insólito bestseller. Pero, más allá de ella, puedo aludir a varios libros fundamentales, como Futuro pasado: Para una semántica de los tiempos históricos, de Reinhart Koselleck, y El orden del tiempo de Krzysztof Pomian, entre otros de similar ambición. Los menciono aquí, sobre todo, porque estos últimos analizan la cambiante concepción sociocultural del tiempo en la historia, la dimensión que básicamente nos va a ocupar en este comentario.
En este ámbito de historia cultural hay ahora que añadir un volumen denso y erudito sobre las raíces antropológicas del tiempo, es decir, la necesidad humana de concebir la realidad mediante ese recurso y las consecuencias que de ello se siguen. Se trata de Cronos. Cómo Occidente ha pensado el tiempo (traducción de Norma Durán, Siglo XXI editores). Su autor, François Hartog, es un historiador francés que lleva buena parte de su carrera académica y su actividad intelectual dedicadas a este tema apasionante en sus más diversas vertientes, pero con especial hincapié en su dimensión histórico-cultural.
Una cuestión tan compleja parece exigir en primer término una clarificación de objetivos, en el doble sentido de lo que este libro no es y lo que sí pretende ser. Para dilucidarlo, nadie mejor que el propio Hartog, del que tomo la argumentación en forma resumida: no persigue, dice el autor, hacer «una filosofía del tiempo en Occidente, ni una historia del tiempo desde la Antigüedad hasta nuestros días, ni un inventario de las técnicas cada vez más precisas para su medición». Su intención, por expresarlo en términos simplificados, es escribir un ensayo sobre las distintas concepciones del tiempo que se han ido sucediendo en el mundo occidental.
Diversas interpretaciones
Con este propósito, tras un prefacio sobre el presente y una introducción sobre el paso de la concepción griega a la cristiana, Hartog organiza el volumen en seis grandes capítulos que nos permiten transitar desde «el régimen cristiano de historicidad» y la ordenación cristiana del tiempo hasta nuestro presente y, más aún, nuestra propensión al presentismo. En el intervalo, se pasa revista a las más diversas corrientes y autores, desde los escolásticos y humanistas hasta los ilustrados, desde Bossuet y Newton hasta Renan, por cuanto tales movimientos ideológicos y pensadores concretos contribuyeron en no escasa medida a modelar nuestra interpretación del tiempo.
No puedo negar que el itinerario que recorremos de la mano de Hartog no es apto para todo tipo de público y más de uno puede perderse en el camino o sentir la tentación de abandono ante un nivel de exigencia conceptual y una exposición sin concesiones a la facilidad. El autor no desdeña a veces un cierto didactismo, pero el libro en su conjunto se sitúa —para entendernos— en el espacio de la alta divulgación. No es fácil por ello ofrecer un resumen fiel de su contenido sin incurrir en cierta trivialización. Compendiar en unos cuantos párrafos los argumentos de Hartog implica algo parecido a una traición o, cuanto menos, una simplificación que puede no hacerle justicia ni al autor ni al libro.
Resignándonos, pues, a esa esquematización antedicha, podríamos señalar que la idea central que transmite Hartog es que cada época organiza a su manera la relación entre pasado, presente y futuro, y de esa organización deriva su concepción del mundo, su ubicación en la historia, sus objetivos y hasta el sentido de la vida. A partir de esta premisa, no se trata tanto de hacer un recorrido exhaustivo por el pasado occidental cuanto escoger momentos decisivos o simbólicos para ver cómo va cambiando la relación de cada sociedad o civilización con el tiempo.
En el mundo griego, por ejemplo, se distinguían varias formas de temporalidad: chronos era el fluir continuo del tiempo; kairós, el instante preciso en el que se debe actuar, y krisis, el momento decisivo en un determinado proceso. El tiempo en la Antigüedad clásica, lejos de ser un continuum homogéneo, contenía cualidades, rupturas y encrucijadas. El cristianismo produjo en este, como en tantos otros aspectos, un profundo cambio, una revolución. Su entendimiento lineal del tiempo establecía un principio (Creación), un término (Apocalipsis) y, entre ellos, un punto de inflexión (nacimiento de Cristo). El tiempo humano se insertaba aquí como una espera, en la que el punto final, convertido también en fin/objetivo, adquiría un sentido preciso: la salvación y la vida eterna.
Desconfianza en el futuro
Lo que se conoce habitualmente como Modernidad (desde los siglos XV-XVI), más que cambiar el esquema, opera sobre él, produciendo versiones secularizadas de la escatología cristiana. De este modo, el objetivo o promesa de salvación se traduce en fe en el progreso, pronto convertido en nuevo mito movilizador. De las reformas sociales a las grandes revoluciones, pasando por toda suerte de utopías, la convicción de que la humanidad se dirige a un futuro mejor, más próspero y más justo, robustece una concepción lineal del tiempo y de la historia que la Ilustración primero y las doctrinas políticas del XIX después llevarán a su máxima expresión. El propio siglo XX abreva en ese hontanar.
¿Estamos nosotros, ciudadanos del siglo XXI, en esa misma dinámica? ¿Sigue siendo nuestra concepción del tiempo deudora o heredera de tales parámetros? Es evidente que, en gran medida, así es. No obstante, Hartog dedica un considerable espacio en la última parte de su ensayo al fenómeno del presentismo: el presente se hipertrofia y ocupa un espacio desmesurado. O, visto desde una perspectiva complementaria, despreciamos o, como mínimo, instrumentalizamos el pasado en función de las necesidades actuales, desconfiando al mismo tiempo de un futuro que ha dejado de ser lo que era.
Aunque suele decirse que nuestro tiempo se caracteriza por una dinámica enloquecida, que nos esclaviza y nos hace vivir a un ritmo frenético, inhumano —y todo ello es cierto—, otro rasgo esencial es, por decirlo suavemente, esa desconfianza cada vez más patente en el futuro. Gran parte de los fenómenos sociopolíticos actuales pueden entenderse a partir de esa clave de malestar presente, inevitable antesala de incertidumbre, vértigo, temor al porvenir. No-futuro. Y el pasado, como un fardo, un lastre. Así, agobiados, tenemos la impresión de avanzar cada vez más rápido hacia ninguna parte.
Este libro, como la mayor parte de los buenos ensayos, ni simplifica ni, mucho menos, trata de ofrecer soluciones, sino que nos confronta a incógnitas y perplejidades para las que aquí y ahora, en este tiempo que vivimos, no sabemos muy bien qué hacer. Si cada época crea su propia concepción del tiempo, el de nuestra era se asemeja a un laberinto cuya salida desconocemos. El tiempo no es lo que miden los relojes, sino nuestro modo de concebir el mundo. En este sentido, nos miramos en él como en un espejo. Y muchos solo parecen atisbar las sombras amenazantes de un nuevo Apocalipsis.
