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Cultura

Las nubes de Constable y los soles de Turner

Las pinturas de Constable invitan a pasear por los prados e imaginar lo que no se puede ver cuando el río se curva

Las nubes de Constable y los soles de Turner

'A Vivid Sunset' de John Constable.

A lo largo de su carrera, John Constable (1776-1837) pintó innumerables bocetos de nubes y cielos. En 1819 alquiló una casa en Hampstead Heath con la esperanza de que el aire puro aliviara la tuberculosis de María, su mujer. Allí, en lo que él consideraba su «observatorio» natural de fenómenos meteorológicos, desarrolló una costumbre inédita que llamaba «skying», a través de la cual, entre 1820 y 1823, creó todo un archivo de formas de nubes, una especie de «historia natural» de los cielos.  

Siempre detallista y minucioso, dibujaba cada una diferente, como si tuvieran su propia personalidad: unas capturan la sensación de movimiento, otras una iluminación plateada o bien una capa verdosa; las hay resplandecientes, alumbradas por la luz de poniente o cargadas de lluvia y a punto de disolverse; algunas están agrupadas en gradaciones de toques más claros y más oscuros; hay nubes con bordes luminosos y otras que no parecen tenerlos.  

A veces las enmarcaba en el principio de la copa de un árbol o en un trozo de campo, pero, por lo general, su vista estaba firmemente dirigida al cielo. Para reflejar su conocimiento de las nuevas investigaciones meteorológicas sobre la clasificación de las nubes, pero también la sensibilidad climática que le inculcó el trabajo en el molino de viento de su padre, solía anotar en estos bocetos las condiciones atmosféricas dominantes.

El interés de Constable por pintar estas formaciones surgió cuando empezaba a ser criticado por inexactitud y por la intrusión de los cielos en sus pinturas paisajísticas expuestas en la Royal Academy. Estos estudios pueden considerarse una forma de respuesta a aquel público. Sin embargo, en una carta a su amigo John Fisher, precisaba que su objetivo era más profundo. Para él, el cielo tenía que ser la «nota clave» de cualquier paisaje y pintarlos requería del acto lento, paciente y repetitivo de observar y registrar. Estos pequeños y aparentemente espontáneos apuntes, por otro lado, tan precisos, documentaban un día concreto de hace casi 200 años.  

Caspar David Friedrich, contemporáneo suyo, podría haber codiciado para su Monje frente al mar (1808-1810) cualquiera de sus composiciones celestes, pues las hay pobladas por pájaros sugeridos apresuradamente mientras se deslizan por el aire y otros que vuelan en círculos, puestas de sol y magníficas mañanas grises de nubes sólidas sobre la campiña inglesa que, a veces, se abren en grandes agujeros dejando un trozo de cielo descubierto por el que se cuelan rayos tendidos de luz. 

En los últimos años de su vida, Constable impartió unas conferencias sobre el arte del paisaje. Entonces comentó una copia que había hecho de una escena invernal del pintor holandés Jacob van Ruisdael (1628-1682) que representaba un deshielo inminente, con el suelo cubierto de nieve y los árboles blancos. En el centro de la escena hay dos molinos de viento: uno tiene las velas enrolladas en la posición en la que se encontraba al pararse y el otro conserva aún la lona en los palos y gira en otra dirección. Las nubes se están abriendo por el resplandor del cielo que viene del sur, un cambio que en la mañana producirá el deshielo. 

En esta descripción, los cambios del clima y quizás también del mundo se proyectan a través de las aspas. El interés de Constable no parecía residir en la composición, el color o la representación de la vida rural que hace Ruisdael, sino en el movimiento de los molinos y las nubes, basándose en su aprendizaje de niño cuando, en East Bergholt, los observaba y empezaba a ver la vida atentamente a través del tiempo. En uno de sus primeros dibujos, reprodujo una composición célebre: El molino (1645-1648) de Rembrandt. 

La exposición de la Tate Britain que cierra hoy celebra el 250.º aniversario del nacimiento de Joseph Mallord William Turner y John Constable, en 1775 y 1776, respectivamente. El recorrido por las salas explora la forma en que cada uno de estos contemporáneos, colegas y rivales forjó su identidad artística. Ambos reinventaron y elevaron el género paisajístico, sentando las bases de un rico legado que estallaría con el impresionismo y se perpetuaría en el siglo XX.  

Turner y Constable, rivales y originales, deja en el espectador una sensación física de los días nublados y el olor a lluvia sobre la campiña inglesa que pintaba Constable, frente a los soles de Turner, pues nadie como él dio tanta importancia a los atardeceres sobre el mar de Italia teñidos del color del fuego. Su manera de ceder el protagonismo a la naturaleza, observarla detenidamente, apuntando la hora del día y el tiempo que hacía, era algo desconocido hasta entonces.  

Turner fue un viajero intrépido que sentía un impulso irrefrenable por conocer otros países, observar el cambio del paisaje y el dramatismo de los cielos. Pintaba en los Alpes escarpados, en mares de hielo o en los glaciares, y su mirada topográfica, anterior a la fotografía, intensificaba su maestría del paisaje. Sus cuadernos transmiten una sensación de soledad total frente a la inmensidad. La aproximación a su obra es emocionante, distinta y en sus acuarelas improvisaba, usaba los dedos, arañaba algunas zonas con el final  del pincel o retiraba la pintura con una uña para crear claros o acentuar el detalle de la cresta de una ola. 

Conseguía una luminosidad asombrosa con la que parecía atrapar la temperatura, la luz detrás de una nube y el reflejo en el agua. Su capacidad era tal que, a veces, rozaba la abstracción. En las salas donde se expone su obra tardía está Amanecer en Norham Castle (1845), donde no representa el paisaje como lugar, sino como una condición de la luz. Turner regresó al castillo para disolverlo, no para describirlo, como si su recuerdo prevaleciera sobre su forma real. El torreón, apenas perceptible, emerge de una atmósfera luminosa que, a la vez, parece también consumirlo. El amanecer no es un fondo, sino el verdadero protagonista donde la luz se expande al tiempo que diluye la estructura en reverberación. 

El paisajismo anterior a Turner y Constable no tenía entidad propia, sino que se limitaba a ser el fondo de una Virgen, de un retrato, una batalla o a reproducir la vista tras una ventana. Turner y Constable impusieron un lenguaje nuevo y cimentaron el de los años venideros, desde Delacroix —siempre deslumbrado por ellos— hasta el de los primeros impresionistas. 

La costumbre de viajar incansablemente alimentó la obra de Turner. Aunque Constable reprodujo más lugares de los que creemos, solemos asociarlo a su «país natal», es decir, a una zona de aproximadamente una milla cuadrada a orillas del río Stour, en la frontera entre Suffolk y Essex. La intensa y persistente atención a su tierra catalizó su innovadora búsqueda de una representación naturalista del paisaje, mientras que Turner adoptó un dramatismo mayor en unos temas geográfica e históricamente más amplios. 

Ambos artistas habían nacido en los primeros años de la Revolución Industrial, una época en la que también se inventaron los colores que utilizarían los nuevos artistas. El conocimiento de su composición química, estabilidad ante la luz o cualquier incompatibilidad con otros colores no se desarrolló hasta después de su muerte. 

Las cajas de pinturas de ambos sobrevivieron junto a una amplia selección del material que había en el estudio de Turner al morir. La Tate conserva sus tres paletas de madera para óleo, mientras que las de acuarela eran de cerámica blanca. La caja de Constable es más pequeña que la de Turner y la mayor parte de su contenido son ampollas de pintura. Tenía otra lo suficientemente grande como para apoyarla en las rodillas mientras realizaba bocetos sobre cartón que encajaban perfectamente en su tapa, para llevarla de vuelta a casa. Las pinturas en tubo estuvieron disponibles al final de la vida de Turner, pero su caja contiene una de amarillo cromo. 

Entre 1800 y 1816, Constable creó gran cantidad de óleos al aire libre. En los veranos de Suffolk pintaba  amaneceres y atardeceres, también empezó un cuaderno de bocetos en el que solía meter trozos de helechos y otras plantas que encontraba para conservar el recuerdo de los sitios, una práctica que compartió con Turner. 

Las pinturas de Constable invitan a pasear por los prados e imaginar lo que no se puede ver cuando el río  se curva y desaparece ante la vista. Sus cuadros están llenos de cosas: carros, esclusas, catedrales, barcos, caballos, ovejas, barqueros y gente pescando; juncos, sauces, campos de maíz, setos, olmos, robles y arcoíris. Le atraía el sonido del agua escapando de las presas de los molinos, las viejas orillas, los  postes musgosos y los ladrillos. 

Turner, que viajó más lejos, muestra puertos de montaña, mares embravecidos, barcos de vapor y la contaminación atmosférica de Londres. Pintó el incendio del Parlamento, desastres marítimos y tormentas atroces, el Arca de Noé en la tarde del Diluvio y a Moisés escribiendo el Génesis. En Staffa, la cueva de Fingal (1832), dibujó el sol como una bola de billar descansando en el horizonte, las rocas a la izquierda recogen los últimos rayos, mientras la lluvia avanza junto con el rastro de humo del barco de vapor. 

Constable murió en 1837, a los 60 años, y Turner en 1851, a los 76. Ambos se mantuvieron activos intelectual y artísticamente los últimos años de su vida, pero a principios de 1834 Constable reconoció encontrarse tan débil que «apenas he podido hacer nada». Sus obras expuestas ese año, todas sobre papel, incluían un dibujo de un árbol. Junto con las nubes, los árboles proliferan en sus estudios, reflejando su amor por ellos y el interés por capturar las particularidades entre las diferentes especies.

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