'Nouvelle Vague': Richard Linklater cuenta cómo se rodó 'Al final de la escapada' de Godard
El director tejano recrea en una estupenda película la revolución estética que marcó la historia del cine

'Nouvelle Vague'. | Elástica Films
¡El chovinismo francés en jaque! Aparece un estadounidense, tejano para más señas, y hace un peliculón sobre el rodaje de uno de los títulos más emblemáticos de la nouvelle vague, Al final de la escapada de Jean-Luc Godard. Para colmo, la filma en francés, demuestra un grado de erudición increíble y no se le cuela ni una sola pifia. El tejano se llama Richard Linklater y su película Nouvelle Vague. Quizá el orgullo patrio herido explique por qué esta estupenda cinta, que celebra la creación cinematográfica y recrea un momento mítico de la historia cultural francesa, se fue del último festival de Cannes sin un solo premio. La presidenta del jurado era Juliette Binoche y quizá pensó: ¡hasta aquí podíamos llegar: un maldito tejano metiendo las narices en nuestro jardín!
Hace apenas un mes, Linklater estrenó la muy recomendable Blue Moon, un retrato del artista en pleno naufragio, cuyo protagonista era el alcoholizado letrista Lorenz Hart, dejado de lado por su socio, el compositor Richard Rodgers, por su comportamiento errático. Llega ahora Nouvelle Vague, que es de algún modo su reverso: el vibrante retrato de un artista joven, rebelde y lleno de vitalidad. En este caso se trata de Godard cuando dio el salto de crítico de Cahiers du Cinéma a director de su primera película, Al final de la escapada. Es decir, Godard antes de convertirse en un genio resentido e insoportable, antes de enemistarse agriamente con François Truffaut, antes de hacerse maoísta en un momento en que ya se sabía lo que sucedía en China y dar ese paso significaba ser un cínico o un cretino. Esa etapa de politización —la de las barricadas del mayo francés y la filmación de La Chinoise— está recreada en la divertida, desmitificadora y muy recomendable Mal genio de Michel Hazanavicius, que indignó a los devotos e idólatras de Godard.
Al final de la escapada es —junto con Los cuatrocientos golpes de Truffaut, rodada un año antes— el largometraje más emblemático de los inicios de la nouvelle vague. La manera de entender el cine de estos jóvenes realizadores, que venían de la cinefilia y de la crítica, supuso una revolución estética. Siguiendo la estela del neorrealismo italiano, sacaron las cámaras de los estudios y las llevaron a las calles. Impregnaron el celuloide de vida real, frescura y juventud. Provocaron un movimiento sísmico cuya influencia se extendió por todo el mundo y generó numerosos vástagos. Richard Linklater es uno de ellos y en Nouvelle Vague rinde homenaje a esos rebeldes que cuestionaron lo establecido, mataron al padre —el cine clásico francés, blanco de sus iras, en muchos casos injustas — y lo pusieron todo patas arriba. Godard fue de todos ellos el más radical —no solo política, sino también estéticamente—, el que más lejos llevó sus transgresiones.
En Al final de la escapada abrió el camino que desplegaría en obras posteriores —Bande à part, El desprecio, Pierrot el Loco, Alphaville, Weekend …—, jugando con el collage vanguardista, la cita posmoderna, la fragmentación del discurso narrativo y los guiños metacinematográficos. Linklater, que ha rodado en un blanco y negro que mimetiza la textura la de las primeras cintas de la nouvelle vague, y se ha buscado unos actores desconocidos clavados a los personajes reales, consigue algo mágico: el espectador olvida que está ante una recreación del rodaje de Al final de la escapada y cae bajo el hechizo de creer que está viendo a los verdaderos Belmondo y Jean Seberg.
Imitando el tono de un documental, Linklater utiliza un recurso muy sensato para ir presentando a las abundantes figuras históricas que se pasean por la pantalla: cuando aparece por primera vez un personaje, posa para la cámara, con su nombre escrito debajo. De este modo se evitan las dudas y la necesidad de dejar claro quién es quién forzando los diálogos. Así, por ejemplo, en la primera escena en la redacción de los Cahiers se presenta a Rivette, Rohmer, Chabrol y Truffaut, y después asoman Varda, Resnais… También están presentes tres de las figuras tutelares de la generación: Robert Bresson, al que Godard visita cuando está rodando en el metro Pickpocket, y Jean Pierre Melville, al que vemos dirigiendo una de sus películas de gánsteres en sus estudios de la calle Jenner y preparándose para su cameo en la cinta de Godard, en la que interpretaba al escritor Parvulesco (que decía aquella frase inolvidable: «Aspiro a convertirme en inmortal y después morir»). Y está también Roberto Rosellini, retratado con ironía: en su visita a la redacción de los Cahiers, después de arengar a sus jóvenes admiradores, roba unos sándwiches y, ya en la calle, le pide dinero prestado a Godard, sin que parezca tener intención de devolvérselo.
Un festín para cinéfilos
Nouvelle Vague muestra la improvisación —o acaso el caos— con la que se rodó Al final de la escapada. Godard va cambiando el guion sobre la marcha, de modo que el perplejo Belmondo y la desconcertada Jean Seberg nunca saben cuáles son sus diálogos. Si el genio no se siente inspirado, suspende el rodaje hasta el día siguiente, para desesperación del sufrido productor George Beauregard, con el que se llega a dar de tortas.
También muestra Linklater la inventiva sobre la marcha: el uso de una silla de ruedas en la que sientan al director de fotografía Raoul Coutard para hacer un travelling sin necesidad de extender railes. O de un carrito de correos con una pequeña apertura en cuyo interior se coloca Coutard para filmar en plan guerrillero la célebre escena de los Campos Elíseos, utilizando a los viandantes como inconscientes extras.
Durante el rodaje de Al final de la escapada todos los profesionales intentaron explicarle al novato Godard las normas básicas del lenguaje cinematográfico, pero él optó por saltárselas. Con esa decisión —¿de genio visionario o de inepto presuntuoso y suertudo?— se convirtió en el influyente abanderado de un nuevo cine liberado de corsés. Se recrea, por ejemplo, su enfrentamiento con la script Suzanne Shiffmann, cuando esta le advierte de que hay que recolocar un objeto porque si no se va a crear un problema de raccord y el cineasta le ordena que no toque nada porque a él eso le da igual. O la cara de susto de las montadoras Cécile Decugis y Lila Herman cuando Godard, que tenía la obligación contractual de entregar un largometraje que no sobrepasara los 90 minutos, se negó a sacrificar ninguna escena y procedió a acortar varias de ellas mediante los llamados jump cuts o cortes abruptos de montaje.
Nouvelle Vague recrea con suma eficacia —a medio camino entre la realidad documentada y las leyendas que el propio Godard contribuyó a sembrar sobre sí mismo— un momento exultante de la historia del cine, en el que parecía que las reglas podían desobedecerse y todo era susceptible de reinventarse. Para cualquier cinéfilo, la película de Linklater es un festín. Pero es mucho más que un mero ejercicio de arqueológica para disfrute mitómano. Es una propuesta palpitante sobre las entrañas de la creación artística.
