'No hay otra opción': capitalismo salvaje en versión coreana
Park Chan-wook firma una comedia negra sobre el mundo laboral basada en la ‘Arcadia’ de Costa-Gavras

Escena de 'No hay otra opción' de Park Chan-wook. | MUBI
«Mataría por este trabajo». Cuando alguien hace este comentario, lo normal es que lo diga en sentido figurado. Pero en 1997 el escritor norteamericano de novela negra Donald Westlake imaginó en El hacha qué sucedería si alguien lo dijera en serio. El protagonista era un hombre de mediana edad que perdía su trabajo y, obsesionado por conseguir otro en su sector al precio que fuera, decidía liquidar a sus potenciales competidores. En 2005 Costa-Gavras la llevó al cine con el título de Arcadia, trasladando la acción a Europa y potenciando la mordaz sátira de la lógica capitalista llevada a sus límites más demenciales. Ahora el coreano Park Chan-wook ha realizado una nueva versión, situada en Corea y dedicada a Costa-Gavras.
La película de Park se titula No hay otra opción, una frase que se repite varias veces a lo largo del metraje. El primero en pronunciarla es un ejecutivo estadounidense de la empresa propietaria de una fábrica de papel en Corea. Cuando el protagonista, Man-su, al que van a despedir por la automatización de procesos, muestra su indignación, el ejecutivo, antes de subirse a su coche y largarse, le dice, escueto: «No hay otra opción».
Después, ya sin empleo, será Man-su quien utilice la sentencia cuando toma la expeditiva decisión de liquidar a potenciales rivales en su lucha por reincorporarse al sector. Si quiere volver a trabajar como papelero, siendo ya un hombre de mediana edad, no le queda otra opción que tomar medidas drásticas. De modo que pone un anuncio de un falso trabajo, recibe los currículums de los candidatos, hace una escrupulosa selección de cuáles de ellos obtendrían más puntos que él en un proceso de selección y decide eliminar a la competencia.
El resultado es una sátira social, un thriller a ratos muy violento, un drama moral, un melodrama familiar y, por encima de todo, una comedia negra. Y cuanto más negro se pone el humor, mejor funciona. Park tiene experiencia manejando con fluidez los registros extremos: recuerden que es el director de Old boy, la de la apoteósica pelea a martillazos y el pulpo ingerido vivo. Aquí la mejor escena es la de uno de los asesinatos, en la que la música de una sala de estar suena tan alta que el cineasta opta por subtitular el ininteligible diálogo que precede a la ejecución. La víctima es otro cuadro medio despedido de una papelera, que se ha dejado arrastrar por la depresión y la bebida, y está casado con una actriz ya madura que tiene mucho peligro. Park es un maestro resolviendo este tipo de secuencias al borde del disparate que, entre otras cosas, demuestran lo difícil y agotador que es matar a alguien.
Es probable que alguna vez hayan leído alguna noticia sobre la enorme presión que sufren los coreanos en su etapa de formación y en su vida laboral. Fracasar supone una humillación personal inasumible. Y como su relación con el trabajo es más desquiciada que la nuestra, cuando lo pierden lo viven como algo deshonroso y vergonzante. Por eso hay al principio una escena en la que una terapeuta reúne a un grupo de desolados cuarentones a los que les han dado el finiquito y les hace repetir el mantra de «Soy una buena persona. Perder mi trabajo no es mi elección».
Humor y humillación
En Corea este asunto es tan delicado que la película no ha hecho ninguna gracia y ha sido un fracaso en taquilla. Se ha considerado que con ciertos temas no se puede bromear y que la cinta se mofa del protagonista y lo humilla. En el extranjero ha habido más capacidad de entender el humor coreano que en la propia Corea, aunque el humor es algo muy particular y arraigado en cada cultura, que no siempre viaja bien.
No hay otra opción se alarga en exceso —dura 139 minutos—, pero Park demuestra su virtuosismo estético en la puesta en escena, que ya quedó muy claro en esa joya para sibaritas que es La doncella, otra adaptación de una novela occidental —en ese caso, Falsa identidad de Sarah Waters—, trasladada al universo oriental.
El cineasta plasma con eficacia cómo la pérdida de ingresos obliga a la familia a reducir gastos y a algo todavía más traumático: plantearse vender su casa con jardín, símbolo del estatus conseguido. Como Man-su es el cabeza de familia, todo el peso de la humillación cae sobre sus hombros. Y mientras él planea sus asesinatos, se despliegan varias subtramas familiares: el hijo al que pillan robando móviles con un amigo, la hija que no habla y toca el violonchelo como los ángeles y la esposa que empieza a trabajar para un dentista y genera unos celos patológicos en su marido. Una situación que estalla en una enloquecida competición de bailes de salón con todo el mundo disfrazado.
A Man-su lo interpreta la estrella coreana Lee Byung-hun, que logra resultar inquietante y patético sin apenas mover una ceja. Quizá su cara les suene, porque interpretó al villano de la exitosa serie El juego del calamar. Al final, sus siniestras maquinaciones no le saldrán del todo mal, pero la última escena es una proyección del inquietante futuro laboral que nos espera.
