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Cine

'El mago del Kremlin': las entrañas del poder en la Rusia de Putin

La adaptación de la novela de Giuliano da Empoli, protagonizada por Jude Law, es un sugestivo retrato del nuevo zar

‘El mago del Kremlin’: las entrañas del poder en la Rusia de Putin

Jude Law y Paul Dano interpretan a Vladimir Putin y a uno de sus asesores en 'El mago del Kremlin'. | DeAPlaneta

¿Es Rasputín el santo patrón de los spin doctors que mueven los tentáculos de la política y del dichoso relato, al que parecen dedicar más energías que al arte del buen gobierno? Estos asesores en la sombra fascinan, porque al actuar entre bambalinas, fuera del foco, se convierten en figuras escurridizas, maquiavélicas y hasta mefistofélicas. La historia reciente nos ha dado algunos personajes de traca que han saltado al cine. Por ejemplo, Dominic Cummings, asesor áulico de Boris Johnson y artífice del sí al Brexit, al que dio vida Benedict Cumberbatch en el largometraje de HBO Brexit. Ahora llega a las pantallas Vladislav Surkov, que trabajó y maquinó para Putin, cuyas andanzas se cuentan en El mago del Kremlin, dirigida por el francés Olivier Assayas.

Se trata de una adaptación de la exitosa novela del mismo título de Giuliano da Empoli (aquí la publicó Seix Barral), que sabía de lo que hablaba, porque él mismo ha trabajado como asesor político. Tanto en la novela como en la película, el personaje tiene otro nombre, Vadim Baranov (en pantalla, Paul Dano en registro taimado). Se alteran algunos detalles de su biografía, pero se basa de forma diáfana en Surkov. Hay algún otro personaje al que también se presenta con nombre ficticio, como el oligarca Dimitri Sidorov (inspirado sin ninguna duda en Mijaíl Jodorkovsky). Sí es pura ficción la mujer que aparece, desaparece y reaparece en la vida de Baranov (a la que interpreta Alicia Vikander).

 Sin embargo, el resto de personajes —Putin, Yeltsin, Boris Berezovky, Kasparov, Limonov…— aparecen como tales, con sus verdaderos nombres. La novela ya dejaba claro que era una ficción muy documentada y directamente inspirada en hechos y personajes reales. Tanto el libro como la película proporcionan un retrato abracadabrante tanto de la montaña rusa que fueron los primeros tiempos de la Rusia postsoviética como de las turbias intrigas del poder en general.

El hundimiento del imperio soviético, un gigante con los pies de barro que acabó implosionando por su propia inoperancia, dio paso a una Moscú embriagada de libertad y de un desbocado y salvaje capitalismo. Emergió de la noche a la mañana una variopinta fauna de oligarcas, nuevos ricos, trepas y oportunistas, mafiosos, políticos advenedizos, radicales comunistas nostálgicos del pasado, fascistas punkis… Todo regado con un explosivo cóctel de dinero fácil, vodka y cocaína. Una locura que El mago del Kremlin atrapa de forma brillante y vibrante. Las cosas toman otro rumbo cuando el oligarca más poderoso —Berezovsky— decide buscar un títere capaz de reemplazar al alcoholizado y decrépito Yeltsin. Y tiene la ocurrencia de optar por un gris agente del KGB con resentimiento de clase, ahora al mando del FSB, el nuevo servicio de seguridad y espionaje. Hablamos, claro, de Vladímir Putin (un muy convincente Jude Law). La presunta marioneta no tarda en mostrar sus afiladas zarpas y se merienda al oligarca de un bocado, lo manda de una patada al exilio y se hace con las riendas del poder. Admirador de Stalin y sus métodos para inspirar terror, Putin se convirtió en el nuevo zar. Y en la sala de máquinas de las más retorcidas intrigas estaba «el mago del Kremlin» Baranov/Surkov.

La película está estructurada como una larga conversación que este personaje, ya retirado de la primera línea, mantiene en su espectacular dacha. Su interlocutor es un académico estadounidense (Jeffrey Wright), que ha viajado a Moscú en busca de documentación para una biografía de Yevgueni Zamiatin (el autor de la novela distópica Nosotros, antecedente del orwelliano 1984).

Chechenia, Crimea, Ucrania

Por tanto, guía la narración la voz de Baranov, que va repasando su trayectoria: sus inicios como joven director teatral de vanguardia en los albores de la era postsoviética, el salto a un canal de telebasura y de ahí a la política. «¿No querrías pasar de fabricar ficciones a fabricar la realidad?», lo tienta el oligarca Berezovsky, al que pronto abandonará para ponerse al servicio de Putin. El protagonista va evocando el manejo de la crisis reputacional que casi aniquila a Putin por su gestión del hundimiento del Kursk; la guerra de Chechenia y los atentados de dudosa autoría en Moscú que sirvieron para justificarla; la detención y envío a Siberia de oligarcas incómodos; la revolución naranja de Ucrania y la invasión de Crimea; la puesta en marcha de granjas de bots para intoxicar a la opinión pública occidental…

La voz narradora que permite ir saltando de un asunto a otro es un recurso que ya utilizó de forma magistral Scorsese en Uno de los nuestros, Casino, El lobo de Wall Street y El irlandés. Assayas no llega a imprimir el ritmo frenético e implacable que siempre consigue el norteamericano, pero sale más que airoso del reto. Y pese a la longitud de la película —que supera las dos horas y media—, mantiene al espectador clavado en la butaca.

Consigue retratar de forma certera varios aspectos de la realidad que aborda: la acción política como gestión de expectativas y creación de distracciones; la metódica siembra del caos para obtener réditos; el distinto equilibrio que hay en Rusia entre poder y dinero con respecto a Occidente; la compleja personalidad de Putin, experto en teatralizar las demostraciones de fuerza y que logra abonar su mito mediante el sibilino manejo de los silencios: esas muertes en extrañas circunstancias de opositores incómodos, cuya responsabilidad nunca es reivindicada, pero tampoco negada. Todo lo contrario que el bocazas de Trump, que lo cuenta todo, con pelos y señales, en su red social.

El mago del Kremlin funciona porque parte de una novela muy sólida y porque en el guion ha colaborado Emmanuel Carrère —que asoma en un cameo en la escena de la fiesta de estudiantes—, buen conocedor de la realidad rusa. Lo acaba de dejar claro en el recién publicado Koljós, y ya lo había demostrado en Una novela rusa y sobre todo en el deslumbrante Limónov, aproximación biográfica a uno de los personajes más estrambóticos de la Rusia postsoviética, que aparece también en la película de Assayas. Esta última (disponible en Filmin), dirigida por el disidente Kirill Serebrennikov, quien después de un susto con la justicia de Putin —una acusación de malversación que sonaba a represalia política por crítico y por gay—, optó por exiliarse en Berlín.

El mago del Kremlin es un sugestivo retrato de los entresijos del poder político y de los puppet masters —o titiriteros— que mueven los hilos.

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