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La Europa de las letras

Fleur Jaeggy: duración del recuerdo el resto de la vida

Su gran y definitivo éxito llegaría con ‘Los hermosos años del castigo’, un auténtico libro de culto

Fleur Jaeggy: duración del recuerdo el resto de la vida

Ilustración de Alejandra Svriz.

Joseph Brodsky, el gran poeta ruso emigrado a los Estados Unidos, dijo en una ocasión sobre la escritora italo-suiza Fleur Jaeggy: «Duración de la lectura: aproximadamente una hora. Duración del recuerdo y de la autora: el resto de la vida». Brodsky se refería a ese libro maravilloso y de culto en muchos países que es Los hermosos años del castigo (editado por Tusquets). Y hay que decir que no le faltaba razón: Jaeggy es un planeta autónomo, no se parece a ningún otro escritor o escritora de nuestros días.

Profundamente turbadora, obstinada en sus temas, con personajes que alternan un cruel nihilismo y un falso candor infantil, un instinto de huida de la vida normal y de las reglas asfixiantes de lo cotidiano, Fleur Jaeggy es junto a la brasileña Clarice Lispector, y la que fue su gran amiga en vida, la escritora austriaca Ingeborg Bachmann, de las autoras posiblemente con una obra más potente y original de la segunda mitad del pasado siglo.

Nacida en Zurich en 1940, y educada desde la infancia en tres lenguas —alemán, italiano y francés— Jaeggy se instaló en Milán en 1968, casándose, tras haber vivido en París y Roma, con el gran editor de Adelphi, no hace mucho fallecido, Roberto Calasso. En Milán comenzaría su peculiar y exigente carrera literaria, caracterizada por libros escuetos, de escasas páginas, muy distanciados en el tiempo, que serían recibidos en cada ocasión como todo un acontecimiento por grupos de seguidores internacionales cada vez más numerosos. Tras varias obras iniciales (El dedo en la boca; El ángel de la guarda, y Las estatuas de agua, escritas entre finales de los años 60 y 1980), su gran y definitivo éxito llegaría con Los hermosos años del castigo, que se convertiría en un auténtico libro de culto, traducido a un gran número de lenguas.

En él, con un estilo seco, lacerante y poético, dentro de unos mundos claustrofóbicos, entre «serenamente tenebrosos y un poco enfermizos», como se decía en la novela, siempre presentes en su literatura, Jaeggy rememoraba sus años de adolescencia en un internado suizo. Más tarde llegaría el impresionante volumen de relatos El temor del cielo, de 1994, y la igualmente magnífica novela Proleterka, de 2001.

No fue casualidad que aquella breve pero deslumbrante novela, Los hermosos años del castigo, comenzara en sus primeras líneas con un recuerdo sobre la muerte del escritor suizo Robert Walser, que pasó treinta años de su vida recluido en un manicomio, algo menos de los que pasó Hölderlin recluido en su torre, a orillas del Neckar. Walser, que dinamitó el mundo de la vida cotidiana, está considerado hoy en día como el más grande autor suizo del siglo XX. Un escritor de mundos entre sometidos y violentamente exiliados, al margen de todo, por el que Fleur Jaeggy siempre ha sentido una especial admiración. «A los catorce años —dice la narradora— yo era una alumna de un internado de Appenzell. Lugares por los que Robert Walser había dado muchos paseos cuando estaba recluido en el manicomio, en Herisau, no lejos de nuestro instituto». Walser aparecería muerto un día de Navidad, después de uno de sus enfebrecidos paseos por las montañas. Unos niños lo descubrirían, tumbado en la nieve, como durmiendo y con la mano puesta en su descarriado corazón. Más tarde, su amigo, el editor y escritor Carl Seelig contó en su libro Paseos con Robert Walser esa fiel amistad que los unió durante años y que consistía en salir a pasear los fines de semana, a veces sin apenas decirse nada durante el trayecto. Walser, en los últimos años de su vida casi no hacía nada más que eso, pasear por las montañas.

El de Jaeggy sería precisamente este mismo universo de perturbadoras cumbres y abismos: un universo petrificado, propio de las bellas montañas y paisajes suizos y de la no menos célebre y pulcrísima paz del «reloj de cuco» que evocaba con ironía el personaje de El tercer hombre. Una paz consensuada, y fanáticamente puritana, donde se valora siempre el evitar la exteriorización de dramas, sentimientos y discordancias y donde el silencio es considerado una regla de vida y comportamiento.

«Un exquisito malestar que se enuncia con voz ceceante, entre infantil y ventrílocua», dijo el escritor y crítico italiano Giorgio Manganelli de esta escritora y de esta novela de ambiente escolar, aparecida en su país en 1989. O como diría también el también gran crítico italiano Pietro Citati: «Imaginemos una Emily Dickinson siniestra, una Alicia funeraria, una Jane Austen petrificada». La escritura de Fleur Jaeggy parece flotar en un tiempo y un espacio suspendido, mitad soñado, mitad vivido. Es una escritura rígida, inmóvil, austera, donde nada parece sobrar, y donde, en efecto, consigue alternar una inquietante mezcla de candor infantil y de profundo nihilismo; de «tranquila desesperación» y de apasionado frenesí por alcanzar la vida, cualquier vida, tras un preludio o reclusión en el aprendizaje de la existencia. Lo mismo que hacían también los alumnos del Instituto Benjamenta de Robert Walser, en la novela Jakob von Gunten, magníficamente prologada en su día por el escritor y editor Roberto Calasso, marido de Jaeggy.

Por otro lado, en los relatos de 2014 reunidos con el título de El último de la estirpe, el citado poeta ruso Joseph Brodsky es retratado por Fleur Jaeggy en una estupenda miniatura titulada Negde. El poeta exiliado está saliendo de su casa de Brooklyn, sin abrigo, añorando «una calidad de aire báltico», absorto, construyendo exilios y recordando el río Nevá y sus inviernos en San Petersburgo: «Cualquier lugar es para él una ciudad mental llamada Negde, que en ruso significa de ninguna parte», escribirá Fleur.

En su ensayo Una proposición inmodesta este gran poeta ruso-americano decía que cada generación transporta consigo «una parte del futuro de los que ya han muerto», con los que conforma «una reserva genética, una poesía que precede». En el caso de Jaeggy —a la que Susan Sontag calificó en su día de «brillante y salvaje»— poetas, santos, místicos, visionarios, herméticos o escritores de universos autónomos e inimitables como Kafka o Robert Walser, están atados entre sí, como eslabones inseparables dentro de su literatura.

En su libro El último de la estirpe están presentes sus admirados escritores y amigos Brodsky e Ingeborg Bachmann, pero también Oliver Sacks, con el que Jaeggy comparte una cena en un restaurante del Bronx, junto a peces dentro de un acuario, señalados por los clientes para ser servidos y comidos instantes después. Del mismo modo, como apenas un susurro, pasan por sus páginas el dominico Maestro Eckhart, la mística franciscana del siglo XIII Ángela Foligno o la monja poeta Sor Juan Inés de la Cruz.

La religión, los ángeles, las visitas al Papa en el Vaticano, los niños predicadores explotados por viejos avariciosos, los severos e inflexibles pastores de almas, las pequeñas iglesias rurales de madera, esas Biblias cuyas páginas «parecen de piedra», nunca son refugios seguros y tranquilizadores en estos relatos de El último de la estirpe de Jaeggy: su paz es sin cesar ambigua, los temores ante un inesperado «don del Señor» penden siempre de oscuras maldiciones medievales.

En estas breves historias, en ocasiones de apenas dos páginas, el lector regresa al conocido y singular mundo gélido, de terrores contenidos e impronunciables, de «leves malestares en el aire», de quietudes «impuestas por la violencia», de esta autora.

Asesinos casuales, cuyos «trabajos, matanzas e inhumaciones no son premeditados, sino puro instinto», se mezclan con hermanos que se espían y mortifican en morbosas rivalidades, con niños homicidas, con madres que respiran por fin tranquilas tras la muerte de su único hijo, con nazis que regresan tras su periplo por Sudamérica, con niñas de la calle adoptadas por bondadosas y ricas mujeres solteras que solo esperan el momento de la venganza, o con criados «taciturnos y lunáticos» que nunca se sabe lo que piensan de sus señores, como sucedía en Las criadas de Genet. Un instinto de locura y muerte, de maldad tenebrosa e inexplicable, de desesperación e «insensibilidad hacia el dolor de los otros», de infelicidad y anhelo por desaparecer y convertirse tan solo «un magnífico cero a la izquierda», sin la obligación de triunfar y hacer cosas importantes en la vida, impregna todo, insistentemente, como sucedía con otros libros de Jaeggy. Relatos siempre de un mundo fieramente polarizado: señores y siervos, dominados y dominantes, hermanos y hermanas, madres e hijos. En él, las víctimas y a la vez verdugos, en muchas ocasiones, son adolescentes en la etapa de formación. O sino «pequeños seres delicados, frágiles y tercos», sin una idea clara del bien y el mal, pero con una capacidad de ofensa y de instinto de sobrevivencia a veces mucho más brutal y devastadora que la de los adultos.

Todo en las novelas y cuentos de esta escritora deja siempre tras de sí la sensación de haber penetrado en una atmósfera densa y gélida, casi fantasmal, que habita en un espacio ambiguo e intermedio entre vida y muerte, entre las difusas fronteras del mal y del bien, entre lo existente y la reproducción posible de lo que pudo ser. La vida y el vacío surgido directamente de su ausencia, de la no-existencia, tras haber dejado de emitir calor y luminosidad. Esa especie de resurrección breve y momentánea de los espectros, «de lo que no es visible pero que posee luz»; o si se prefiere, de gente que en algún momento «desearon ardientemente morir» y de gente —de muertos— «que tardan en salir al encuentro de uno». Fantasmas familiares que durante mucho tiempo corrieron a nuestro lado, hasta darnos un día por fin alcance. Así lo expresará la protagonista de la estremecedora y breve novela Proleterka, en algún momento de su progresiva y lenta iniciación al dolor y a la vida dispuesta para la muerte: «Tuve un hermano que murió a los cinco años. Me pregunto si es él quien ha perturbado algunas veces mi existencia. Si es él el ser que tal vez quería vivir en mi lugar».

Una iniciación a la crueldad y a la soledad más radical que, en el caso de esta protagonista —la hija de alguien llamado Johannes en la novela—, empezó ya en la infancia, aunque el aprendizaje culminara durante un crucero emprendido un día con su casi desconocido padre. Ambos se embarcarán con un grupo de amigos de una misma «hermandad» alemana a bordo de un barco de nombre yugoslavo, Proleterka, coronado con una oxidada estrella roja en su chimenea. Dos extraños, padre e hija adolescente, que fueron abandonados por la madre de esta última cuando solo era una niña. Durante dos semanas se embarcarán y vivirán en una especie de «buque fantasma», un barco que «parece un barco a la deriva, sin tripulación, sin destino». Un barco que, suspendido en una especie de espacio y tiempo sin definición, «navega en el vacío y en las tinieblas».

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