The Objective
Leyendo y escribiendo

Nuevo elogio de la estulticia

«La estulticia es, en el fondo, lo que nos hace humanos y no una pura calculadora desencarnada»

Nuevo elogio de la estulticia

Desiderius Erasmus. | Wikimedia Commons

Este otoño está siendo un periodo de lecturas caóticas. Empiezo un libro y sin haberlo terminado abro otro, y otro, y otro, y los voy compaginando sin acabar ninguno. Leo menos que en verano, por el trabajo, por la desgana propia de esta estación, y a veces no sé ni qué libro estoy leyendo, si es novela o ensayo, si poesía o teatro, y se mezclan los argumentos y las tramas. Es la estación húmeda, también, y los libros se ponen fríos, se ponen húmedos, parecen compuestos de hojas muertas que se deshacen entre las manos.

Entre otros libros que he querido leer está la obra maestra de Erasmo. Lo he hecho en una versión inglesa del profesor Clarence Miller (The Praise of Folly, Yale University Press, 1979). Contiene todas los cambios y adiciones de las ediciones sucesivas hechas en vida de Erasmo. Está profusamente comentada, con notas al pie a cada frase que muestran la densidad de la escritura de Erasmo, que es una red de referencias. Tiene un rico estudio introductorio. Necesitamos todo eso, pues muchos de los elementos de aquella cultura de hace cinco siglos, que es la base de la cultura occidental, nos resultan hoy desconocidos. Es decir, desconocemos los fundamentos de nuestra cultura, que ha virado hacia otra cosa. Sin ese aparato crítico, comprenderíamos una ínfima parte de la obra.

Este libro ha sufrido desde siempre las consecuencias de un error de traducción en su título. La «stultitia» no es lo que comúnmente se entiende por locura, en sus diferentes manifestaciones. Si hubiera querido decir eso, el autor habría escrito «insania» o «dementia». «Stultitia» es estulticia, estupidez, tontería, necedad, ese diablillo que todos llevamos dentro, a veces amordazado, que se ríe de las cosas, como Demócrito, en lugar de llorar por ellas, como Heráclito, aunque el llanto está más que justificado en este mundo. «Stultitia» es la parte irracional, mucho mayor y más necesaria de lo que se piensa, las ilusiones que nos mantienen en pie, y el amor propio, o sea la imagen que uno tiene de sí mismo, y la desmemoria, la pereza, el principio de placer, el abandono, la lujuria, el sueño, el alboroto, la algarabía, la ebriedad, y también, en algunos casos, algo parecido a la locura, pero que no acaba de serlo. La estulticia es, en el fondo, lo que nos hace humanos y no una pura calculadora desencarnada. Como se ve, la estulticia encierra muchos rasgos que no siempre se han valorado debidamente. No siempre fue tomada en serio. No ha brillado todo lo que habría debido. Ha tenido mala prensa. Pero nunca ha dejado de ser esencial para la vida.

Algo etéreo y potente se libera al abrir ese libro. La estulticia misma, que es a la vez narradora y objeto, resucita en la catedral de Basilea, después de tantos siglos descansando junto a los huesos de quien compuso su alabanza en vez de hacer el elogio de cosas menos importantes, qué sé yo, la calvicie, las hemorroides, las ranas, los días de niebla… El primer impulso de la estulticia es el de subirse al púlpito para predicar, como hizo siempre en la primera parte de su vida, la mejor sin duda, que no había sido más que una larga perorata insensata, o totalmente razonable, según se mire, hablando siempre en broma con un fondo serio, encadenando ironías y retruécanos. Empieza su declamación con los prolegómenos habituales, buscando ganarse al público (¿hay alguien que no quiera hacerlo?), pero enseguida se da cuenta de que la catedral está vacía y deja de hablar. Cinco siglos antes siempre tuvo sus seguidores, incluso un séquito de incondicionales, y se asombra al ver aquel espacio vacío, escuchar el eco de su voz perdiéndose por los recovecos de la catedral. Nunca le gustó predicar en el desierto, aunque en el fondo siempre lo había hecho, en el fondo siempre se predica en el desierto. Pero perorar en aquella nada, sin oídos que la escuchen y, aún peor, sin ojos que la miren y en los que pueda mirarse, le resulta inquietante, casi angustioso. Entonces baja del púlpito con su gorro de feria, haciendo sonar las campanillas, atraviesa la nave central y sale a la calle.

Quería aclarar algo, pero ya se me olvidó. Como me falta estructura y método, he querido plasmar aquí todo lo que me pasa por la cabeza en cuanto se me ocurre. Ahora mismo no me pasa nada. Tampoco tengo cabeza. Mi cabeza es una metáfora. Gran silencio. Gran blanco en el papel. La lectura de este libro me ha contagiado otro de los talentos de la estulticia: el de quedarse en blanco, boquiabierta, una mosca entra y luego sale y no se da ni cuenta, sin pensar en nada. Esa es la gran felicidad y solo se la puede permitir un verdadero morósofo. Es lo que hace que la vida resulte medio soportable a ratos, en pequeñas dosis, a pesar de las digestiones pesadas que a menudo nos toca aguantar porque nos hemos atiborrado de cosas que no nos iban a sentar bien. Los filósofos se reirán de eso. Siguen sabiendo tan pocos como antes. En diez mil torres de marfil hay cien mil profesores que no enseñan nada. Como funcionarios de un saber huero, siguen rumiando las mismas ideas y componiendo libros que son una olla podrida en la que meten las sobras de otros libros. Y hasta reciben premios por ello. La estulticia al menos sabe algo. Por ejemplo, sabe mover las orejas como un burro, sobre todo la derecha. Cuando lo hace, los filósofos se ríen. Ellos no saben moverlas. La mayoría no sabe hacer nada que provoque la risa o que provoque el llanto. Los espectros de Derrida pasan la noche insomnes, beben una copa o se fuman algo y escriben sobre los espectros de Marx, que escriben sobre los espectros de Hegel, que escriben sobre… Una cháchara incomprensible, inútil para la vida. En eso también, mejor reír que llorar.

Ah, sí, quería desterrar cualquier duda en cuanto a la paternidad de la estulticia, un tema del que se hablado mucho antes y después de que Erasmo compusiera su alabanza en tiempos que desde cierto punto de vista eran algo más propicios que estos. No, más propicios, no. Menos desfavorables, al menos para algunos. Desfavorables lo son todos, cada tiempo a su manera. Nacer como ser humano en este mundo es de lo peor que puede pasarle a uno. Estás ya condenado al desajuste. Solo una forma elevada de estulticia puede salvarte. En cuanto a su paternidad, hay rumores de que el responsable pudo ser Orco, o Caos, o Saturno, o Jápeto. Aunque nadie lo vio ni lo oyó, su madre le aseguró que su padre fue Plutón. Claro que de eso, de lo que le dice a uno su madre y de quién es su padre, no cabe seguridad alguna, ni podría practicarse una prueba de ADN a esos seres. Erasmo, pretendiendo hablar por la estulticia, pero diciendo a veces cosas de las que esta habría discrepado, dijo que su madre era una joven ninfa. Es una ocurrencia de burdo ingenio: la riqueza, al juntarse con la juventud, produce la estulticia. Tal vez sea cierto para la mala, no así para la buena. La estulticia mala es, por ejemplo, la de esos personajes ricos y jóvenes que no han conocido ninguna estrechez, que siempre han tenido todo lo que querían y sueñan con destruir la Tierra, o ya la dan por perdida, pensando en las oportunidades de negocio abiertas por la colonización de otros planetas en los que ni las chinches podrían vivir. O aquellos que sonreirían felices si fueran los últimos en perecer en una catástrofe cósmica que ellos mismos han provocado. Los engreídos, los ávidos de poder, los endiosados, aquellos que no ven ni quieren ver, que también viven en la ligereza, pero en una ligereza pesada y antipática. No creo que la madre de la estulticia buena pudiera ser joven. Tal vez fuera una ninfa, pero entrada en años. Mezclada con la riqueza, la profusión, quiero pensar que produjo una estulticia lúcida, sublime, la que ayuda a sobrellevar la vida, la liberadora, la que surge tras la derrota de la inteligencia. Tal vez me equivoque.

La estulticia sale a la calle y se queda perpleja. Casi todos caminan cabizbajos, admirando pequeñas tablillas votivas precristianas que emiten su propia luz. La estulticia deduce que la catedral está vacía porque todos andan embebidos con aquellas catedrales portátiles luminosas que, a juzgar por los rostros de la gente, deben de dar un gran placer. Es tal la atracción que sienten que algunos se chocan con los troncos de los árboles o con las farolas, y siguen caminando con el cráneo abierto, mirando la tablilla. La estulticia siempre había pensado que la buena vida consistía en no pensar, pero aquellas personas no parecen estar en la buena vida. Por la expresión de sus rostros se da cuenta de que la suya no es una estulticia gozosa, sino inducida, puramente mecánica. Están todos juntos, como los hilos de una telaraña, pero totalmente separados. Ese tipo de estupidez no ayuda. Lo que hace es vaciar la vida y no permitir que viva. La estulticia piensa: «Hay distintas maneras de escapar del tedio. No todas son buenas. A veces es mejor el tedio».

Luego se sienta en un café. Hay un poco de sol. Otras personas están sentadas, todas con sus tablillas, nadie habla con quien está a su lado, todas ellas proyectan falsas imágenes de sí mismas y reciben falsas imágenes de otras personas, escondidas detrás de aquella red de pantallas interpuestas. «Ya no hay riesgo en la vida», piensa la estulticia, «ahora viven como recubiertos por varias capas». En una esquina hay dos mujeres que no miran las tablillas. Las mujeres hablan. No, en realidad solo habla una de las mujeres, la más joven. La otra escucha. No está claro si es su hermana, su amiga o su madre. Son muy guapas, como silenos invertidos, extraordinariamente hermosas por fuera, pero monstruosas por dentro. La más joven se queja. La estulticia no oye bien, pero entre las palabras proferidas con una voz irritada, aguda y metálica, cree oír varias veces las voces inglesas «money» y «work». Todo ese mundo anglosajón, «money», «work», su feo pragmatismo, su violencia implícita, su crudeza, siempre le había atraído al mismo tiempo que repelido, porque sabía a dónde se dirigía con tanta furia, negando los demás mundos posibles: a un flujo continuo e indiferenciado de información y cosas que persigue su propia finalidad implícita, donde todo y todos acaban siendo instrumentos de ese flujo, donde algo puramente abstracto se encarna o se arremolina en torno a ciertas figuras para apropiarse y fagocitar lo concreto, en especial todo lo que habría podido ser ligero y hermoso. La joven está cada vez más enfadada. Dice «money» y «work», repite «work» y «money». De vez en cuando también dice «kids», como si fuera el vértice que falta en un triángulo isósceles. La otra mujer, hermana, amiga o madre, se agita, trata de articular media palabra, implora al borde de las lágrimas, pero solo consigue decir «no, no, no» y poner la mano delante de los ojos, parapetándose. Salvo la estulticia, nadie presta atención a aquella escena. Entonces las mujeres se levantan y se marchan. Ahora parecen de la misma edad. Caminan sin gracia, torpes, desacompasadas, entre las campanadas de la catedral, pues están dando la hora.

La estulticia se levanta y se dirige hacia la catedral con leves sonrisas que surgen, duran medio segundo y se borran de su rostro. Cuando llega a la tumba de Erasmo tiene ganas de acostarse a su lado para descansar en la muerte buena, la que arropa y termina con las angustias, pues también la estulticia tiene sus ratos de angustia. Pero se lo piensa mejor y sale otra vez a la calle, para ver si en alguna parte descubre algo que se escape de esos flujos ciegos de furores abstractos. La estulticia sigue entre nosotros.

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