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Literatura

Josep Pla, un peregrino (más) en la Nueva Jerusalén de 1957

Destino reúne las crónicas que el escritor publicó tras viajar a Israel ocho años después de la creación del Estado hebreo

Josep Pla, un peregrino (más) en la Nueva Jerusalén de 1957

Josep Pla, fotografiado para la portada de la revista 'Destino' en 1957.

Los historiadores, como escribió Walter Benjamin, se dedican a descifrar los hechos del pretérito a partir de sus cenizas. Los periodistas —al menos aquellos dignos de semejante nombre—, en cambio, trabajan dentro de la hoguera. Casi siempre inmersos en el fuego mismo. Rodeados de llamas. Su función consiste en perseguir la verdad antes de que esta se torne polvo y sea esparcida por el viento, sin dejar ni rastros ni memoria. Se comprende así la dificultad de este oficio que dibuja los paisajes de la Historia antes de que su perfil se asiente. Los escritores de periódicos trabajamos con mucho material de acarreo: mentiras, medias verdades, confidentes interesados, testimonios, datos contradictorios y, sobre todo, con lo que nuestros ojos ven. Con esto esbozamos el primer relato de las cosas. Si nuestra narrativa sine nobilitate es capaz de resistir el paso del tiempo, cosa que no siempre sucede, bien puede considerarse un milagro.

Esta es la sensación (feliz) que deja la lectura de las crónicas que Josep Pla, el glorioso escritor ampurdanés, escribió sobre el —entonces— recién nacido Estado de Israel. Publicadas en 1957 en el semanario Destino, uno de esos cofres mágicos del periodismo español del pasado siglo, la editorial del mismo nombre acaba de reunirlas en un solo volumen, pero con un título distinto con el que fueron compiladas un año después en una edición publicada por Sudamericana en Buenos Aires. La versión en catalán no vería la luz hasta un decenio más tarde, cuando fue incluida en Les escales de Llevant, el volumen decimotercero de sus Obras Completas.

Esta nueva edición se presenta como un gran reportaje de Pla sobre su viaje a Tierra Santa, realizado una década después del fin de la Segunda Guerra Mundial, cuando Europa todavía no se había recuperado de la contienda ni del Holocausto. En realidad, únicamente es un reportaje por acumulación, ya que más bien se trata de una colección de cartas de viaje destinadas a los lectores de Destino en las que Pla describe el experimento histórico de una colonización —la hebrea— sobre una tierra descolonizada: Palestina. Un fenómeno opuesto al zeitgeist de la época si se tiene en cuenta que el nacimiento del Israel soñado por el sionismo discurrió en paralelo a la emancipación de la India (1947), Libia y Marruecos (1956) y aparte de los dominios británicos y franceses en África y Asia. La excepción cobra sentido a consecuencia de la Shoá, aunque sus orígenes históricos en realidad daten de finales del siglo XIX.

El periodista catalán viajó a Israel invitado por una compañía hebrea de barcos —la Zim Integrated Shipping Services (ZIM)— propiedad de la Agencia Judía, el lobby del que surgiría el Estado sionista, cuya misión era trasladar inmigrantes y suministros a Palestina. Zarpó de Marsella y, tras surcar el Mediterráneo, arribó al puerto de Haifa después de pasar por las Bocas de Bonifacio, el estrecho que separa Córcega de Cerdeña y hacer escala en Nápoles. La travesía permitió al escritor, que adoraba viajar en los petroleros y en los buques de mercancías (siempre y cuando le dejaran fumar sus cigarrillos de picadura africana), escribir unas portentosas páginas sensoriales sobre el trayecto marítimo —«un medio de luz rutilante, alumbradora y frenética […]; un sol leonino, vibrátil, tremendo»—, teorizar sobre los distintos tonos de azul del mar de los dioses y héroes clásicos y opinar sobre la calidad de la comida a bordo.

Solo por las descripciones y su magistral adjetivación el libro ya merece la pena. Junto al relato ambiental y atmosférico, Pla, a medida que discurre el viaje, desgrana una serie de detalles concretos —los camarotes de la embarcación carecen de llave, todo el mundo bebe agua y refrescos en el bar, una orquestina interpreta tangos de Carlos Gardel en hebreo— que sugieren cómo deben leerse estas crónicas. Sin caer en la propaganda, el interés del escritor (y es de suponer que también el de sus patrocinadores) es contar al mundo los logros del Estado sionista, por el que entonces existía una simpatía social y política general.

Periodismo clásico

Es maravilloso ver cómo Pla trasciende este encargo y se dedica a hacer periodismo a la antigua usanza. Esto es: a relatar, a través de su mirada y de sus peripecias, usando una primera persona instrumental, todos los episodios y antecedentes necesarios para comprender el fenómeno de la creación y consolidación de la nueva patria hebrea, caracterizada por una rotunda modernidad —arquitectónica, industrial, cultural— y un anhelo ancestral, que es el de los judíos que retornan a la tierra de la que fueron expulsados tras la conquista romana, origen de la gran diáspora.

Encontramos en este libro a un Pla más periodista que escritor, si es que ambos oficios pueden en realidad distinguirse. Ejerce de reportero con una solvencia, amenidad y sabiduría envidiables. Su escritura es eficaz, naturalísima y creativa. En estos tiempos de periodismo epidérmico y digital, cuando en todas las redacciones están proscritos los artículos con trasfondo y párrafos que sobrepasen las tres líneas, impidiendo el arte de la subordinación y el lógico fluir del español —«esas frases largas que terminan en forma de cola de pescado», como decía el escritor ampurdanés—, conviene recordar cómo se hacía el periodismo clásico, cuya tecnología era una libreta y un lápiz, la mirada sagaz y la curiosidad del hombre corriente ante todo lo que le rodeaba. No hacía falta más.

Además de un autor colosal, Pla fue un espléndido periodista. De esto da buena cuenta este volumen, en el que practica el infalible método de la malla cronológica; indaga en la historia del sionismo; los orígenes y evolución de las lenguas judías —el yidis centroeuropeo, el ladino hispánico y el hebreo, idioma oficial de la nueva nación—; traza el perfil de los inmigrantes (ricos y pobres) que acudían en ese momento en masa a Israel desde todas las latitudes del mundo en un éxodo contrario al bíblico, y nos ilustra sobre teología rabínica. Todo lo necesario para entender la forja de Israel y, por contraste, también el Israel de nuestro presente, está en este libro que, a pesar del tiempo transcurrido desde su escritura —hace casi setenta años—, no ha perdido nada de su vigencia.

Pla escribe estampas maravillosas donde se entrecruzan lo secular —la Palestina del Antiguo Testamento, la Jerusalén histórica, el fanatismo de los rigoristas hebreos— y lo (entonces) actual, como la arquitectura minimalista de Tel Aviv, con sus pequeños jardines delante de las casas o el sistema de tuberías que distribuye el agua desde el Norte hasta el Sur, convirtiendo el rocoso desierto de Judea en un vergel artificial. Describe también el origen político —nacionalista y socialista— del Israel sionista, la utopía comunal y agraria de los kibutz, la influencia del capitalismo estadounidense y el idealismo que mueve a los habitantes, casi todos extranjeros en busca de un hogar definitivo, que forman parte de la nación y de su ejército, cuya eficacia le infunde mucho respeto.

La clarividencia de Pla es admirable. Y su olfato, infalible. Escribe: «La satisfacción es el cemento que ha unido a este pueblo disperso y maltrecho. El judaísmo liberal y asimilista está en baja. El judaísmo nacional camina a velas desplegadas hacia su porvenir». Confiesa que le hubiera gustado peregrinar a Tierra Santa surcando las míticas y esforzadas rutas de los primitivos cristianos, los templarios y los caballeros cruzados. «Una pretensión a todas luces imposible. Yo me he dedicado casi toda la vida a peregrinar más o menos, pero mi objeto y mi misiva han sido más las cosas temporales que las cosas eternas», confiesa después de dejar atrás las ardientes refinerías de petróleo de Galilea y antes de asombrarse con los cipreses —«altos, grandes, elegantes, episcopales»— de Haifa, camino de la Nueva Jerusalén, «ciudad piadosa y talmúdica».

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