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Literatura

Balmaceda revive la oportunidad perdida por la Buenos Aires de finales del siglo XIX

‘Los Caballeros de la Noche’ describe la época en que la ciudad rivalizaba con Nueva York como imán de inmigrantes

Balmaceda revive la oportunidad perdida por la Buenos Aires de finales del siglo XIX

El escritor e historiador Daniel Balmaceda. | © Alejandra López

Daniel Balmaceda (Buenos Aires, 1962) es un historiador de raza. Serio, riguroso y formal. Ha descubierto, sin embargo, una necesidad en su país, y la ha cubierto gracias a una capacidad narrativa que despliega episodios significativos del pasado con una sencillez muy apreciada por sus compatriotas. Se ha convertido en uno de divulgadores de historia más vendidos de Argentina.

En Los Caballeros de la Noche (Grijalbo), la sobriedad de su estilo contrasta con una trama de lo más extravagante, pero muy descriptiva de su tiempo. Un aristócrata belga venido a menos y un español de origen humilde coinciden como emigrantes en la bulliciosa Buenos Aires de 1881, que rivalizaba con Nueva York como paradigma del sueño de una nueva vida en un continente joven, promisorio y necesitado de manos para construirse el futuro.

Se proponen formar una banda delictiva sofisticada y eligen como golpe fundacional el robo de un cadáver de la familia Dorrego, quintaesencia de la élite porteña, para pedir un sustancioso rescate a los deudos. Pero tienen la desgracia de coincidir con la formación del primer cuerpo realmente profesionalizado de policía, al mando de Marcos Paz, una suerte de Eliott Ness avant la lettre en una Buenos Aires en la que la consolidación de unas instituciones sanas y sólidas todavía parecía posible.

Balmaceda describe el duelo consiguiente entre criminales y autoridades al estilo de la época. No espere el lector las trepidantes emociones de ciertos autores capaces de incrustar al mismo personaje en la Atenas de Pericles o en el Barroco tardío, y en ambos casos como a punto de sacar el teléfono móvil del bolsillo. Los personajes de Los Caballeros de la Noche actúan como les marca su época, limitados por las convenciones sociales, con un ritmo lento y actitudes que hoy nos pueden parecer ingenuas o absurdas. Para entendernos: menos emoción o profundidad psicológica y más rigor. Es lo que hay. O mejor: lo que había.  

No en vano el libro le llevó a Balmaceda «como cinco o seis años de trabajo». Lo atrapó el expediente judicial, que no estuvo disponible durante años. «Hablamos de 500 fojas». Fojas, con esa «efe» que ya nos introduce en el tono del investigador: «Están manuscritas en cara y contracara, con una letra de médico, muy difícil de descifrar». En un primer momento trazó una estructura más novelesca, «pero sentía que el texto perdía fuerza, porque los mejores momentos son reales», como cuando «un comisario camina por afuera de un tren tratando de detener la locomotora». En una posdata del libro explica la decisión final: «Elegí narrar los hechos, sin apartarme de lo que en realidad pasó, pero dando más color a ciertas situaciones, solo de manera ilustrativa, sin inventar hechos ni personajes, para que la recreación de las escenas fuera lo más vívida posible. Porque cada bar, calle y persona mencionada están documentados en los expedientes y en las fuentes consultadas».

Historia y moda

No se permitió veleidades de novelista «al estilo Dumas», concreta ahora con un ejemplo muy gráfico, pero tampoco quiso prescindir de la narrativa, «el lugar desde el que yo podía darle mi voz al expediente y complementarlo con algo que nunca aparece en ese tipo de documentos». Por ejemplo, los perfiles de los criminales, los policías, el juez, los abogados crecen hilados por detalles sacados de la minuciosa investigación, en la que el historiador encontraba perlas como «el moderno reloj de Acevedo», alta tecnología de la época que suponía una ventaja considerable en la planificación del comisario y que el autor conoció por un diario de juventud de su hija, madre por cierto de Jorge Luis Borges.

En ese sentido, al lector quizá le resulte algo pesada la atención a la indumentaria, pero Balmaceda, que ha publicado un libro sobre la moda en la Historia Argentina, es muy consciente de cómo «el tipo de sombrero, por ejemplo, hablaba de la condición social del que lo llevaba». La diferencia entre una boina, un bombín, una media galera o una galera era entonces más significativo que en nuestra actualidad líquida. Además, en esta trama concreta las formas juegan un papel aún más especial: «Hasta entonces no existía una banda organizada, y ellos se pusieron un nombre, nada menos que los Caballeros de la Noche, y crearon un reglamento y diplomas, llamaban a los integrantes por números… Existían las mafias italianas, pero esto era un intento más multinacional de crimen organizado».

Ese y otros aspectos sociológicos fascinantes van abriendo el objetivo hasta darle al escenario un papel casi protagonista. Como bonaerense, Balmaceda podría haber caído en el error de creerse conocedor del terreno, pero se impuso el historiador: «Por lo general, un porteño no deja testimonio, porque para él es algo habitual, así que recurrí a los viajeros, cronistas que llegaban de EEUU o Europa y comentaban sus impresiones. Estas reflejaban la admiración por un peculiar hormiguero. «Hubo una explosión demográfica. Duró unos 40 años, y en el pico, entre 1880 y 1895, la ciudad recibía alrededor de cuatro o cinco barcos por semana, con entre 500 y 700 pasajeros de tercera clase. El recién llegado tenía casa y comida gratis en el hotel de inmigrantes durante cinco días, y luego debía forjarse su destino. Había mucha oferta de trabajo». El resultado era «una Buenos Aires muy cosmopolita, por las calles se escuchaban vociferar productos de venta ambulante en siete u ocho idiomas distintos».

Pero, sobre todo, era «una ciudad que quería ser moderna y que estaba en esa transición. Los 20 comisarios de Buenos Aires andaban a caballo, la comunicación telefónica era muy limitada… Y era posible que un ministro que viviera a 20 cuadras de la casa de gobierno viajara junto con todo el pueblo en tranvía». Las clases sociales, sin embargo, estaban claramente marcadas. Los Caballeros de la Noche eligen como víctima a una familia de la más alta burguesía de la nación. La novela no cae en la tan recurrente ridiculización de esa contraparte de la clases populares. Al contrario, en general se comportan con nobleza en el mejor sentido de la palabra.

Aristocracia criolla

Recuerda Balmaceda que «la aristocracia criolla, conformada por familias con apellidos de renombre, solía tener mucha actividad de beneficencia desde 1820, con becas para los estudios, por ejemplo». También organizaban el Día del Niño Pobre: «Hoy suena… Pero que en aquel tiempo resultaba absolutamente natural, esa actitud era muy valorada, y yo no quería posar mi mirada del siglo XXI sobre ella, sino mostrar lo que significaba entonces, igual que cito con la denominación original una calle que ha cambiado de nombre».

La principal energía humana de aquel Buenos Aires brotaba de los inmigrantes. Balmaceda cita, por ejemplo, las sociedades de ayuda mutua de los diferentes grupos nacionales, y aprovecha que se encuentra en Madrid de promoción para dejar un recado: «Eran los bisabuelos o tatarabuelos de ustedes, los españoles, quienes iban allá, o sus parientes, con esa necesidad en aquel tiempo de buscarse un futuro mejor». ¿Y ahora debemos, por lo menos, esos cinco días gratis? «Exacto».

El fenómeno, en cualquier caso, es complejo. En el expediente del caso de la novela, las autoridades judiciales reflexionan: «La inmigración genera avances, pero admite al mismo tiempo los elementos dañosos que arrojan los pueblos del Viejo Mundo. Por eso, debemos inspirarles a los extranjeros principios de orden y nociones de moralidad, a fin de que no lleguen a constituir un serio peligro para esta sociedad». Asumir la inmigración es una tarea complicada. «Un tercio regresaba fracasado. No habían logrado adaptarse o cumplir sus objetivos. Los otros dos tercios pudieron llevar adelante su nueva vida, y a algunos les fue fantásticamente bien, hasta el punto de que, en cuestión de años pasaron a integrar esa aristocracia, no ya criolla [nacidos en Argentina], pero sí porteña [de la ciudad de Buenos Aires]».

Y, entre el trigo, la cizaña… «En el grupo de los que pertenecían a la clase media, que ya habían logrado una mejora sustancial en sus vidas, algunos tomaban atajos. Ahí se encuadran no solo los Caballeros de la Noche, sino también los que actuaban inclusive sobre sus propios connacionales, porque la mejor forma de estafar a un español recién llegado era a través de otro español que, como dirían ustedes hoy, le vendiera la moto».

Guerras internas

Balmaceda describe el esfuerzo civilizador de unos policías, juristas y legisladores cargados de buenas intenciones. Buenos Aires y Argentina, como Nueva York y EEUU, miraban al futuro con ilusión. Sin embargo… «Fallaron las instituciones. Si quienes se sientan en sus sillones no se dedican a fortalecerlas, empiezan a debilitarse y llegan los caudillos». Estos, además, propician guerras internas, en un círculo vicioso devastador: «Tras separarnos de España, pasamos 50 años peleándonos entre nosotros, así que recién hacia 1860 comenzaba a consolidarse el país, y todo el tiempo posterior fue de acomodamiento y de tratar de darle un poco más de fuerza a esas instituciones. EEUU eso ya lo tenía resuelto».

Sin embargo, la novela, recordemos que situada en 1881, esboza una posibilidad real. Por ejemplo, se dice que «la implacable acción policial venía respaldada por leyes inflexibles y jueces intransigentes». Reconoce Balmaceda que «en esa época estaban cerrándose las heridas de la guerra civil y todos tenían la buena intención de que así ocurriera. Pero la crisis de 1890 volvió a crear una división muy notable; después fuimos avanzando un poco en el fango hasta llegar a 1929, y entonces ya no logramos hacer pie. Después de la Segunda Guerra Mundial se con ve mucha claridad el distanciamiento de nuestro sistema con el estadounidense».

¿La historia de una oportunidad perdida? «La novela se inserta en una época en la que las oportunidades de la Argentina eran muy posibles, y el paso del tiempo nos mostró que no era tan así». ¿Queda algo de aquella esperanza en este presente? «El historiador, en general, necesita unos 50 años de distancia para poder comprender los hechos de una manera más objetiva». No parece argentino Balmaceda, diría un español apegado al tópico… Apenas se anima a reafirmar el diagnóstico ya descrito de épocas anteriores: «Las instituciones tienen que ser fuertes. Si no lo son, todavía estamos pisando tierra movediza».

Entre los muchos libros que alberga el historiador en su cabeza —«sé perfectamente cuáles son los próximos ocho libros en los que tengo que trabajar para optimizar la investigación»—, el próximo en salir camino a la imprenta se sitúa en los años 20 del pasado siglo, «los roaring twenties en la Argentina, con todos los cambios que surgieron sobre la identidad nacional». Siempre con una trama criminal como vehículo.

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