Voces y vicios poéticos de las Américas
Edgardo Dobry reúne una veintena de ensayos sobre sus poetas predilectos

El ensayista y escritor argentino Edgardo Dobry. | Wikimedia Commons
La literatura es el territorio de la libertad y su reverso, la lectura, la hoguera sagrada donde empieza este fuego. Esto explica que, en materia de gustos literarios, todo esté permitido, lo que no equivale a enterrar uno de los rasgos capitales de la cultura: la selección, el sentido de la jerarquía, el secreto de la distinción artística. En tiempos como los actuales, donde se confunden los desahogos con el arte, la sensiblería con la sensibilidad y cada semana las editoriales nos venden una obra maestra, conviene insistir en que no es posible diferenciar dos cosas sin compararlas a fondo y menos todavía bendecirlas sin argumentar el criterio intelectual o estético que alimenta nuestras propias elecciones, sean estas las que sean.
En el terreno de la cultura no existe la igualdad ni la corrección política. Lo único que rige es la ley de la excelencia, que puede ser perfectamente cambiante, como lo es también la convención cultural acerca de lo que es (y no) la literatura, pero que en absoluto cabe considerar inoperante. De entre todas las artes, la primera, y acaso la más venerable, además de la más difícil, es la poesía, que nace con el lenguaje y aspira a enunciar una verdad inmutable. Hoy, como ayer, apenas si se venden libros de poemas, pero la poesía, al menos como concepto, sobrevive a esa confusión mercantilista que liga lo literario con lo editado, siendo dos cosas absolutamente dispares. La poesía es un idioma universal —que se escribe en distintas lenguas— y que no se presta con facilidad a documentar una realidad histórica o política. Su mundo es anímico, más que geográfico.
De ahí que se corra un cierto riesgo cuando se intenta, más allá de lo obvio, identificar el arte poético con un determinado territorio físico, cuando su reino, en realidad, carece de naciones y de fronteras. El ensayista y escritor argentino Edgardo Dobry, afincado en Barcelona, ha afrontado este reto en un libro —América en sus poetas (Taurus)— donde reúne una veintena de ensayos sobre los libros de poesía que, a su juicio, mejor explicarían la doble tradición lírica americana: la estirpe literaria de raíz inglesa (Norteamérica) y la hispana, que Dobry designa con el marbete de América Latina, lo cual no deja de ser inexacto y un anacronismo, porque la América que habla español y portugués (Brasil, por cierto, no aparece en este libro) es bastante anterior (en el tiempo) a la que se expresa en el lenguaje de las antiguas colonias británicas.
Dobry construye su libro con una selección de sus poetas predilectos. Algo totalmente lícito, aunque tal ejercicio de libertad tenga el pequeño problema —y no menor— de no coincidir exactamente con aquello que justamente promete el subtítulo: trazar «una cartografía lírica del continente». Si era la pretensión de partida, no es el punto de llegada. El libro de Dobry es una guía de lecturas personales donde muchos de los poetas elegidos están lejos de representar la variedad poética de las Américas. Apenas aparecen cinco autores anglosajones —los fundacionales Poe y Whitman, dos maestros indiscutibles, junto a William Carlos Williams, John Ashbery (que merece dos capítulos) y Ron Padgett— frente a una mayoría de voces argentinas. La proporción desmiente, pues, el título: muchos poetas en español frente a esta escasísima cuota de autores en inglés no hace justicia a la realidad literaria y editorial, aunque sin duda satisfaga los gustos del autor de este ensayo.
Consciente de tal contradicción, el profesor argentino intenta justificarse en el prefacio del volumen. En él afirma que su intención no es realizar un «estudio sistemático» de la poesía en las Américas, ni siquiera evidenciar que exista una «voz continental» o construir un «canon». Perfectísimo. ¿Entonces por qué titula su libro sugiriendo lo que no estaba, ni está, en su ánimo? Gran misterio. Poético, por supuesto. Dobry explica a continuación que en él se acoge a otro «criterio»: quiere hablar de «libros» más que de «autores». Maravilloso. Nada que objetar al respecto, salvo el hecho —la cosa es indiscutible— de que la inmensa mayoría, por no decir todos, de cada uno de los 23 capítulos de su libro —la única excepción es Trilce, de César Vallejo— aparecen, tanto en el índice como en el encabezamiento de cada ensayo, con un título que nunca remite a los poemarios en cuestión, sino al nombre o a la figura de sus autores.
Selección discutible
Es una forma curiosa, y quizás artística, de contradecirse: defender «un criterio» que, desde el punto de vista de la estricta ejecución editorial, no se aplica en la elaboración del libro. Su selección de poetas continentales, obviamente, también es discutible. Suele pasar con cualquier antología, lo cual no debería ser un problema, sino un punto de partida para la discusión. Si aquí se convierte en un gran obstáculo es porque la lista de Dobry es caprichosa. Si uno dice querer hacer un mapa de la poesía americana, está obligado, aunque elija un sendero en lugar de otro para transitar por ese espacio, a reseñar algunos puntos mínimos de referencia si lo que se pretende de verdad es dirigir al lector a algún sitio, en lugar de marearle.
Muchos de estos referentes no aparecen en la propuesta de Dobry, que obvia a Neruda y a Nicanor Parra, en el caso chileno, y dedica una pieza a Raúl Zurita (plagiador de Bob Dylan) o, en el caso mexicano, opta por Aurelio Major, editor y traductor con escasos poemarios publicados, en vez de por Octavio Paz, que, además de premio Nobel, es un ensayista colosal y un poeta titánico. Asombra también que junto a Leopoldo Lugones (sobre el que Dobry escribió su tesis doctoral) u Oliverio Girondo, dos interesantes escritores, no estén Jorge Luis Borges o Juan Gelman.
La arbitrariedad a la hora de elegir las voces americanas —de una América excesivamente barcelonesa, cabe decir— impide que otra de las promesas de partida del ensayo —establecer vínculos entre los poetas norteamericanos y los hispanoamericanos, un ejercicio muy interesante— se cumpla, al margen de las obviedades de rigor, como la descripción del modernismo hispanoamericano (distinto al modernism anglosajón) como el primer momento emancipatorio de la literatura escrita en español en América con respecto a la tradición peninsular.
Quedan fuera del lienzo de Dobry fenómenos tan sustanciosos como los vasos comunicantes entre la antipoesía o el prosaísmo de Ernesto Cardenal con determinados autores de la generación beat, o los paralelismos entre versos tan sueltos como Huidobro y Emily Dickinson, por citar a dos notabilísimos poetas (como muestran sus libros) que el ensayista argentino, que afirma que quiere «sugerirle al lector sustratos, asociaciones y direcciones no evidentes a primera vista», no contempla.
Dobry ha compuesto este libro con una mera sucesión de notas básicas, demasiado básicas, de lectura. Cabe reconocerle el indudable mérito de divulgar la poesía entre los lectores no excesivamente versados en la materia literaria y la atención (sincera) que presta a determinados autores, como es el caso de Rosario Castellanos, José Kozer, Tulio Mora o Tamara Kamenszain (a la que dedica dos piezas en vez de una), todavía no suficientemente conocidos (y leídos) en España.
