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Literatura

En la muerte de Lobo Antunes

«El escritor portugués dedicó su vida a armar una de las empresas literarias más ambiciosas de Europa»

En la muerte de Lobo Antunes

António Lobo Antunes en el Salón del Libro de París. | Wikimedia Commons

Me dio la noticia mi editor, al poco de terminar de hablar del libro que tenemos entre manos. «Ha muerto Lobo: descanse en paz». Sabía perfectamente lo que significaba para mí, y tras su mensaje llegaron otros tantos más con las mismas condolencias, más parecidas a las que se reciben por un familiar o un amigo que por un maestro literario. Yo, ciertamente, estaba emocionado, por su muerte y por haber hecho que algunos lo leyeran gracias a mi devoción. Le debo mucho, más de lo que pueda parecer: una familia parecida, un trabajo parecido y una manera de entender la literatura desde la forma y la poesía me espolearon a escribir hace ya más de 15 años. 

António Lobo Antunes ha muerto en su casa de Lisboa a los 83 años, después de unos pocos ausente por una nunca confirmada del todo demencia. Nació en Lisboa, en una vieja casa palacio de Benfica, el 1 de septiembre de 1942, primogénito de un profesor de neurología y nieto de un vizconde. Estudió Medicina, se especializó en Psiquiatría y pasó dos años en la guerra colonial de Angola como teniente médico. A su vuelta conoció el infierno de los sanatorios mentales antiguos, y con esas trágicas experiencias y una pasión literaria despertada, según él, a los siete años, publicó su primera novela a la tardía edad de 37 años.

Desde Memoria de elefante (1979), donde cuenta en una temprana autoficción el desmoronamiento de su vocación médica y el de su matrimonio, hasta la última publicada en Portugal, O tamanho do mundo (2022), Lobo Antunes se dedicó a armar una de las empresas literarias más ambiciosas de Europa: más de una treintena de gruesas, laberínticas, poéticas y casi imposibles epopeyas líricas sobre la memoria, el colonialismo, la guerra, la familia, las diferencias de clases, la identidad, el dolor, la enfermedad y el subconsciente, casi todo ello en una Lisboa personal e intransferible como la llave que, decía él, habría de encontrar el lector que quisiera entrar en sus libros. Se tradujo a casi todas las lenguas cultas y tuvo tanta admiración como pocos lectores completos. 

Lo primero que escribí al enterarme de su muerte fue que algunos seguiremos escribiendo para los pies de los niños muertos, algo que solo los muy loboantunianos entienden. Lobo tuvo, según él, tres maestros literarios, y ninguno era escritor: las gentes de Angola, que le enseñaron que no existe una diferenciación entre pasado, presente y futuro; un paciente esquizofrénico del hospital Miguel Bombarda que le dijo que el mundo estaba hecho por detrás y un paciente de cinco años que se murió de leucemia cuando era residente de pediatría, y cuyo cadáver vio alejarse en la enfermería con un piececito colgando de la sábana. «Supe entonces que yo iba a escribir todos mis libros para ese pie». Quienes estamos por el ejercicio de una profesión sanitaria cerca del dolor humano entendimos perfectamente qué quiso decir con ello, y continuaremos haciéndolo; viendo, como decía Flaubert, a las personas por dentro.

No obtuvo el premio Nobel que en 1998 dieron a Saramago, que era muy inferior, y es que ya se sabe que entre un aristócrata y un falso humilde hijo de campesinos siempre se suele elegir a quien presume de humildad y hace bandera de ello. A Lobo Antunes le importaba no tener el premio sueco más de lo que admitía, pero entró en la Pléiade francesa, que era más importante, según él. Se cagaba en los premios porque no mejoraban la obra, y dijo, antes de perderse dócilmente en las tinieblas de la noche del título de una de sus novelas (y de un poema de Dylan Thomas), que la verdadera vida de un escritor está en sus obras, y que estas lograban vencer a la muerte. Así será con él. 

Muito obrigado, querido maestro. 

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