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Literatura

El entrañable viaje de Aysegül Savas por la globalización cotidiana

La novela ‘Los antropólogos’ confirma el talento de la autora para revelar el sentido de los pequeños detalles de la vida

El entrañable viaje de Aysegül Savas por la globalización cotidiana

Ayşegül Savaş. | © Maks Ovsjanikov

Aysegül Savas ha pegado un pelotazo curioso con Los antropólogos (Tusquets).  Ya había mostrado maneras en cosas como Volver a casa, pero su última novela la ha puesto definitivamente en el punto de mira del mundillo editorial anglosajón. Hay ahí quien la compara con Sally Rooney. Me parece un poco precipitado. Dejémoslo en que tiene buena pinta. Los antropólogos es una novela interesante y, sobre todo, entrañable, con una voz auténtica y un notable estilo que se nutre de esa difícil sencillez tan agradable de leer; ligera en sus poco más de 200 páginas, pero con sustancia. Subamos mejor a muy buena pinta.

Cuenta la historia de Asya y Manu. Pareja desde la universidad, comienzan sus carreras profesionales en una ciudad extranjera para ambos. La madurez se les echa encima cuando se plantean comprar un apartamento y Asya aprovecha para desplegar su vocación de antropóloga. Cineasta documental, recoge imágenes del parque del barrio… con la misma mirada con que se observa a sí misma, a su pareja, a sus escasos amigos, a la ciudad que los acoge. Una mirada aguda, pero no pedante. Todo lo contrario: el principal valor del libro es la naturalidad con que se nos va filtrando la cotidianidad de la pareja hasta crear una cercanía cálida, deliciosa.

Savaş nació en 1986 en Estambul y creció en Londres, Copenhague y Estambul. Se graduó en antropología y ruso en el Middlebury College de EEUU y vive en París, donde enseña escritura en la Escuela de Periodismo de La Sorbona. Colabora en The New Yorker, The Paris Review, Granta, The Guardian y The Dublin Review, entre otras publicaciones. Una biografía que le resultará muy significativa al lector de Los antropólogos. Savaş comparte con su narradora, Asya, una generación criada a los pechos de la globalización y ya del todo consciente de ella: de sus beneficios y de sus desafíos.

Hay un evidente coming-of-age, aunque con un interesante planteamiento en pareja: «Llevábamos ya varios años en la ciudad, y de vez en cuando nos entraba la preocupación de no estar viviendo conforme a las reglas adecuadas, de no haber hecho nada por afianzar nuestras vidas». Pero un hecho marca la diferencia: aunque nacidos y criados en diferentes países, son «becarios en un país extranjero, lo que significa que reconocíamos algo el uno en el otro».

No se mencionan sus países de procedencia; podrían ser Turquía o algún país europeo más o menos periférico. Tampoco la ciudad de acogida, una gran metrópoli; suena bastante a París y/o Nueva York. Da igual. Ninguno es hijo de grandes élites, como los cosmopolitas de antaño. Sus familias de clase media les permiten un aterrizaje amable en la nueva oportunidad global, costeándoles viajes y una buena educación. A ellos les toca dar el siguiente paso en el complejo viaje a su propia pertenencia: «En lugar de los pósteres enmarcados que llevábamos arrastrando desde la universidad, colgamos cuadros que habíamos adquirido en el mercadillo: un plato con frutas, una marina al atardecer. Eran pinturas que nos gustaban, sí, pero también nos gustaba lo que pudieran decir de nosotros: que éramos personas con cuadros auténticos en la pared».

Tiempo para pensar

Manu sale de casa temprano para ir a trabajar en la organización sin ánimo de lucro ubicada en el otro extremo de la ciudad. «Mientras él preparaba el desayuno, yo ponía la cafetera y me sentaba con él a la mesa, todavía en pijama. Era una suerte de ritual, estar allí sentados uno frente al otro, cara a cara. En nuestra vida había pocos rituales, y desde luego ninguno cargado de historia, o al menos no de la historia legitimada por tradiciones, naciones o religiones. Así que esos detalles importaban».

A Asya acaban de concederle una subvención para el documental, «aunque la financiación era lo bastante flexible como para poder destinarla a otras muchas cosas». Tiene mucho tiempo libre para pensar, a menudo sobre si dedica demasiado tiempo a pensar sin hacer nada más evidentemente productivo. Supuesta improductividad en la que, sin embargo, persevera al descubrirla como algo parecido a la vocación: «Por el momento solo sabía que quería filmar la vida cotidiana y celebrar su gracia insustancial. No deseaba viajar a ninguna parte ni investigar sobre las costumbres de otros lugares, sino quedarme en la ciudad y establecer ciertas reglas».

Los vínculos anteriores al experimento fundacional en la nueva ciudad permanecen en forma de visitas y una tecnología curiosamente (en estos tiempos de pánico a la IA), amansada por la ternura más inapelable. «Durante la videoconferencia de aquella tarde nos tomamos un té y un trozo de pastel. De avellana para mi madre, de limón para mí. Levantamos nuestros respectivos platos hacia la pantalla. Qué maravilla, dijo mi madre. Incluso al cabo del tiempo, la intimidad tecnológica seguía emocionándola. Le conté que Sara había venido de visita. ¿Sigue soltera?, preguntó mi madre. La cabeza de mi abuela apareció en la pantalla. ¿Quién?, preguntó».

La compra del apartamento administra la tensión narrativa del coming of age. Las visitas a las ofertas son magníficas oportunidades para que Asya despliegue sus dotes de antropología: tanto en el momento, sobre el hogar que parece haber sido y podría ser el espacio concreto, como posteriormente, en el contraste con Manu de la impresión que les ha causado. En paralelo, las amistades y lugares comunes cambian, en un maravilloso juego dialéctico, aparentemente contradictorio, como de sístole y diástole, que Asya acierta a describir desde las primeras páginas: «Durante muchos años, solo fuimos nosotros dos. Cuando nos conocimos, el mundo se expandió, pero también se contrajo: tenía cabida suficiente para nosotros dos (un universo entero) y dejaba el resto al otro lado de una cortina. Entonces éramos muy jóvenes, apenas acabábamos de dejar atrás la infancia».

A partir de ahí, una épica deliciosamente pequeña, enormemente significativa si se la mira bien: con sensibilidad de antropólogos.

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