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La Europa de las letras

María Stepánova: desde que tenía memoria

Nacida en Moscú, es uno de los nuevos valores de la literatura rusa, aunque esta se desarrolle mayormente en el exilio

María Stepánova: desde que tenía memoria

Ilustración de Alejandra Svriz.

«Siempre supe que algún día escribiría un libro sobre mi familia —dirá la poeta rusa María Stepánova en su extraordinario libro En memoria de la memoria— y en algunos momentos concebía esa tarea como la misión de mi vida». Un nuevo culto, la memoria, se ha convertido en objeto de adoración general en nuestros días. Un carácter subjetivo, con libertad absoluta de enfoque y selección de materiales, un tratamiento y alternancia en los recuerdos opcional y privado, que «ofrece la posibilidad de elegir cualquier segmento histórico, aunque no guarde relación con la historia que se cuenta», añadirá la autora de este fascinante y maravilloso libro sin género, magníficamente traducido por Jorge Ferrer.

El resultado es un receptáculo deslumbrante y sumamente cautivador, de lo mejor publicado en los últimos años, en cualquier lengua, que contiene, acompañándose de una escritura nómada y exquisita, de profunda y sutil carga poética, un sinfín de anécdotas y microhistorias familiares, de citas históricas y literarias, de personajes provenientes de lo privado pero también de la historia con mayúsculas, de detalles ínfimos tercamente perseguidos, o si no de brillantísimos ensayos infiltrados sobre la fotografía o sobre la evolución del culto a la memoria a través de las épocas y sensibilidades. La obra funciona como un contenedor híbrido que mezcla memoria, ensayo y literatura de forma excepcional.

Autores como Barthes, Jacques Rancière, Siegfried Kracauer, Susan Sontag, Thomas Mann, Proust, Pamuk, Pasternak, Mariana Tsvietáieva, Lidia Guinzburg y su excelente diario del Cerco de Leningrado, Alekséi Tolstoi, Blok o Isaiah Berlin, por citar solo algunos, se alternan con excelentes capítulos dedicados a Sebald, Joseph Cornell, Osip Mandelstam o a la pintora Charlotte Salomon y el Holocausto. «El siglo de Platónov y Kafka —dice Maria Stepánova en su fabuloso contenedor, mezcla de diario de viajes, de lecturas y de reflexiones sobre un pasado familiar muchas veces desconocido, bordeando sin cesar los márgenes de la Gran Historia— ese siglo que se inicia con un potente impulso hacia los cambios, envuelto en una utopía colectiva y la nostalgia del mundo por ‘lo nuevo’, pronto se percibirá como el terreno de la retrospección».

Todo parece negarse a morir del todo en el libro de Stepánova, las pesquisas y hallazgos, las pistas y descubrimientos, obsesivamente desmenuzados y escrutados, hallan su espacio en cada página, convirtiéndose toda ella en pequeños ensayos concentrados, en insólitos y valiosos «tesoros recuperados»: «Cada historia y cada objeto —dirá al afrontar el relato de las últimas generaciones de su familia judía, enlazadas al transcurrir de turbulentas épocas de las que, milagrosamente, logran sobrevivir— reclamaba para sí la condición de tesoro recuperado». La memoria aparece como un proceso activo de rescate frente al olvido histórico. Constantemente, entre visitas y estancias en Viena, París o Berlín, «surgen nuevas figuras del abismo del silencio, personas olvidadas por su propio tiempo». Un tiempo, pespunteado, sin un respiro, por revoluciones, guerras civiles y mundiales, persecuciones raciales o purgas estalinistas, que no escatimó violencia alguna en la tierra común a todos ellos: «Rusia, donde el ciclo de la violencia se ha prolongado sin desmayo por una sociedad que se mueve de desgracia en desgracia, de la guerra a la revolución, al hambre, a la represión masiva, a una nueva guerra y a nuevas represiones, se convirtió en el territorio de una memoria dislocada antes que en otros lugares».

Gran poeta, narradora, crítica literaria y ensayista, Maria Stepánova (nacida en Moscú, en 1972) es uno de los nuevos valores de la literatura rusa actual, aunque esta se desarrolle, en la mayor parte de los casos, como en otras épocas, en el exilio. La tradición literaria rusa sigue marcada por el exilio y la violencia histórica que condiciona a sus autores. Una literatura y una historia que marcaría el destino de nuestra civilización, que no ha cesado jamás a lo largo del siglo pasado y parte del actual en curso, de dejar atrapadas a varias generaciones de brillantes escritores, estudiosos y sovietólogos, como sucedió con la monumental y admirable «saga de la Revolución Rusa», La casa eterna (aparecida en Acantilado) de Yuri Slezkine.

En el caso de Stepánova, fundadora de la revista cultural independiente Colta.ru, una especie de New York Review of Books ruso, su mirada se dirigirá a la historia de sus antepasados, que coincide con la historia de los judíos rusos en su conjunto, en el momento de su «emancipación» a lo largo del siglo XX. La historia familiar se convierte en reflejo de la experiencia colectiva de los judíos rusos. Judíos que, no a salvo de un vergonzoso antisemitismo, del que Stepánova citará no pocos casos de autores muy conocidos, vivirían algunos de los más trágicos momentos del pasado siglo: sin ir más lejos, los suyos, empezando por su audaz y pionera bisabuela Sara Guinzburg, «una bolchevique sin carné del partido», como le gustaba definirse, graduada a comienzos del siglo XX en París con el título de medicina, y varios más de su familia de la misma profesión, lograron no ser aplastados por la tristemente célebre trama antisemita urdida por Stalin antes de morir llamada «el complot de los médicos judíos». Una familia, en la que, generación tras generación, estaba prohibido no tener una educación superior: «Somos judíos, me dijeron a los siete años, no puedes permitirte no estudiar». Autora de otro espléndido libro, The Voice Over, compuesto por poemas y excelentes ensayos (como uno dedicado a Marina Tsvietaiéva) la altura literaria de Stepánova la acerca hoy a grandes autoras como la bielorrusa, premio nobel de literatura, Svetlana Aleksiévich, practicante igualmente de magníficos libros sin género.

«Desde que tenía memoria de sí misma —dirá por su parte M., la protagonista de la novela de Stepánova Desaparecer— recordaba un periodo de su vida en el que no hubiera tenido a la bestia cerca». La «bestia» simboliza el poder político opresivo encarnado en Putin, un personaje de cuento de terror gótico que aparece y desaparece sin cesar en la narrativa. Sin embargo, el nombre jamás se imprime sobre el papel; tan solo se le reconoce por el rastro de terror que deja a su paso en «los diarios partes de guerra y noticias, a cuál peor que la anterior».

En su siguiente libro aparecido en nuestro país —admirablemente traducido de nuevo por Jorge Ferrer— tras el éxito mundial que significó En memoria de la memoria (Acantilado) donde Stepánova, residente en Berlín desde 2022, narraba la historia de varias generaciones de una familia, la suya, de judíos rusos, esta escritora ha adoptado para su obra Desaparecer el tono de una fábula. La autora recurre a la fábula para abordar el exilio y la guerra contemporánea. Una fábula por la que se desliza un personaje, una escritora llamada M., en medio de un aire irreal, de ultratumba, y a la manera de un más allá que se parece extrañamente a nuestro mundo actual, tal y como lo conocemos. M., tras abandonar «el país donde vivía», y en concreto «la guerra que la bestia desató» contra un Estado vecino, es ahora una exiliada en la ciudad de B. Una apátrida más, de los muchos que se fueron del hogar que siempre fue el suyo.

Paseando como en un ensueño, alternando imágenes oníricas con «palabras e ideas» que la pueden traicionar en cualquier momento transportándola a una vida anterior; perdida en ciudades pequeñas de paso donde ha ido a parar por azar, inmersa en un tiempo y en lugares que le parecen siempre ajenos, M. arrastra la condena, muchas veces inexpresable, ante extraños que no pocas veces le preguntan con sospecha, e incluso suspicacia, de dónde proviene: «La ciudad extranjera en la que M. vivía ahora estaba llena de gente que había huido de los dos países en guerra, y aquellos que habían sido agredidos por los compatriotas de M. miraban a sus antiguos vecinos con horror y desconfianza, como si la vida que todos habían llevado antes de la guerra sólo hubiera servido para enmascarar el parentesco con la bestia que ahora quería zampárselos». El exilio genera desconfianza y fractura las relaciones entre antiguos vecinos.

Expatriados y desplazados sin la seguridad de un suelo familiar sobre el que posarse y dormir plácidamente cada noche, todos ellos provienen de «una vida pasada» que les daba identidad. La pérdida de identidad define la experiencia del desplazamiento. Ya sea visitando museos, en paseos por los parques, en lecturas dadas en librerías o invitados, como es el caso ahora de M., a festivales literarios; deambulando de trenes en trenes, de un hotel a otro hotel, o incluso deseando brevemente ser contratados en un circo ambulante cualquiera, para así volverse invisibles, incorpóreos, anónimos, en una suerte de «existencia póstuma» que les permita desaparecer de una vez por todas, en su nueva «condición de ser nadie» M. tampoco logra desatarse ni por un momento de la pesadilla de la que ha huido, como tantos otros, en todas las épocas, «del país donde vivía». Ya fuera a finales de los años treinta del siglo pasado, escuchando «el crujir de huesos y viendo crecer la sopa de la sangre», o ahora mismo. Ya se trate de una bestia u otra, ya que «las bestias siempre se comportaron igual y comieron de lo mismo».

Un libro magnífico el último de esta estupenda escritora, de una poesía espectral y estremecedora, donde no deja de asomar ni por un momento el mismo y trágico destino deparado a naciones que guardan dentro de sí algo parecido a una sola memoria. La repetición de la violencia histórica atraviesa generaciones y territorios. Una memoria que se da una y otra vez la mano, en medio de cadenas tenebrosas «llenas de pelotones de fusilamiento y rabiosas consignas», en innumerables campos de trabajo o bien «juzgados por actos que no se correspondían con el espíritu del Estado». Lugares, o infiernos terrenales, donde acabarían dando cuenta todos, «como si su vida no valiera un céntimo».

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