El mapa secreto del deseo: viajar por la historia a través del cuerpo
«El mayor órgano sexual es el cerebro», afirma García Calero

Jesús García Calero y María José Solano. | Isabel Permuy/ ABC
Hay libros que nacen como un gesto de resistencia. Geografía del deseo: 42 relatos eróticos (Reino de Cordelia, 2026), de Jesús García Calero y María José Solano, pertenece a esa estirpe. Concebido durante la pandemia, cuando «nos robaron el tacto», como recuerda Calero en una entrevista con este medio, el volumen es una respuesta literaria —y casi política— a la distancia impuesta: una celebración del cuerpo, pero también de la imaginación, del misterio y de la libertad de fabular.
El proyecto arrancó en una conversación por Zoom, en esos días suspendidos en los que la vida parecía transcurrir en pantallas. «Pensamos que sería rebelde y revolucionario escribir cuentos eróticos en ese momento», explica García Calero. La idea, en apariencia sencilla, se transformó en una empresa ambiciosa: recorrer el deseo a través del tiempo y del espacio, desde la Antigüedad hasta el siglo XXI, trazando una geografía no solo de cuerpos, sino de miradas, ciudades y mitologías personales.
Un libro a dos voces y dos máscaras
Antes de ser libro, estos relatos circularon en Zenda bajo seudónimos. Él firmaba como J.C. Pursewaden —un guiño al universo de Lawrence Durrell—; ella como Irene Adler, la única mujer capaz de derrotar a Sherlock Holmes. No fue un capricho, sino una estrategia creativa. «Nos dio mucha libertad», admite Calero. «Era una mirada ajena que quizá diluía la idea de que nos estábamos metiendo en un jardín».
Pero esa libertad también se tradujo en una estructura dual que vertebra todo el volumen. García Calero construye, documenta, narra; Solano encarna, atraviesa, vive. Él sitúa escenas eróticas en momentos históricos —Lope de Vega en el destierro, Larra en su último día, la familia Shelley entre sombras góticas—; ella se convierte en una figura mutable, casi inmortal, que transita esos mismos escenarios como amante perpetua.
«Adler es la brecha en el muro de un hombre que no tiene brechas. Es la brecha carnal de un héroe intelectual. Conan Doyle nunca nos dijo si se enamoró o no de ella, pero precisamente ese es el misterio que nos dejó a los lectores. Nos regaló el espacio para imaginar. Y en ese espacio hay un hombre infalible que se muestra falible, fallido, derrotado por una mujer», explica Solano en la entrevista. «Quería construir una especie de ‘judía errante’, una figura que atraviesa el tiempo amando», confiesa. Esa tensión entre narrador y protagonista, entre observación y experiencia, da al libro su pulso más singular.
El deseo como territorio cultural
Lejos de cualquier tentación explícita o provocadora en sentido superficial, Geografía del deseo apuesta por una erotización de la cultura. Los relatos están anclados en lugares concretos —Nápoles, Madrid, Nueva York, campamentos medievales o casas victorianas— y en figuras históricas o literarias. «La idea era no salirnos del terreno de la cultura», explica García Calero. «No caer en lo oscuro, no irnos a los Sades, a los Miller, sino en algo más barroco, más luminoso».
Ese barroquismo se manifiesta en la acumulación de capas: referencias literarias, reconstrucciones históricas minuciosas, guiños eruditos. El periodista documenta cada escena con rigor casi obsesivo. «Todo lo que aparece en algunos cuentos es real», señala, «desde los versos de Guillermo de Aquitania hasta detalles arquitectónicos de la casa de los Shelley». Pero esa base factual no limita la imaginación; al contrario, la potencia.
En paralelo, Solano introduce una dimensión lúdica que resulta clave para entender el libro. «Somos homo ludens antes que homo sapiens», afirma. Esa idea —la condición del ser humano como jugador— atraviesa sus relatos, concebidos como disfraces, máscaras, fragmentos abiertos. «Quería jugar a disfrazarme», explica, y ese juego no es superficial: es una forma de conocimiento, una manera de explorar identidades, cuerpos y épocas.
Sus textos, escritos in medias res, funcionan como piezas incompletas que el lector debe continuar. «Yo doy el gajo, no la historia entera», dice. Así, el deseo no solo se representa: se activa en quien lee, que participa en ese juego de imaginación. «Es un fragmento de un manuscrito encontrado o quemado. El lector tiene que construir el principio y el final».
Imaginación frente a transparencia
Uno de los ejes más interesantes del libro —y de las reflexiones de sus autores— es la reivindicación del misterio. En una época de sobreexposición, donde «lo vemos todo demasiado pronto», el deseo corre el riesgo de agotarse antes de empezar.
«El mayor órgano sexual es el cerebro», afirma García Calero. «El deseo es una propuesta. Uno quiere escribir sobre la piel del otro cuerpo». Para él, la transparencia excesiva «fulmina el deseo», porque reduce el espacio de la fantasía. En los relatos, esa tensión se traduce en encuentros que se encienden y se apagan, en deseos que crecen en la distancia más que en la consumación. «Alimentamos con palabras lo que realmente queremos, incluso cuando estamos separados».
Solano va aún más lejos al vincular deseo y lenguaje. «El deseo es puro, directo», sugiere, mientras que el lenguaje introduce una inevitable traición. Nombrar es transformar, y esa transformación es ya literatura. «La traición es materia literaria», dice, «porque revela la complejidad del ser humano: su capacidad de construir y destruir al mismo tiempo. Y si alguien se queda solo con uno de los dos elementos, vive engañado. Porque el hombre es capaz de las dos cosas».
Un libro ‘rebelde’ en su normalidad
Paradójicamente, Geografía del deseo resulta provocador no por lo que muestra, sino por cómo lo muestra. En palabras de García Calero, está escrito «desde una salvaje normalidad. No hay voluntad de aleccionar ni de representar cuotas; las historias surgen donde ha surgido el deseo, sin agenda previa».
Ese gesto, en el contexto actual, adquiere un matiz subversivo. «No pensamos en portavoces ni en discursos», insiste el autor. «Aquí está el ser humano desnudo frente a otro ser humano». La libertad que reivindica el libro no es ideológica, sino íntima: la posibilidad de explorar el deseo sin filtros ni consignas.
Solano coincide en esa lectura, aunque desde otro ángulo. «Es un libro revolucionario cuando no debería serlo», afirma. «Es lo más clásico que existe». Para ella, la verdadera ruptura está en recuperar la experiencia sensorial en una cultura mediada por pantallas. «Quería llenar de sangre, de vida, de carne, lo que está amortiguado por la pantalla, sobre todo, durante el encierro por la pandemia», explica.
Geografía de cuerpos y de miradas
El título no es casual. Esta geografía no se limita a los cuerpos, sino que abarca espacios, épocas y formas de percibir. Cada relato es una coordenada donde el deseo adopta un matiz distinto: el riesgo medieval, la melancolía romántica, la libertad contemporánea o la incertidumbre del futuro.
En ese recorrido, emerge una idea persistente: el deseo como motor universal, pero también como fenómeno histórico. «A lo largo de las épocas, la gente ha encontrado maneras de alimentarlo», señala García Calero. Sin embargo, hoy ese proceso es más inmediato. «Y al ser más rápido, hay que luchar contra su entropía».
Solano, por su parte, distingue entre deseo y sexualidad. «Hoy hablamos mucho de sexualidad, pero no de deseo», apunta. La diferencia es clave: la primera puede enseñarse, catalogarse; el segundo exige misterio, reto, construcción. «El hombre es un cazador, necesita algo que descubrir», dice. Sin ese desafío, el deseo se reduce a lo inmediato, a lo consumible.
Entre la historia y el futuro
Al situar relatos en distintas épocas, los autores no solo exploran variaciones del deseo, sino que cuestionan su supuesta evolución. El salto hacia un futuro cercano —2029— introduce una ambigüedad inquietante: más libertad en algunos aspectos, más restricciones en otros.
García Calero lo resume con lucidez: «Hay carriles que se han abierto hasta las últimas consecuencias, pero hay muchas otras cosas que nos parecen fatales. Hay debates que durante siglos han sido muy naturales y ahora son tabú». En ese equilibrio inestable, el deseo sigue siendo un territorio en disputa.
Geografía del deseo funciona como un mapa incompleto a propósito. No pretende fijar coordenadas definitivas, sino señalar rutas posibles: las del recuerdo, la fantasía, la historia y la intuición. Entre el rigor documental de García Calero y la deriva sensorial de Solano, el libro propone una reconciliación poco frecuente: la del pensamiento con el cuerpo y la de la cultura con el instinto.
Y en ese cruce —incierto, cambiante, siempre abierto— es donde el deseo recupera su condición más fértil: no como un territorio que se posee, sino como un espacio que se explora.
