The Objective
Teatro

Alfredo Sanzol al rescate de la fraternidad

La obra ‘La última noche con mi hermano’ parte de una enfermedad terminal para mostrar el valor de los lazos familiares

Alfredo Sanzol al rescate de la fraternidad

Escena de ‘La última noche con mi hermano’. | © Barbara Sánchez Palomero

«El duelo por la pérdida de una hermana o de un hermano es el que socialmente está menos acompañado». Alfredo Sanzol (Pamplona, 1972), director del Centro Dramático Nacional (CDN), se ha consolidado como uno de los principales autores y directores del teatro español con obras cercanas, entrañables, directas al corazón. Ahora, además, ha descubierto una veta sobre la que percutir con una catarsis absolutamente necesaria.

Conclusión con base empírica: en La última noche con mi hermano he oído (obviamente, no se mira: el pudor) llorar y reír como pocas veces en un teatro. Hasta el 5 de abril se representa en el María Guerrero de Madrid la historia de una familia descolocada por el cáncer que le acaban de diagnosticar a Nagore, una mujer vitalista e independiente con opiniones políticas más que discutibles, pero completamente abierta a una ternura socarrona que todos adoran.

Su hermano Alberto no puede aceptar la enfermedad que devora lo que siente como una parte de sí mismo. El texto de Sanzol profundiza en esa identificación, que se abre a la maravillosa prolongación de Alberto que es su familia. Su mujer Ainhoa intenta recomponer la relación con su hermano Claudio, un oncólogo de prestigio que acepta supervisar el caso de Nagore. Sus dos hijos, Nahia y Oier, están embarcados en el comienzo de sus carreras profesional y universitaria, respectivamente.

Tres parejas de hermanos con la enfermedad y la muerte rondando para afilar los lazos y las grietas, las emociones y los sentimientos, los recuerdos y, sobre todo, ciertos silencios. En escena, el texto desarrolla una magnífica fluidez, intensificando el ritmo con diálogos brillantes en su sencillez, la cotidianidad cargada de sentido. Los actores, estupendos, responden al órdago. Abren el frigorífico, sacan la botella de zumo y se meten al espectador en el bolsillo. Las anécdotas compartidas, las manías, los gestos, las formas de moverse por un decorado perfectamente funcional, con la muy interesante abertura a un bosque que lo domina todo desde el fondo, como salida posible quizá.

Cada una de las tres parejas cumple su rol en la construcción del ritmo. La de la enferma Ainhoa y Alberto marca la pauta como un metrónomo, con el combustible de la lucidez terminal de la primera (a veces de un surrealismo sensacional) y la angustia del segundo. Y la de los jóvenes añade matices y descongestiona: Nahia, combativa al modo más típicamente progre, es el ojito derecho de su tía; Oier, conservador con banderita de España en la muñeca incluida, no entiende por qué su tía no entiende que le parezca lo más normal llevarla. Se desesperan de vez en cuando, se quieren siempre. Se abrazan cada vez que pueden.

Hermanos separados por la política

La tercera pareja de hermanos termina revelándose como la verdadera protagonista. Ainhoa y Claudio llevan años sin hablarse. Lo peor es el silencio, una tensión de fondo que envenena el ecosistema familiar. El bueno de Alberto lo lleva como puede, resignado, pero Oier se rebela. Quiere saber. La juventud no acepta eso de no remover, pero tiene que ser la evidencia de la muerte la que ponga las cartas sobre la mesa.

Alfredo Sanzol se crio en la Pamplona de los 80 y los 90, y estudió en la Universidad de Navarra. Conoce bien la enfermedad. Hermanos separados por la locura de una política llevada al terrorismo, el enfrentamiento extendido por toda la sociedad, sí, pero capaz también de penetrar en vertical hasta lo más profundo de las familias.

La temperatura sube a medida que la vitalidad de Ainhoa se apaga irremediablemente y el rencor acumulado por Ainhoa y Claudio aflora. Sanzol distribuye gotas de árnica en forma de un humor entrañable, doméstico, pero al final se impone la tremenda paradoja: lo que parece inevitable, en realidad tiene solución en la ternura; los supuestos supervivientes, en cambio, se resisten a romper la última barrera del recuerdo enquistado. El verdadero moribundo es el amor entre Claudio y Ainhoa, Ainhoa y Claudio.

La doble dirección posible impacta por la sensación de verdad que desprende el escenario. Sanzol explica de dónde la saca: «En diciembre del año pasado murió el hermano de una amiga. Hablando con ella, me contó que había pasado la última noche acompañando a su hermano y me dijo que esa experiencia había cambiado totalmente su manera de ver la vida, de entender la muerte y de pensar sobre el sentido que quería darle al hecho de vivir».

Pérdida

Al dramaturgo se le activaron todas las alarmas: «Cuando la escuchaba, se encendió dentro de mí este título: La última noche con mi hermano, y creo que se lo dije al mismo tiempo que hablábamos, sin pensarlo demasiado. A ella le gustó la idea de que yo hiciera una obra con este título y siguió contándome detalles sobre lo terrible de la pérdida y sobre las sensaciones que la habían asaltado, incluidas las más extrañas: las que tenían que ver con lo cómico».

Había material de sobra. Pero también una vocación cívica: «Es cierto que hay muchas maneras de vivir la hermandad y también es cierto que en muchas ocasiones se trata de vivencias en las que se instala la frialdad y la distancia, pero también es cierto que, en muchas ocasiones, la hermandad constituye un hecho esencial en la vida de las personas y la pérdida de la otra parte es una amputación real del ser».

Y la reflexión trasciende hasta un punto fundamental que nos afecta a todos, individual y colectivamente, pese a que nos obstinemos en olvidarlo: «La fraternidad es uno de los principios republicanos junto a la igualdad y la libertad. En nuestra constitución ya aparece con la derivación que ha tenido al concepto de solidaridad o social. En cualquier caso, hace referencia a la idea de que ‘el otro’ no es ‘ajeno’, sobre todo a que la fragilidad del otro pertenece a todos. La fraternidad, o la idea de que toda la humanidad forma parte de la misma familia, es un concepto antiguo y se ha usado para buscar paz y unidad con muy buenos y muy malos resultados. Me pregunto cómo la vivencia de la hermandad privada afecta a la vida pública, y de qué manera las relaciones de fraternidad en lo público influyen en lo privado».

La última noche con mi hermano nos hace llorar y reír, nos permite descargar emociones y sentimientos, pero deja también un poso que debería durar y multiplicarse ya fuera del teatro. Concluye Sanzol que se trata de un proyecto nacido de «la necesidad de tratar duelos que marcan nuestras biografías». La necesidad ha quedado clara. El tratamiento nos compete a cada uno. Y a todos. El protagonismo no es solo de los hermanos, sino de la hermandad, que pide socorro.

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