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Maradona: Dios y el Diablo siguen la pelea

Llegó a Nápoles y la camorra le atrapó en sus telas de araña hasta dejarle como un harapo, tirado en la cloaca y sin su pelota

Maradona: Dios y el Diablo siguen la pelea
Diego Armando Maradona.|Zuma Press

No le dejan descansar. Murió hace un año. En soledad. Destrozado por dentro y desfigurado por fuera. Diego Armando Maradona, el dios del futbol, el inmortal, el rey de reyes sigue dando estertores de dolor bajo la tumba. Los susurros de ultratumba asoman vengadores hacia sus enemigos. Lo enterraron sin corazón, sin vísceras para que no las arrancaran de su cuerpo los innumerables seguidores que lo idolatran, para venerarlas eternamente en privado en su submundo que llora amargamente el adiós del astro futbolístico. 

Su leyenda bipolar, dios y demonio, debe permanecer candente, con la llama activada para desenterrar sus miserias. Un año después de las lágrimas que sus incondicionales vieron caer como lava de sus rostros, aparece una acusación gravísima: Mavys Alvarez, una cubana, acusándolo: «Maradona me violó mientras mi madre lloraba al otro lado de la puerta». Desgarrador. Tenía 16 años. El futbolista, defensor de dictadores que le daban cobijo para sus excentricidades convertidas en «polvos mágicos» con total impunidad. Él, el rey, necesitaba entrar protegido en su submundo y ellos, que los apoyara ante el resto del universo como auténticos demócratas. Fidel Castro, Nicolas Maduro y numerosos sátrapas políticos se apropiaron de su decadencia

Su Dios era la pelota. Como él mismo dijo cuando se autoentrevistó en un canal argentino y así reza en una placa de su lápida:

Se pregunta a sí mismo: ¿qué debe poner en tu tumba cuando mueras?

Dubitativo responde: «Gracias por haber jugado al fútbol porque es el deporte que me dio más alegría, más libertad… con él toqué el cielo con las manos. Gracias a la pelota».

Ese era Diego Armando Maradona, el de la pelota, el del fútbol, el de la sencillez, el de la creatividad, el líder de masas, el más grande. Como escribió Mario Benedetti: «Aquel gol que hizo Maradona a los ingleses con la ayuda de la mano divina es, por ahora, la única prueba fiable de la existencia de Dios».

Cuando la pelota, lejos de los estadios, se arrugaba, deshinchada y se apoderaba del Maradona débil, inseguro, idolatrado, se transformaba en un mundo negro, oscuro, repleto de drogas, fiestas… apoderándose del Dios el gran demonio que lo destruyó en vida. Barcelona fue su primer purgatorio, allí entró por la puerta estrecha y curvilínea en las garras de la droga; llegó a Nápoles y la camorra le atrapó en sus telas de araña hasta dejarle como un harapo, tirado en la cloaca y sin su pelota.

«¿Quién mató a Maradona?»

Su mito, la parte del Dios, siguió volando con algún título futbolístico que lo mantuvo como el gran ídolo de masas, pero no era un ejemplo de nada para los niños, sin la pelota.

Un aficionado argentino se pregunta, un año después de su muerte: «¿Quién mató a Maradona?» Y razona: «Maradona se mató solo. Se suicidó con muchas de las elecciones de su vida, con su entorno, con sus allegados, con sus negocios y apoderados, con su defensa de dictadores… con todo».

Un año después de su muerte, aparecen violaciones, herencias sin repartir, hijos sin legalizar, un corazón desaparecido, lágrimas de amor, oraciones por su Dios, idolatría por doquier… esta vez Dios y el Diablo mantienen una lucha abierta por Maradona, lo quieren… vivo o muerto.

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