Carlos Añaños (Grupo AJE): «El planeta es grande, no te pelees por un mercado pequeño»
Este emprendedor repasa su trayectoria en el podcast ‘Así empecé’

THE OBJECTIVE.
Carlos Añaños pasó de vender gaseosas en botellas de cerveza recicladas a convertir su marca en una de las más consumidas del mundo. Su historia es la de un niño criado en el campo, golpeado por el terrorismo y la pobreza. Todo empezó sin dinero, sin tecnología y con una idea clara: ofrecer un producto digno a un precio justo. Añaños protagoniza el nuevo capítulo de Así empecé, una serie de entrevistas que tienen como objetivo acercar historias de personas que tuvieron una idea, un sueño, de crear o mejorar algo, y que a base de ingenio, determinación y pasión consiguieron sacar adelante. En definitiva, son historias de emprendedores contadas por ellos mismos.
Este emprendedor nació en San Miguel, Ayacucho, en el sur del Perú, el menor de seis hermanos. Creció en el campo, sin luz eléctrica, alumbrado por velas. De esa infancia se le quedó grabada la forma de vivir de su gente. «Las casas no tenían llave, no tenían candado… siempre estaban abiertas y con el corazón abierto», recuerda. Sus padres trabajaban la tierra y los hijos acompañaban desde muy pequeños. Añaños camina en la memoria junto a su madre, descalzo, de madrugada, regando los cultivos en medio del frío. «Ella nunca nos decía hagan esto, ella lo hacía y nosotros la seguíamos», dice. Ahí, asegura, empezó a entender qué era el liderazgo.
La vena emprendedora apareció pronto. Con apenas ocho años montó una pequeña bodega con sus ahorros. Vendía azúcar, arroz, velas y algunas gaseosas. «Fue el primer emprendimiento discutiendo con mi padre, porque me decía: tú eres niño, te tienes que divertir». Pero el negocio creció. En pocos años ya llenaban camiones. «Vendía a un precio bastante bueno, el precio que la gente prefería», recuerda.
Esa vida se rompió con la llegada del terrorismo. El grupo terrorista peruano Sendero Luminoso arrasó comunidades enteras y la familia Añaños tuvo que huir. Perdieron tierras, cultivos y estabilidad. Él se quedó un tiempo ayudando a rescatar lo poco que quedaba, escondiéndose por las noches. «Miedo es cuando no sabes qué hacer, cuando se te para el cuerpo», relata al recordar un enfrentamiento armado en Ayacucho.
La familia terminó en Lima sin nada. Su madre, maestra jubilada, ganaba el equivalente a diez dólares al mes. Compraron una combi y Carlos empezó a trabajar como cobrador. «Lo habíamos perdido todo, literalmente», resume.
El nacimiento de las gaseosas
A finales de los años 80 surgió la idea que lo cambiaría todo. Su hermano mayor distribuía cerveza y Carlos aprendió el negocio desde abajo. En 1988 fundaron una pequeña fábrica de gaseosas: Cola Real. Las máquinas eran tan antiguas que las llamaban «las Atahualpa». Producían apenas dos mil botellas al día. Toda la familia estaba metida. «Mi madre se levantaba a las tres de la mañana a preparar las mezclas y a mí mi padre me mandaba a vender a las cuatro», recuerda.
El contexto jugó a su favor. El terrorismo hacía peligroso llevar productos desde Lima a Ayacucho y eso encarecía los precios. Ahí vieron la oportunidad. Trabajaban sin parar y salían de madrugada. «Aprendí que no competía con Coca-Cola ni con Pepsi, competía con el poco dinero que tenía la bodeguita», explica.
El concepto clave fue el «precio justo». «La gente probaba y sentía que era rica, así que nos quedamos con el precio justo». No tenían botellas propias ni capital. «Vendíamos en botellas de cerveza, ni siquiera teníamos plata para hacer botellas nuestras», cuenta. La clave fue el adaptarse a lo que exigía el público.
La expansión
En 1991, con solo 26 años, Carlos fundó AJE Group junto a sus hermanos. Crecieron empezando por zonas rurales y tardaron casi diez años en llegar a Lima. Cuando lo hicieron, la reacción de la competencia fue feroz. «Nos hicieron una campaña de desprestigio durísima». En 1998 llegó el golpe más fuerte: la campaña del «exterminio de Cola Real en 100 días».
«Todos los días nuestras ventas se desplomaban», recuerda. Hubo momentos límite. «A veces tenía que ponerme a llorar en el baño, de impotencia». La salvación llegó de la mano de los distribuidores, que decidieron apoyarles cuando los gigantes se marcharan. Después vino la internacionalización. «O nos globalizan o globalizamos», pensaron. Venezuela fue el primer gran salto. «En un año vendimos lo que nos había tardado diez años en Perú». Luego llegaron México, Asia y África. «El planeta es grande, no te pelees por un mercado pequeño», señala.
Cola Real se convirtió en Big Cola y la clave fue adaptarse a cada país. «Aprendí a respetar a las personas y su cultura», dice. Tras más de 30 años y con la empresa facturando miles de millones, en 2017 decidió parar. «Llamé a mi hermano y le dije: se acabó». Se dio cuenta de que vivía solo para trabajar. «Me pregunté: ¿soy feliz?».
Volvió a Ayacucho y el contraste fue duro. Fundó el patronato Pikimachay y más tarde lanzó Tiyapuy, una marca de patatas, pagando hasta seis veces más a los agricultores. «No solo nos agradecen por comprarles la patata, sino porque sus hijos han regresado al campo», concluye.
