El desorden mundial ha llegado para quedarse
La historia no tiene marcha atrás y galopa desbocada a lomos de la globalización, la tecnología y el trumpismo

Algunos ilusos piensan que el desorden actual pasará cuando Trump se vaya, pero Trump no es la causa, sino el síntoma de un malestar profundo. En la foto, posando en Davos. | Peng Ziyang (Xinhua News)
A tía Ágata le molestó que la semana pasada citara en esta sección su memorable frase: «Nos han dejado solos a los ricos».
—Parece como si hubiera dicho alguna mentira —se me queja en un elegante tarjetón con su cuidada caligrafía inglesa. Tía Ágata no tiene móvil ni ordenador, ni sabe qué es el correo electrónico o WhatsApp. Creo que faltaría a la verdad si dijera que vive en el siglo XIX, porque sigue mentalmente instalada en el Antiguo Régimen. Cree, como Talleyrand, que la dulzura de vivir terminó con la Revolución francesa. Durante décadas ha tenido que soportar las miradas condescendientes de amigos y familiares, pero ha empezado a desquitarse con la llegada de Donald Trump.
No es que el presidente estadounidense le caiga bien. Tía Ágata aborrece a estos nuevos ricos. Pero le divierte ver cómo Trump sacude los cimientos del orden internacional y cómo liberales y socialdemócratas corretean escandalizados, como pollos sin cabeza.
—Por fin se enteran de que la historia no tiene marcha atrás —sentencia mientras ofrece su vespertino y justamente celebrado chocolate con picatostes a un selecto grupo de carcas.
Una fundada suspicacia
Cuando Napoleón cayó derrotado en Waterloo, me dice Javier Díaz-Giménez, el mundo no volvió a la era del absolutismo. Tampoco regresó al patrón oro y la Belle Époque tras la Primera Guerra Mundial.
Una razón es que no es posible desinventar las innovaciones. Los gobernantes pueden, en todo caso, prohibirlas. Es lo que hizo el sultán Bayezid II con la imprenta en 1485, temeroso de que sus planchas alumbraran panfletos subversivos. Por desgracia, como la interdicción no fue universal, Occidente la aprovechó para cobrar una ventaja que en 1727, cuando Ahmed III autorizó la primera imprenta del Imperio otomano, se había vuelto insuperable.
En descargo de Bayezid II hay que señalar que su suspicacia no estaba infundada.
Como explican Acemoglu y Robinson, algunos libros agilizaron la circulación de «formas nuevas y valiosas de aumentar el desarrollo», pero otros cuestionaban directamente el statu quo. La primera gran criatura política de la imprenta fue la Reforma, que ya generó bastante lío. Pero es que a continuación vinieron Bacon, Hobbes, Descartes, Locke, Montesquieu, Voltaire, los enciclopedistas, Kant y toda esa tropa que inspira tanta aversión a tía Ágata.
La condenada máquina de vapor
He dicho que el mundo no volvió a la era del absolutismo tras la derrota de Napoleón, pero no porque no lo intentara.
El Congreso de Viena repuso en el trono francés a Luis XVIII, pero la sociedad ya no era la misma, y no solo por culpa de la Ilustración. La máquina de vapor multiplicó la capacidad productiva y erosionó la base del poder feudal. Los beneficios de las fábricas, las minas o los ferrocarriles generaban fortunas muy superiores a los derechos señoriales. El centro de gravedad económico se desplazó de la tierra a la industria. Surgieron nuevos sujetos políticos, como la burguesía y el proletariado, que exigieron reformas y derechos y acabaron arrumbando a la nobleza.
Se acabaron los ajustes
Tampoco fue posible la vuelta a la Belle Époque tras la Primera Guerra Mundial porque el patrón oro es incompatible con el sufragio universal.
Cuando en nuestras modernas sociedades sube el paro como consecuencia de algún choque, entran en funcionamiento los estabilizadores automáticos: caen los ingresos tributarios y sube el gasto público para sufragar los subsidios y las inversiones generadoras de empleo. Estas expansiones fiscales se financian a menudo, como vimos durante la Gran Recesión o el covid, mediante la creación de dinero nuevo: el banco central compra al Tesoro tantos bonos como el Gobierno necesite. Durante la Belle Époque esta solución era imposible, porque la base monetaria debía estar siempre respaldada por un volumen equivalente de oro. Las crisis se resolvían, en consecuencia, mediante un duro ajuste, que dejaba tras de sí un reguero de quiebras y miseria.
¿Y no protestaba la gente? Sí, pero al primer ministro lo nombraba entonces el rey. En cuanto pasó a depender del voto popular, nadie se avino a aplicar ajustes, ni duros ni blandos.
Un sistema insano
Algunos ilusos piensan que el desorden actual pasará cuando Trump se vaya, pero Trump no es la causa, sino el síntoma de un malestar profundo.
«Aunque la globalización ha dado lugar a niveles de prosperidad sin precedentes en los países desarrollados, y ha sido de gran ayuda para cientos de millones de trabajadores pobres en China y en el resto de Asia —escribe el experto en desarrollo Dani Rodrik—, descansa sobre pilares vacilantes». Su talón de Aquiles es «una gobernanza débil», que ha dado lugar a «una serie de decepciones»: volatilidad financiera, con una sucesión de crisis (asiática, puntocom, subprime) cada vez más generales y virulentas; reparto desigual de la riqueza, con una concentración desproporcionada en el 1% más acaudalado, y fuga de soberanía hacia órganos tecnocráticos como la Comisión Europea, que dictan cómo debemos regular el medio ambiente o las relaciones laborales.
«Un orden mundial sano —concluye Rodrik— precisa de un delicado equilibrio […]. Si se da demasiado poder a los Gobiernos, se obtiene proteccionismo y autarquía. Si se da demasiada libertad a los mercados, se obtiene un sistema inestable, con escaso apoyo […] de aquellos a quienes se pretende ayudar [por incomprensible que resulte, según tía Ágata]».
Someterse a la masa
Los políticos que vengan detrás de Trump no se desmarcarán de él, sino que lo imitarán, del mismo modo que los políticos del siglo XIX querían ser bonapartes, no borbones.
Si los demócratas aspiran a recuperar la Casa Blanca, tendrán que encontrar un Trump. El intelectualismo de Barack Obama o los Clinton apenas seduce ya a una minoría, igual que las maneras suaves de Alberto Núñez Feijóo difícilmente le granjearán la mayoría absoluta. Para triunfar en los tiempos que corren tienes que adoptar la estrategia de Iglesias, de Sánchez y de Abascal: ignorar los hechos e insistir en el relato.
—Para estos tres —le explico a tía Ágata— el mundo real no existe. Solo existen la televisión y las redes sociales.
—Y no los culpo —me responde—. Han visto que alimentando las bajas pasiones les va fenomenal y han olvidado la ejemplaridad que distingue al auténtico aristócrata. En vez de guiar a la masa, se someten a ella. ¿Otro picatoste, querido?
