The Objective
La otra cara del dinero

La caza del Hombre Blanco Heterosexual

Cómo las Grandes Teorías deforman la realidad: de Marx a Julio Iglesias, pasando por la hipótesis del mercado eficiente

La caza del Hombre Blanco Heterosexual

Julio Iglesias es el paradigma del hombre blanco heterosexual que se ha beneficiado del sistema capitalista y opresor. | Zuma Press

En THE OBJECTIVE estamos a favor de la ciencia y la búsqueda de la verdad, aunque yo personalmente no creo que tenga mucho que ver con el debate público. Piensen en Pablo Iglesias. Buena parte de las medidas con las que se hizo popular (controles de precios, reparto del empleo, banca pública) habían fracasado en distintos períodos y lugares, pero señalárselo no impidió el explosivo ascenso de Podemos.

La gente no tiene mucho tiempo para la contrastación empírica y los matices. Prefiere la explicación simple y autoevidente, el fogonazo a cuya luz todo parece cobrar sentido. Insistir en los intrincados mecanismos a través de los cuales un alquiler barato deprime la oferta de vivienda no menoscabó ni un ápice la solvencia intelectual de Iglesias. Contrargumentaba que no era ciencia, sino ideología trasnochada que los periodistas repetíamos porque la patronal inmobiliaria nos había comprado.

Su narrativa de las élites extractivas y las masas oprimidas sedujo a millones de españoles golpeados por la Gran Recesión y, una vez puesta en circulación, Iglesias se dedicó a alimentarla mediante una dieta selectiva de datos: la desigualdad, los desahucios, la corrupción. Ninguno era inventado, pero Iglesias omitía aquellos indicadores que no encajaban en su diagnóstico: la expansión de las clases medias, la conquista de los derechos civiles, la reducción general de la pobreza.

Así es el debate público. No importa el rigor, sino la exhibición de los hechos que confirman tu tesis, algo que parece ciencia y búsqueda de la verdad, pero que a menudo es un vulgar juego de trileros.

Las leyes de la dialéctica

Debo decir que Pablo Iglesias no ha inventado nada, ni siquiera puede alardear de ser el que más habilidosamente haya movido los cubiletes.

En 1906, tras analizar las tesis de Jean-Baptiste Lamarck sobre la herencia de los caracteres adquiridos, Stalin concluyó que se ajustaban a una de las leyes de la dialéctica de Engels, la que postula que la acumulación de cambios cuantitativos (una subida de temperatura) provoca cambios cualitativos (el hielo se convierte en agua y el agua en vapor). Al permitir que cada generación pasara sus mejoras a la siguiente, pensaba Stalin, la naturaleza se construía a sí misma en un proceso de autotransformación similar al que el comunismo pretendía imponer a la sociedad.

Suponer, en cambio, que la evolución estaba gobernada por mutaciones aleatorias, como defendía Gregor Mendel, era un opio ideológico que inducía a la resignación.

Una vez instalado en el Kremlin, Stalin depositó su confianza en Trofim Denísovich Lysenko, un ingeniero de origen humilde que prometía aumentos espectaculares de las cosechas gracias a su biología «proletaria». Desde su puesto al frente de la Academia de Ciencias Agrícolas, Lysenko dio abundante publicidad a los escasos éxitos de sus iniciativas y atribuyó al sabotaje los fracasos, que no debieron de ser menores, porque «cuando [Nikita] Jrushchov fue destituido —se lee en una biografía del dirigente soviético—, una de las principales acusaciones fue el estancamiento de la producción agrícola».

Una crisis única cada tres años

Caer en las redes seductoras de una Gran Teoría no es privativo de los buenos marxistas.

No son pocos los liberales que han sucumbido a la idolatría del mercado, a pesar de los constantes disgustos que da. «Los modelos estándar predicen que la probabilidad de caídas bursátiles superiores al 13% [como el lunes negro de 1987] es prácticamente nula, pero han ocurrido al menos 10 veces desde 1926», escribía en 2009 el investigador Paul D. Kaplan. Y recordaba una cita de la experta en gestión de riesgos Leslie Rahl: «Estamos teniendo una crisis única en la vida cada tres o cuatro años».

Lo honesto ante estos reveses sería, si no apostatar, al menos, moderar el entusiasmo, pero ¡es tan reconfortante la certeza que proporciona la Gran Teoría!

La Gran Teoría tiene respuesta para todo y, al principio, vives en una permanente luna de miel. Pero tarde o temprano surgen las desavenencias. La Gran Teoría no tolera a determinadas personas, bloqueas en las redes a quienes te rebaten y buscas día y noche la ratificación definitiva. Llegado el momento, incluso fuerzas un poco las cosas. Después de todo, si la ética está de tu lado, ¿qué más da la calidad de las pruebas? Así se fraguó el fraude del hombre de Piltdown, un cráneo medieval provisto de una mandíbula de orangután que sus amañadores hicieron pasar durante décadas por el eslabón perdido.

Y así se fraguó la gran caza del Hombre Blanco Heterosexual.

Soy un truhan, soy un señor

Que conste que no tengo nada a favor ni en contra de Julio Iglesias, pero, como a tantos, me chocó la salida en tromba de las sospechosas habituales contra el cantante, prejuzgando su culpabilidad por presunta agresión sexual, en abierto contraste con el silencio atronador que esas mismas sospechosas habituales habían guardado ante las violaciones, esas sí perfectamente documentadas, de mujeres israelíes el 7 de octubre de 2024.

¿A qué obedece este ostensible doble rasero?

El feminismo hegemónico en España atribuye la violencia de género al heteropatriarcado capitalista, un sistema de relaciones surgido en Occidente en el que el hombre blanco se habría apropiado de los medios de producción y de reproducción, situando en una posición subordinada a la mujer, a las personas LGTBI y al resto de clases y razas. Este orden se habría perpetuado mediante una coerción estructural que se manifiesta en la división del trabajo, la brecha salarial y la tolerancia hacia formas de dominación informales, como los celos y, en casos extremos, el crimen pasional.

Desde esta perspectiva, los abusos perpetrados por un varón blanco, rico y heterosexual como Julio Iglesias suponen una importante validación.

Por el contrario, ¿qué aportaban los agresores del 7 de octubre? No eran blancos ni occidentales ni capitalistas ni opresores. Eran atezados, orientales, socialistas y oprimidos. No encajaban en la narrativa del heteropatriarcado capitalista y se barrieron discretamente debajo de la alfombra.

Marqués de Galapagar

Al final, Lysenko cayó, el fraude de Piltdown se descubrió y el explosivo ascenso de Podemos ha quedado en nada.

Las Grandes Teorías son muy resistentes, pero no invulnerables. Llega un momento en que la acumulación de contradicciones se vuelve tan palmaria, que solo los más obtusos conservan la fe. En el caso de Pablo Iglesias, lo que resultó letal para su discurso sobre las élites extractivas y las masas oprimidas fue mudarse a un chalet con piscina. Si lo piensan un poco, la transición de «indignado de Vallecas» a «marqués de Galapagar»corroboraba en cierto modo su denuncia de que los políticos no son gente de fiar.

Pero ya les digo que el debate público tiene poco que ver con la ciencia y la búsqueda de la verdad.

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