The Objective
La otra cara del dinero

La leyenda del parquetista errante

Reformas interminables, pilotos israelíes y por qué ni gritos ni quejas resolverán la falta de oficios que lastra la vivienda

La leyenda del parquetista errante

En la foto, una vista de París. | Vincent Isore (Zuma Press)

A veces, tía Ágata organiza una velada únicamente para contar historias de terror.

—Mira que te lo advierte todo el mundo, pero siempre piensas que a ti no te va a pasar —recuerda un contertulio bajito y calvo—. Cuando el constructor te dice que la obra durará tres meses, te lo crees, pero luego empiezan los retrasos y los problemas de coordinación. No podemos meternos con el alicatado del baño mientras las rozas estén abiertas, te dicen. Tiene que cerrarlas antes el albañil, que está en un rincón del planeta completamente a trasmano. Y cuando aparece hay que esperar a que fragüe el mortero o la pasta niveladora o lo que sea.

—Una amiga de Cucha —repone otra oronda señora— se hartó y se trajo una cuadrilla entera de Escocia. Todos los oficios: albañiles, electricistas, pintores… Tuvo que pagarles los billetes de avión, el hotel, las dietas… Le salió por un juro y ni siquiera acabaron en plazo.

La historia más estremecedora es, de todos modos, la del parquetista errante.

—Venía muy recomendado —dice con gesto desolado el contertulio bajito y calvo—. Es un artista, me dijeron, no te creas que trabaja con cualquiera. Yo debí de caerle bien, porque en la primera reunión se presentó con el catálogo de patrones. Elegí una espiga en roble miel y todo parecía discurrir del mejor de los modos. Al lunes siguiente se presentó, mandó levantar la loseta hidráulica a sus subalternos y, después de dejarlo todo lleno de escombros, desapareció. No hemos vuelto a saber de él. Dicen que lo han visto en la feria aeronáutica de Singapur, solando la caseta de Airbus.

—No sé qué decirte, querido —intenta consolarlo tía Ágata después de que todos guardemos unos segundos de respetuoso silencio—, pero ni siquiera estoy segura de que en estos casos sirva de algo ponerse desagradable.

Regresión al término medio

La investigación académica, desde luego, lo desaconseja.

La argumentación canónica contra las broncas la armó el Nobel Daniel Kahneman en los años 60, cuando daba clases de psicología a unos instructores de las fuerzas aéreas israelíes. Su tesis era que funcionaban mejor los refuerzos positivos, pero uno de los instructores le llevó la contraria con una observación empírica.

Si elogio a un muchacho por una buena maniobra —explicó—, lo hace peor en la siguiente salida. Cuando, por el contrario, le doy un rapapolvo, mejora. Las palmaditas en la espalda no sirven.

Se trataba, sin embargo, de un espejismo. Kahneman demostró a los instructores que no había relación entre sus palabras y el rendimiento de los alumnos. Sucedía que en una actividad frecuente y de gran variabilidad como la aviación de combate, los comportamientos excepcionales, buenos o malos, son fruto en gran medida del azar. Lo normal es que en el vuelo siguiente haya una regresión al término medio, con independencia de lo que se les diga a los pilotos entre medias.

Lo mismo ocurre con los constructores. No van a hacerte más caso por mucho que les levantes la voz, porque no depende de ellos.

La tiranía farmacéutica

La única disciplina eficaz es la del mercado. La farmacéutica del pueblito de la costa donde veraneo nos tuvo en sus manos durante años. No abría al mediodía ni te dejaba pagar con tarjeta y, si el sábado necesitabas algo que no tenía en ese momento, tenías que esperar hasta el lunes, aunque a ella se lo servían en el día, porque los sábados por la tarde libraba. Su tiranía duró hasta que en el pueblo vecino se instaló un colega que venía de Madrid y que abre 12 horas seguidas, sábados incluidos.

La misma receta de más competencia habría que aplicársela a la construcción, pero mientras sobran candidatos a farmacéutico, nadie quiere ser albañil.

—El propio jefe de obras —coincide la señora oronda— se lo decía a Cucha. Le salía el trabajo por las orejas, como vulgarmente se dice, y no daba abasto, pero sus hijos preferían cobrar menos y trabajar en un despacho que subirse a un andamio.

—El problema es de valoración social —intervengo—. Los oficios se perciben como trabajos obsoletos y sin encanto. Hay que dotarlos con capacidades nuevas que los vinculen a objetivos apreciados, como la conservación del medio ambiente y la lucha contra el cambio climático. Algunas academias privadas y escuelas municipales imparten ya cursos de eficiencia energética en carpintería de aluminio, fontanería y climatización doméstica, rehabilitación y aislamiento de edificios para albañiles…

—Seguro —me interrumpe el contertulio bajito y calvo, y añade como si sufriera una enfermedad terminal—, pero eso llega tarde para mí. Solo puedo confiar en que otros sean más afortunados.

Y todos guardamos unos segundos de respetuoso silencio.

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