Cuando las redes sociales de tu vecino veas afeitar, pon tu libertad de información a remojar
Trump ataca a los medios, pero Sánchez, no. Sánchez lucha contra la desinformación. No sé cómo se nos ha podido pasar

La ministra de Juventud e Infancia, Sira Rego, en el Senado. | Ricardo Rubio (EP)
Este fin de semana leía en la revista estadounidense Editor & Publisher, que es la Biblia de la industria periodística, una observación inquietante.
«La nación [o sea, Estados Unidos] se enfrenta a la amenaza de una información incompleta y mal asimilada que distribuye un medio que todavía tiene que demostrar su capacidad para desempeñar semejante tarea».
Lo que pasa es que la observación la leía este fin de semana, pero procede de un editorial de noviembre de 1937 y el medio al que se refiere no es X ni Instagram ni TikTok, sino la radio. Orson Welles acababa de emitir su dramatización de La guerra de los mundos. Todos hemos oído cómo aquella noche las centralitas de las comisarías se bloquearon con las peticiones de auxilio de ciudadanos desesperados que no sabían cómo huir de los marcianos. Algunos se arrojaron por la ventana, hubo infartos. «Más de un millón de personas creyó […] que Estados Unidos estaba al borde de la destrucción», cuenta un documental de la cadena PBS. El New York Times publicó al día siguiente un editorial titulado Terror en la radio en el que advertía de los peligros de la desinformación.
Pero la única desinformación fue la del propio editorial.
La guerra de los mundos la escuchó muy poca gente. Lo sabemos por los registros de audiencia. Aquella noche C. E. Hooper (hoy parte de Nielsen, el gigante de la analítica de datos) telefoneó a 5.000 hogares para preguntarles qué tenían sintonizado. «Solo un 2% respondió que «una teatralización» o «el programa de Orson Welles»», escriben en Slate los expertos en comunicación Jefferson Pooley y Michael Socolow. Tampoco se ha podido atribuir «de forma concluyente ninguna muerte a la emisión».
¿De dónde salió, entonces, la leyenda?
«Echen la culpa a los grandes rotativos —sostienen Pooley y Socolow—. La radio había arrebatado a la prensa muchos ingresos publicitarios durante la Gran Depresión, ocasionándole un serio perjuicio. Los diarios aprovecharon la oportunidad que Welles les brindó para desacreditarla».
Y yo me pregunto si no estará ocurriendo algo parecido ahora con las redes sociales.
Cómo de malas son las redes
En el mundo desarrollado se ha producido un fenómeno inquietante: el aumento de los suicidios entre niños y jóvenes. El caso más estudiado es el de Estados Unidos. Allí la tasa entre los 10 y los 24 años se disparó un 67% de 2007 a 2021, y aquí hay que hacer dos precisiones relevantes.
La primera es que, en contraposición con este aumento, el suicidio entre los adultos no ha experimentado grandes alteraciones. Y la segunda precisión es la fecha de 2007, que no es baladí, porque ese fue el año que se lanzó el iPhone, el primer dispositivo que te ponía internet en la palma de la mano.
¿Qué dicen los estudios al respecto?
Todos encuentran una asociación entre el uso intensivo de las redes sociales y los problemas de salud mental. Pero la magnitud es moderada y la causalidad, discutible. Puede ser que, efectivamente, el uso intensivo de las redes sociales provoque en los adolescentes problemas de salud mental, pero también que los adolescentes con problemas de salud mental hagan un uso más intensivo de las redes sociales.
Ni siquiera hay que descartar que internet desempeñe un papel protector. Una revisión de la literatura académica sobre redes y autolesiones subraya cómo algunos jóvenes con ideaciones suicidas recurren a internet para pedir ayuda y recibir apoyo.
«Hay cada vez más pruebas de que [las redes sociales] dañan a algunos niños», reconoce The Economist. Pero la cuestión de si el perjuicio es masivo y general «dista mucho de estar zanjada». Incluso la prohibición cautelar, a la espera de una evidencia más concluyente, podría ser «contraproducente», porque los adolescentes expulsados del universo digital no van a lanzarse a trepar árboles y leer libros. Podrían terminar en «sitios poco conocidos», donde acechan los depredadores.
Miedo distópico
Aunque últimamente denostadas (y no sin razón), las redes sociales cuentan con importantes argumentos a su favor.
Para empezar, han sido adoptadas por miles de millones de personas y, si creemos que cada uno es el mejor juez de su propia felicidad, no podemos pensar que lo hayan hecho para fastidiarse. También nos brindan una conexión barata, lo que supone un agradable cambio para quienes crecimos bajo la tiranía del monopolio de Telefónica. Finalmente, facilitan que los ciudadanos se coordinen para movilizarse contra los gobernantes despóticos, como vimos durante la Primavera Árabe.
Pero igual que otros medios revolucionarios, inspiran «un miedo distópico a nuevas formas de control de la mente», como Pooley y Socolow señalan que sucedió con la radio en la década de 1930. Por eso prendió con tanta facilidad el mito de La guerra de los mundos. El incidente se ha grabado a fuego en el imaginario colectivo porque necesitamos recordarnos el poder de manipulación de los medios.
Ahora bien, las democracias no limitaron ni prohibieron la radio, como ha propuesto hacer con X la ministra de Juventud e Infancia Sira Rego. Aprendieron a utilizarla para difundir música y cultura y para hacer más inclusivo el debate público.
Y sobre todo se cuidaron de mantenerla fuera del alcance de los políticos, siempre tan solícitos para protegernos de los bulos y las fake news.
El verdadero enemigo
El País y La Vanguardia insisten mucho en que los ataques de Donald Trump contra los medios «violan la libertad de prensa».
Javier Ricou Lleida explica cómo el presidente estadounidense, harto del tratamiento que le dispensaban los diarios tradicionales, ha optado por convertirse él mismo en emisor de noticias. «¿Esto es periodismo?», se pregunta retóricamente, y transcribe a renglón seguido la respuesta de Ferran Lalueza, profesor de la Universitat Oberta de Catalunya. «La comunicación llevada a cabo directamente por personalidades con proyección pública no […] persigue una finalidad informativa. Forma parte de una estrategia de relaciones públicas […]. No se lleva a cabo de acuerdo con los intereses de la audiencia ni con el interés general, sino que persigue el propio beneficio […]».
«Hasta aquí —continúa Lalueza—, nada que objetar: están en su derecho. El problema realmente grave surge cuando, movidas por una manifiesta animadversión hacia la prensa, algunas de estas personalidades optan por bloquear la labor de los periodistas y pretenden convertirse ellos mismos en medio de comunicación de referencia».
Lo que no se entiende es que a La Vanguardia le parezca motivo de escándalo lo que pasa en Estados Unidos y no aquí. ¿No mueve también a Pedro Sánchez una «manifiesta animadversión» a ciertos medios? ¿No ha señalado a THE OBJECTIVE e Iker Jiménez? ¿Y no es su perfil de TikTok una estrategia de relaciones públicas cuya finalidad no es el interés general, sino el propio beneficio? ¿Por qué es Trump una amenaza y Sánchez no?
La aclaración de este flagrante doble rasero la aporta El País: Trump protagoniza «ataques a los medios», mientras que Sánchez está llevando a cabo una campaña contra la desinformación. No sé cómo se nos había podido pasar.
Tanto embustero
Estoy convencido de que Occidente acabará dando con un remedio que no entrañe la prohibición ni la grave mutilación de las redes sociales.
«Los reguladores —propone The Economist— deberían decirles a los gigantes tecnológicos que reconsideren las funciones que mantienen a los niños conectados más tiempo del saludable» Y tendrían que «exigir una moderación más estricta del contenido».
Al final, el problema al que nos enfrentamos es que el mundo está lleno de embusteros (políticos y no políticos) y el efecto de la mentira sistemática no es simplemente que se termina tomando lo falso por verdadero, sino que se borra la distinción entre lo falso y lo verdadero y se destruye el sentido mediante el cual nos orientamos en el mundo real. Sin ese marco común, la deliberación racional se vuelve imposible y el debate público se convierte en una lucha de relatos.
Pero, una vez más, no se trata de nada nuevo, porque esto de que la mentira sistemática destruye el sentido mediante el cual nos orientamos en el mundo real es una historia que les cuento yo ahora, pero que procede de un ensayo de Hannah Arendt de hace casi 60 años.
